Me gusta dar clase y creo que no se me da mal del todo, pero, a diferencia de muchos de mis compañeros, nunca tuve vocación docente. Al revés, yo lo que siempre he querido es ser alumno, un rol más cómodo, lo admito, aunque algo menos fácil de desempeñar de lo que se piensa a veces.
Un buen alumno ha de ser paciente, humilde,
entusiasta, reunir una adecuada proporción de credulidad y escepticismo,
prestar atención a los detalles sin nunca perder de vista el marco general,
saber dudar, saber creer, ser flexible y firme a un tiempo. Y pese a mi extensa
dedicación, reconozco que a menudo soy incapaz de ajustar la dosis.
Pese a todo, si pudiera medir mi éxito por la calidad
de mis maestros, podría afirmar sin modestia que he triunfado. Porque, aunque a
mí no me hayan podido sacar demasiado partido, los he tenido buenísimos.
Algunos están muertos. Algunas están vivas. Pero a
todos estos verdaderos influencers les une el no imaginar siquiera lo
extraordinarios que son o que fueron, el ignorar lo importantes que sus
lecciones resultaron incluso para aquellos a los que jamás pusieron nombre o
cara, a quienes les escuchaban desde la penumbra de una última fila o leían
desde un rincón perdido del tiempo.
Tengo pocas certezas, pero esta es una de ellas: discernir qué huellas seguir (y darse la vuelta cuando hemos seguido una pista falsa); aprender de quién aprender, sin idolatrías, agradecidos, es más de la mitad del camino.

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