El historiador estadounidense John Lewis Gaddis publicó en 2002 The Landscape of History: How Historians Map the Past, que aparecería en español dos años después con el mismo título, traducido, eso sí: El paisaje de la historia. Cómo los historiadores representan el pasado.
Es
imposible reconstruir, y menos reproducir el pasado. Gaddis incide
en ello, pues para él la historia, es decir, lo que ha acontecido, es algo que
no podemos capturar pero sí presentar, “representándolo como un paisaje”.
El historiador sería así un representante, pues lo
que sí es capaz de hacer es representar el pasado, un pasado que
no puede percibir, no obstante. Lo que hace el historiador, que se siente
subyugado frente al paisaje, son representaciones abstractas del pasado
(pues la historia no posa para el historiador). Esas representaciones, que no
dejan de ser interpretaciones, no son objetivas (si bien se puede discernir
objetivamente entre las distintas interpretaciones) pero tampoco subjetivas. No
serían por tanto verdaderas o falsas, sino útiles
o provechosas. Se trataría, y es difícil no estar de acuerdo con Gaddis, de
unas representaciones que pretenderían tener la suficiente carga de utilidad y
habrían de ser efectuadas con un componente moral insoslayable que convierta al
historiador en un crítico social. Porque, como afirma Ricardo García Cárcel,
el historiador tiene una gran meta, que es la verdad, un método eficaz y
socialmente útil, que es el análisis riguroso, y una referencia “fundamental
para todos los intelectuales, en cuyo margen ejercen profesionalmente los
historiadores: el código ético.”
Para algunos historiadores, el estadounidense Dominick
LaCapra sin ir más lejos, un componente de la interpretación histórica ha
de ser la empatía, entendida como “un complemento y suplemento de los procedimientos
de indagación críticos”, diferenciando, eso sí, “la empatía deseable de la
identificación”, pues se trata del “reconocimiento de la alteridad del otro en
cuanto otro”. Sobre interpretación histórica y contextualización tiene algo que decir LaCapra, según quien para
interpretar no hay que contextualizar, pues “así no hay forma de aprender del
pasado”. Hay que resistirse “al procesamiento proyectivo ‘presentista’”, no se
puede “interpretar algo en sus propios términos y época, como si el pasado no
estuviera, en sí mismo, implicado en sus pasados y abierto a sus posibles
futuros.”
Sobre las interpretaciones
que los historiadores hacen del pasado, estoy de acuerdo con el intelectual
español Enrique Lynch cuando escribe
(con motivo de su crítica a Por el ojo de una aguja, del
historiador irlandés Peter Brown) que
“la historia tiene algo de irreal, pues de lo único que podemos hablar con
cierta confianza racional es de la época en que nos toca vivir. Todo lo demás
—lo que alguna vez sucedió y lo que algunos aseguran que ocurrirá— solo puede
ser mera conjetura. Quizá por eso, casi todos los grandes historiadores —y
Peter Brown está, sin duda, entre ellos— no se limitan a reconstruir lo ‘que
efectivamente pasó’, como reclamaban Ranke, Mommsen y los positivistas (o ‘lo
que realmente sucedió’, según las traducciones: lo que Ranke escribió, para
quien sepa alemán, fue exactamente “wie
es eigentlich gewesen”) que tanto influyeron en la historiografía marxista,
sino que son sagaces narradores de un
género híbrido donde se traman corazonadas y finas especulaciones
inspiradas en unos pocos recursos de la memoria
histórica (de la que historiadores como la francesa Marie-Claire Lavabre
han sentenciado que es “el proceso
por el cual los conflictos y los intereses del presente operan sobre la
Historia”). Los grandes historiadores hurgan en documenta et monumenta, es decir, en los viejos textos y en los
vestigios arqueológicos, pero nunca
renuncian a interpretar los hechos”.
Como expresó Edward Hallett Carr, aunque sólo hay una
montaña, con su mismidad de montaña individual y única, cierta, inconfundible,
existen distintas maneras de que sea vista por el ojo humano: la montaña es una, es ella misma, pero
varias son las formas de contemplarla. De tal manera que, siguiendo el
símil del eximio historiador británico, el pasado no cambia aunque cambie
nuestra posición.
[…]
A lo que yo he llamado más atrás honestidad es a lo que Lorenz con Haskell llama objetividad. Y si hablamos de Lorenz, dejemos hablar a Lorenz, que comienza su acercamiento a la objetividad y a la verdad de los historiadores con la distinción que hace un posmodernista, el historiador neerlandés Frank Ankersmit, entre dos clases de entidades lingüísticas a la hora de establecer una comprensión filosófica de la escritura de la Historia. Ankersmit diferencia entre, por un lado, “enunciados singulares, descriptivos y referenciales” (del tipo Francisco Franco murió el 20 de noviembre de 1975), que “no presuponen teorías y cuyo valor de verdad puede ser decidido de manera independiente de otros enunciados”, y, por otro, “complejas entidades lingüísticas no descriptivas, no referenciales, desprovistas de todo valor de verdad” (nociones como feudalismo, Ilustración) a las que el historiador neerlandés llama sustancias narrativas o representaciones históricas. Estas últimas, únicamente “generan puntos de vista, o perspectivas, desde los cuales podemos mirar al pasado, pero no pueden ser hallados en el pasado, no pueden ser fijados a nada en el pasado”. Sin embargo, los enunciados singulares, descriptivos y referenciales sí pueden ser fijados al pasado.
[…]
Este texto pertenece a mi artículo ‘A
vueltas con la objetividad de los historiadores’,
publicado el 18 de febrero de 2023 en Nueva Tribuna, que puedes
leer completo EN ESTE ENLACE.

Muy buen artículo que invita a reflexionar. Mil gracias!
ResponderEliminarA ti por leer Insurrección.
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