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Amor Towles y su caballero de Moscú


El escritor estadounidense Amor Towles publicó en 2016 su segunda novela, A gentleman in Moscow, que yo he leído en la excelente traducción a mi idioma que llevó a cabo dos años después Gemma Rovira Ortega con el título de Un caballero en Moscú. Al comienzo de ella, un bolchevique que le está juzgando le dice al protagonista del libro, un conde ruso, que “la historia nos ha demostrado que el encanto personal es la máxima ambición de las clases privilegiadas”. Y de encanto personal está sobrado Alexandre Ilich Rostov, el conde Rostov.

 

          “Todas las épocas tienen sus virtudes, incluidas las etapas de agitación…”

 

Un caballero en Moscú es una agradabilísima novela que, sin pretenderlo, acaba de ser una buena manera de explicar las primeras décadas de la Unión Soviética y hacernos entender algo de eso que se ha dado en llamar el alma rusa, tan esparcida por el saber hacer de poetas, novelistas, músicos…

 

“Si bien los esplendores que nos son esquivos cuando somos jóvenes suelen ser objeto de nuestro desprecio en la adolescencia y de nuestra comedida consideración en la edad adulta, en el fondo nos tienen siempre subyugados”.

 

Su protagonista, el conde Rostov, cumple castigo de encierro de por vida en el cosmopolita y suntuosísimo hotel moscovita Metropol, realmente existente (como aquel socialismo real de los soviéticos), donde se desarrolla la casi totalidad de la novela. La vida, que al final, como escribe el narrador en un momento del libro, “nos encuentra a todos”.


De la espléndida prosa de Towles poco soy capaz de decir, salvo que es muy recomendable disfrutarla:

 

“Al fin y al cabo, ¿qué puede revelarnos una primera impresión de alguien a quien sólo hemos visto un minuto en el vestíbulo de un hotel? Es más, ¿qué puede revelarnos una primera impresión de nadie? Pues no mucho más de lo que un acorde puede hacerlo de Beethoven, o una pincelada de Botticelli. Por naturaleza, los seres humanos son tan caprichosos, tan complejos, tan maravillosamente contradictorios, que merecen no sólo nuestra consideración, sino también nuestra reconsideración, y nuestra firme determinación de guardarnos nuestra opinión hasta habernos relacionado con ellos en todas las situaciones y a todas las horas posibles”.

 

El trascurrir del tiempo en la Rusia soviética. El tiempo, ese tirano:

 

“El conde acabó reconociendo que, en determinadas circunstancias, ese proceso puede producirse en un abrir y cerrar de ojos. Una revuelta popular, la agitación política, el progreso industrial... Cualquier combinación de esos factores puede provocar que la evolución de una sociedad dé un salto de varias generaciones, descartando aspectos del pasado que de otro modo podrían haberse perpetuado durante décadas. Y especialmente cuando los recién llegados al poder son personas que desconfían de cualquier forma de vacilación o matiz, y que valoran ante todo la seguridad en uno mismo”.

 

Towles, ya se dijo, nos sitúa frente a la realidad de la revolución de los soviets, de la creación de la URSS, de la transformación de Rusia y su hinterland:

 

“Los bolcheviques, tan decididos a recrear el futuro a partir del molde que habían fabricado ellos, no descansarían hasta haber arrancado, despedazado o borrado todo vestigio de la Rusia que él conocía”.

 

Como historiador, me interesan sobremanera las reflexiones que sobra la historia hacen los literatos a los que leo, y en Un caballero en Moscú su autor escribe a ese respecto algo tan lúcido como esto:

 

“La historia se dedica a identificar los acontecimientos trascendentales desde un cómodo sillón. El historiador, que cuenta con la ventaja del tiempo, mira hacia atrás y señala una fecha como un canoso mariscal de campo señala un meandro del río en el mapa: «Ahí está —dice—. El punto de inflexión. El factor decisivo. El día fatídico que alteró por completo todo lo que vino a continuación».”

 

El propio conde, que se considera a sí mismo un “estudioso de la historia” empeñado en vivir en el presente que no dedica mucho tiempo a “imaginar en qué otra forma podrían haber sido las cosas”, considera que “no es lo mismo resignarse a una situación que reconciliarse con ella”. Y ese es el meollo de la novela: su proceso de resignación irreconciliable.

En una de sus charlas con un amigo suyo dirigente soviético, el conde le escucha decir algo muy interesante sobre aquellos tiempos que están viviendo hacia la mitad de la centuria pasada:

 

“Nosotros y Estados Unidos lideraremos el mundo lo que queda de este siglo, porque somos las dos únicas naciones que han aprendido a dejar a un lado el pasado en lugar de inclinarse ante él. Pero ellos lo han hecho por su adorado individualismo, mientras que nosotros intentamos hacerlo por el bien común”.

 

En otra de sus conversaciones, el conde le escucha a otro amigo suyo del Metropol, un militar estadounidense dedicado al espionaje, esta otra inteligente consideración:

 

          “Cuando el destino le entrega algo a la posteridad, lo hace a escondidas”.

 

La idea y la realidad de lo paterno cobra una inusitada fuerza a medida que avanza la novela de Towles, de manera que el conde dice en un momento dado que a los hijos “debemos animarlos a atreverse a ir más allá del alcance de nuestra mirada vigilante y suspirar con orgullo cuando por fin salgan por la puerta giratoria de la vida”.


La vida, que no avanza a base de saltos, sino que “se despliega”, sucediendo todo “con la lentitud de un glaciar”, en millares de transiciones que tienen lugar mientras “nuestras facultades crecen y menguan, nuestras experiencias se acumulan y nuestras opiniones evolucionan” gradualmente.

En Un caballero en Moscú existen personajes que “han conocido la amargura de la felicidad y la dulzura de la desesperación”. Pero por encima de todos está el protagonista, de quien alguien dice que es “un hombre predispuesto a ver lo mejor en todos nosotros”. Un hombre a quien le gustaba aconsejar “la máxima de Montaigne según la cual la señal más clara de sabiduría era la alegría constante”.

 

“Los planes de los hombres están supeditados a la casualidad, la vacilación y la prisa”.

 

Pero, “hasta con los actos más pequeños uno puede restablecer cierto orden en el mundo”.

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