Desde que en 1979 apareciera su primera novela, el español Álvaro Pombo, un reconocidísimo y reputado escritor, también un polémico analista y político, ha publicado poemarios y otras 23 novelas más, la última de las cuales apareció a comienzos de 2023, con el título de Santander, 1936. Pombo nació precisamente en la capital cántabra poco después de que acabara la Guerra Civil, en 1939. Académico de la Real Academia Española desde 2004, mereció en 1997 el Premio Nacional de Narrativa (por su novela Donde las mujeres) y en 2022 se le otorgó el Premio Internacional Menéndez Pelayo. Tenía, sí, 83 años cuando publicaba la novela que nos ocupa, protagonizada por su tío carnal, Álvaro Pombo Caller, por su familia, su abuelo, su abuela, su propio padre (un personaje insignificante en la novela, su padre), su tío abuelo... Alvarito, Alvarín, aquel Álvaro Pombo cuya “prolongada inocencia insulsa destruirá ponto la guerra”. A quien una de sus criadas (los Pombo tenían servicio), Elena, la planchadora, le dice:
“Las cosas no son imaginarias, la
vida no es lo que te figuras que eres o serás, es lo que vas siendo. Y por cada
cosa que vas siendo hay otra opción que vas dejando a un lado. Eso es lo
natural. No hay nada malo en eso. Emperrarse en algo es mucho peor”.
La realidad, en definitiva. el narrador escribe poco después de esa
conversación que “la realidad, en cambio, es franca y en cierto modo bromea con
nosotros. mucho más que la historia, la simple realidad, la más común, es la
maestra de la vida.
Claro que eso no es considerar a la historia, a los hechos sucesivos de los
humanos que estudiamos los historiadores, la simple realidad, que es lo
que verdaderamente es. Aunque, eso sí, de maestra de la vida nada. Ni la
historia ni la Historia.
Nos vamos a la década de 1930, a la España de entonces, al Santander de
aquellos días. Estamos ante “la excesiva belleza del mar abierto, el vivo aire
libre, la gracia de la bahía de Santander, con sus cambiantes luces…”. Estamos
en la penúltima fase de la Segunda República española, se avecinan malos
tiempos.
“Así era el mundo, encrespado y bravo
y abierto y noble, como Falange Española”.
Recreémonos en la prosa de Álvaro Pombo, excelente a lo largo de buena
parte del libro, desvanecida a medida que nos acercamos a las últimas páginas.
“Los barcos mercantes no eran barcos
ebrios. Alvarín admiraba aquel orden aventurero, no revolucionario, aquel mundo
administrativo y burgués de cargar y descargar mercancías. Eso representaba
para él el Alfonso Pérez, fondeado en el Pozo de los Mártires. Este
barco en particular, sin embargo, había resultado ser un carguero
antieconómico. De aquí que, al verse fondeado ahí en medio de la bahía, tuviera
una irrealidad visual, como si el armador santanderino, Gumersindo Pérez,
hubiese fletado ese buque como quien escribe una novela. Flotaba allí,
asentado, geométrico, adelgazado en el aire fantasmal casi, en su gran
tonelaje. Saber que el armador había perdido dinero con él daba prestigio al
buque. Fletarlo fue como un acto de capitalismo suntuario”.
Gumersindo Pérez no fue su armador, sino el naviero Ángel Pérez. Ángel, no
Gumersindo. Este es uno de los muchos errores que incluye el libro de Pombo. Sobre
ello hay mucho que hablar. No es algo baladí. Parece mentira que una novela de
esta catadura, alcance y escrita por quién ha sido escrita (y publicada por una
editorial de sumo prestigio, Anagrama) contenga toda una sarta de
incongruencias, errores, inadmisibles desavenencias con la irrefutable
realidad. Voy…
Menudo es el jaleo que se hace Pombo con Manuel Azaña: dice de él que era ya
en 1932 presidente del Estado, de la República, puntualiza más adelante, y
habla de que ese año llevaba ya la República dos años y medio en vigor (esto
último, sí, es lo que llamamos educadamente una errata).
