Ir al contenido principal

Los macarras de Domínguez


Ensayista, modernólogo y juerguista profesional
dice de sí mismo en su Twitter Iñaki Domínguez (que es doctor en Antropología Cultural, experto e investigador de la cultura popular). Acabo de leer su libro de 2020 Macarras interseculares: una historia de Madrid a través de sus mitos callejeros, una obra por la que me sentí atraído a raíz de leer en diversos lugares sobre su aparentemente notable interés.

Probablemente, tal y como el autor escribe en la introducción, “al ser un libro construido exclusivamente a base de entrevistas personales, se trata de una fuente primaria en toda regla; un texto que habrá de interesar a historiadores futuros especializados en el Madrid callejero del periodo intersecular”. Intersecular, por cierto, pareciera una palabra para darle más ínfulas al volumen, ¿no crees? Aunque lo intenta bravamente, no llega a ser “un tratado de mitología urbana”. Le falta análisis y le sobra brutalidad explícita en primera persona, sin filtrar. A bote pronto. Ese es su mayor defecto y su mayor virtud. Pienso.

Los protagonistas son aquí macarras “con una sólida reputación”. No le vale a Domínguez cualquiera. El macarra de su obra es “alguien que habita las calles, que quiere reafirmar su identidad públicamente y que, para lograrlo, en muchos casos hace uso de sus puños o delinque. Sin embargo, mis trabajos me han llevado por distintos derroteros y, en algunos casos, me he adentrado en ámbitos de pura delincuencia. Los límites entre el macarra y el criminal —incluso el mafioso— son difusos y uno no debe atemorizarse al cruzar de un terreno al otro. Ambos están tan íntimamente ligados que a menudo se confunden”.

 

“Mis experiencias forman también parte esencial del libro. Por eso este texto tiene mucho de indirecto autoanálisis”.

 


La gente que puebla el volumen con sus testimonios o desde los testimonios de otros son a menudo “personas que carecen de sentimientos morales. Con el tiempo, dicha condición ha venido a llamarse sociopatía. Según el insigne psicólogo Havelock Ellis, se trata de la «incapacidad para sentir, o para actuar de acuerdo con las condiciones morales de la vida social»”. Son imbéciles morales.

 

“Muchos de estos personajes han sido objeto de abusos, que luego ellos han perpetrado contra otros. Someter a otros es un modo inconsciente de asegurarse de que nadie les somete a ellos”.

 

Dejo hablar a uno de estos tipos (a los que el autor, sin pretenderlo, poco menos que convierte en significativas guías morales de un tiempo y una ciudad):

 

“Lo que se hacía entonces era decir a alguien: “¿Tienes cien pesetas?”. Y si no te daban, decías: “Mira, que como te encuentre algo, me lo quedo todo…”. También los walkman, los discman, el abono de transportes… Ibas a la parada de Ciudad Lineal, donde todo el mundo cogía el autobús para ir al colegio y les robabas”.

 

Y así todo el rato. Va otro de estos chavalotes, estos imbéciles morales:

 

“Yo he tenido siempre un imán para los malos. Hay que entender que los malos, en el fondo, son buenos. Los malos, dentro de su círculo, son los que más respetan los códigos de nobleza. De toda la peña que he conocido, dentro de su círculo… los buenos, la moral y la ética no la trabajan; no les hace falta». «Los malos son malos por una cuestión de necesidad. Es una barrera que tienen contra el mundo, y contra la carencia de otras cosas. Muestran su frustración a través de la violencia, por ejemplo”.

 

Y dejo esto con las conclusiones de Domínguez:

 

“Resulta curioso que a día de hoy la figura del macarra no cuente con tanta visibilidad en las calles, aunque sea uno de los elementos simbólicos más presentes en las estéticas vinculadas a la música urbana y el moderneo”.

 

El autor de Macarras interseculares… considera que “las clases medias se están apropiando de los elementos estéticos propios de los barrios bajos; una apropiación, por otra parte, perfectamente legítima: la cultura es implícitamente mestiza y su función intrínseca consiste, precisamente, en fertilizar todos los ámbitos ajenos que estén a su alcance”.

Ya no hay macarras como los de antes, o si los hay no lo pareciera porque “antes los propios macarras eran estrellas, ahora las estrellas se hacen pasar por macarras”.

Ya sabes, antes los macarras eran estrellas. ¡Qué tiempos aquéllos! Tiempos en los que la autenticidad le correspondía a los macarras. No como ahora. No lo digo yo, lo dice Ikañi Domínguez, antropólogo cultural.

Comentarios

Grandes éxitos de Insurrección

La leyenda del tiempo, Federico García Lorca y Camarón de la Isla

Orville Peck canta Cowboy heart (LA CANCIÓN DE HOY)

Adiós, Savater; por David Pablo Montesinos Martínez