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Anthony Doerr y la luz que no podemos ver


La maravillosa segunda novela del escritor estadounidense Anthony Doerr se titula La luz que no puedes ver (su título original es All the light we cannot see), fue publicada en 2014 y un año después obtuvo el Premio Pulitzer para Obras de ficción. Yo la he leído en la espléndida traducción de Carmen Cáceres y Andrés Barba.

 

          “En este mundo solo existe la suerte, la suerte y la física”.

 

Estamos en la Alemania y la Francia de los años de la Segunda Guerra Mundial y los anteriores (“no era fácil ser bueno entonces”):

 

“Los fuegos se desbordan y suben, trepan por las murallas como una marea y rompen contra las avenidas esparciéndose sobre los tejados y los aparcamientos. El humo persigue al polvo, la ceniza persigue al humo. El puesto de periódicos arde.

Desde los sótanos y bodegas de la ciudad los habitantes de Saint-Malo rezan en voz alta: «Señor, protege a esta ciudad y a su gente, no nos abandones. Amén». Los ancianos buscan lámparas de aceite, los niños chillan, los perros aúllan. En apenas un instante se ponen a arder las vigas de cuatrocientos años de toda una hilera de casas. Una parte de la ciudad vieja, la que da a la muralla oeste, se convierte en una tormenta de fuego en la que las puntas de las llamas alcanzan casi los noventa metros de altura. […] Los vencejos huyen de las chimeneas, son salpicados por el fuego, bajan en picado por encima de la muralla como chispas encendidas y se arrojan al mar”.

 


Doerr escribe un drama psicológico, un thriller muy personal, algo naif y simplón pero dotado de una altura literaria a menudo superlativa. La crueldad y lo terrible de las guerras (lo que las guerras les hacen a los soñadores) y el añadido del horror nazi en sí mismo son la base de esta novela repleta de seres humanos imaginados por el escritor que tienen una viveza lo suficientemente emocionante como para tenernos más en vilo que la mera trama bajo la que fluyen las muchas páginas de este libro considerable. Seres humanos y “las tonterías secretas que llevan en sus corazones”.

 

“Aquí os desharéis de vuestra debilidad, vuestra cobardía y vuestras dudas. Seréis como una cascada, una lluvia de balas, todos marcharéis en la misma dirección, con el mismo paso y hacia el mismo objetivo. Olvidaréis las comodidades y viviréis solo para el deber. Vuestro alimento será vuestro país y vuestro aire, la patria. ¿Lo habéis entendido?

Los chicos gritan que sí. […] Algunos cadetes tienen apenas nueve años, narices afiladas, barbillas puntiagudas. Ojos azules, todos ellos”.

 

Aquel nazismo que educaba para el orden que sustituyera el caos vital, aquel nazismo que consideraba que había venido al mundo de los hombres para poner ese orden, “incluso remontándonos a los genes”, como grita en la novela el instructor Hauptmann: “estamos poniendo en orden la evolución de las especies, apartando lo inferior, lo rebelde, la paja”. Aquel nazismo que recordaba a sus súbditos que no hay que confiar en la mente, porque lo que necesitan los ciudadanos del proyecto nazionalsocialista “son certezas, propósitos, claridad”. Aquel nazismo que se valió, como todos los autoritarismos de que “no hacer nada es lo mismo que colaborar”.


Niños y niñas cuyas vidas se afilan, se desgarran, crecen, se esfuman en el vendaval de unos años detestables en los que Europa ardió y se convirtió en un terrible edificio en ruinas de lágrimas, hambre y desolación. Niños y niñas que escuchan a veces aquello de que no hay que dejar de creer, porque creer es lo más importante. Niños y niñas que son capaces de decirse unos a otros lo que Frederick, el amigo de los pájaros, le dice a uno de los protagonistas de La luz que no puedes ver:

 

“Tu problema, Werner, es que crees en tu propia vida”.

 

El otro gran protagonista de la novela es una niña ciega, Marie-Laure:

 

“Cerrar los ojos no alcanza para imaginar lo que es la ceguera. Bajo un mundo de cielos y rostros y edificios, existe otro mundo más crudo y antiguo, un mundo en el que las superficies se disuelven y los sonidos construyen conjuntos en el aire. Marie-Laure puede estar sentada en el desván muy por encima del nivel de la calle y aun así escuchar los lirios que se abren a tres kilómetros de distancia. Oye a los americanos atravesar los campos, dirigir sus enormes cañones hacia el humo de Saint-Malo, a las familias lloriqueando en los sótanos alrededor de las bombillas, a los cuervos saltando de un escombro a otro, a las moscas posándose sobre los cadáveres en las zanjas. Oye el temblor de los tamarindos y el sonido de los arrendajos y la queja de la hierba en los médanos. Siente el gran puño de granito sobre el que se asienta Saint-Malo sumergiéndose en el interior de la corteza terrestre mientras el océano lo devora por los cuatro costados y oye las islas exteriores firmes ante los vaivenes de la marea. Oye cómo una vaca bebe entre las rocas y cómo saltan los delfines en las verdes aguas del Canal. Oye los huesos de las ballenas muertas bajo la superficie a cinco leguas de distancia ofreciendo con su tuétano un siglo de comida a ciudades enteras de criaturas que vivirán toda su existencia sin ver jamás un solo fotón del sol. Siente el rumor de los caracoles en su gruta arrastrando sus cuerpos por las rocas”.

 

Asombroso, ¿verdad? El otro mundo más crudo y antiguo que se esconde tras la luz que no puedes ver. Porque, “matemáticamente hablando, toda luz es en realidad invisible”. También la frontera, asimismo invisible, entre lo conocido y lo otro, que quedan cada uno a un lado u otro de aquélla, de aquella frontera invisible que se cierne “en el espacio que hay entre lo que ya ha sucedido y lo que aún está por venir”. Y que nos resulte “embarazoso lo insuficiente que es el lenguaje”.

 

“Abrid los ojos y observad todo lo que podáis antes de cerrarlos para siempre”.

 

Las almas de cuantos existieron “flotan sobre las chimeneas, ruedan sobre las aceras, se deslizan entre las chaquetas y las camisas, las costillas y los pulmones, y nos atraviesan. El aire es una biblioteca y registro de todas las vidas vividas, de todas las frases dichas, de todas las palabras que aún reverberan”. Siempre “volveremos a levantarnos en la hierba, en las flores, en las canciones”. Aunque sigamos buscando la luz que no podemos ver.

 

“Como si los recuerdos conversaran unos con otros”.

 

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