La escritora cántabra Concha Espina vive en 1936 en Luzmela, denominación que
Mazcuerras (la localidad de la escritora en realidad) no recibirá hasta 12 años
después.
También se incurre en el error dactilográfico (no corregido) de decir en una
ocasión que la fecha clave de la proclamación de la República fue el 14 de
abril… de 1936. Otra errata, sí, como la de transcribir Santuola por Sautuola o
Edilla (una de las veces que se le menciona) a Hedilla. O como el pasaje en el
que dice el padre del protagonista, en julio de 1936, “hoy hace 6 años que cayó
la Monarquía”.
Las confusiones sobre hechos constatados son continuas: José Antonio (Primo
de Rivera, ¿quién si no?) diputado y dando discursos en el Congreso de los Diputados
en junio del 36, cuando llevaba meses detenido; por no hablar de lo
inexplicable que un falangista se sienta sorprendido de que sea considerado por
los socialistas un peligro inminente. Incluso podemos leer una carta de la
madre del protagonista escrita el mes de agosto, donde ella le cuenta que “han
detenido a José Antonio Primo de Rivera”.
¿En la primavera del año 36 había sacas y registros políticos, propios de
la represión ejercida al comenzar las hostilidades, en las casas santanderinas?
Por no hablar de que el autor le haga decir al padre del protagonista, Cayo Pombo,
que “hay una Falange política y equilibrada y hay una Falange de pistoleros, la
Falange de la sangre”. ¡Como lo lees¡
Es menos extraño, llama menos la atención, en medio de este galimatías, que
los protagonistas hablen semanas antes de la guerra como si la guerra fuera a
ocurrir inevitable, inexorablemente, en lugar de ser una posibilidad todavía
evitable, incluso remota o más o menos difusa.
Incomprensible es la descripción del 25 de julio de 1936 en un Santander al
que lo que está pasando ya en el resto del país pareciera que le diese igual:
se narra una pelea callejera política entre socialistas y falangistas, como si
se produjera en el contexto de un país en paz pero violentado desde hace meses;
no olvidemos que ese ese día, el 25 de julio, es el día en el que Santander
quedó definitivamente del lado de la República. ¿“Una pelea prebélica” en el 25
de julio de 1936? Pero es que también se describen peleas callejeras en agosto.
Y dale: estamos en diciembre del año 36 “y la agitación política de
aquellos meses y las peleas juveniles de las bandas de rojos y falangistas
confundían un poco la perspectiva: son las riñas de siempre. Esto es un
conflicto de pobres y ricos, de obreros y patronos, la famélica legión contra
el capitalismo salvaje”.
No obstante, dicho lo cual, sin que lo que sigue salve en modo alguno esta novela fallida, me gusta cuando el autor escribe cosas como que “amar es sentirse acogido”, o esto otro de que aquellos eran tiempos en los que “la realidad era inmensa, era incomprensible, era heroica”, pero me temo que son las menos. Mas bien abundan las reflexiones en exceso confusas sobre el sentimiento trágico de la vida, por decirlo así.
Alvarín se sabe “un niño bien que siempre ha vivido bien su vida
superficial”. Lo dice cuando ya es uno de los derechistas presos en el
Santander de la guerra encerrados en el Alfonso Pérez, entonces
buque-prisión. Allí hará amistad con otro detenido, un tal Wences, a quien,
poético él, lorquiano él (sí, encerrado en el Alfonso Pérez pero
lorquiano, ¿qué pasa?) casi le podemos escuchar declamar:
“Lo único que nos falta
es la muerte que nos sobra”.
Al final, la muerte, “cuando nadie es nadie”, ni tan siquiera los que jugaron, inconscientes ellos, héroes contra aquellos otros que despertaban. Esto es mío, Álvaro.


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