El historiador francés Antoine Prost, en lo relativo a su teoría de la comprensión como eje primordial de la Historia, hablaba sobre la imaginación del historiador:
“La comprensión concede a la imaginación un
lugar esencial en la construcción de la Historia.”
Prost considera que existen tres tipos de causas: las
causas finales, que se refieren a la intención; las causas materiales, esto es,
los datos objetivos que explican tanto lo acontecido como la situación
histórica, y que serían, más bien, condiciones;
y, por último, las causas accidentales, las contingentes, que siendo fruto del
azar actúan no obstante como desencadenantes.
Pero el historiador francés nos avisa: “la complejidad del entramado de
causas en Historia es infinita”. Y aquí llega la imaginación al armazón de
la causabilidad histórica:
“La búsqueda de las causas es un
recorrido temporal a lomos de la imaginación”.
A lomos de la imaginación
cabalgaríamos los historiadores sobre los restos del pasado. Me parece un
perfil muy hermoso y certero de nuestro oficio. ¿No crees?
De las reflexiones de Prost a este respecto obtenemos una
excelente que pone en relación el asunto de las causas con el de la
subjetividad:
“La balanza con la que el historiador pesa
las causas no ha sido verificada por ningún servicio de pesas y medidas, [de
ahí que se considere que en la apreciación del historiador] siempre hay algo de
subjetivo”.
No podemos evitar considerar con Prost que, si el historiador
usa la imaginación para comprender el pasado y establecer las causas de los
hechos históricos, es difícil creer que el historiador trabaje con la verdad.
Prosigo, no obstante, con el asunto de las invenciones, de lo
imaginado… El historiador británico, indispensable modernista, afamado
hispanista, John Huxtable Elliott
tiene asimismo algo que decir respecto de la imaginación de los historiadores:
“Creo que la teoría es menos importante para
escribir buena Historia que la capacidad de introducirse con la imaginación
en la vida de una sociedad remota en el tiempo o el espacio y elaborar una
explicación convincente de por qué sus habitantes pensaron y se comportaron
como lo hicieron”.
Sobre lo necesario que es saber usar ese músculo veleidoso que es la imaginación, Elliott nos ilustra
con una sentencia de otro británico, el escritor Leslie Poles Hartley, para quien “el pasado es un país extranjero, allí hacen las cosas de otra forma”.
Frase, más que ingeniosa, inteligente que nos avisa de que, como dice Elliott,
“las aparentes similitudes entre el pasado y el presente pueden ser una trampa
mortal”.
Como ha escrito el historiador español Enrique Moradiellos,
“la verdad en la Historia no se
refiere al pasado en sí, que es
incognoscible e inabordable, sino a las reliquias que del mismo se preservan en
el presente. Y aquella teoría interpretativa, aquel relato histórico, que más
factible y verosímil parezca, de acuerdo con las pruebas y evidencias
existentes, será la que se considere verdadera en tanto no aparezcan nuevas
pruebas o evidencias que la contradigan.” Los relatos históricos serán más verdaderos
que otros cuanto mayor número de pruebas (verificables por los historiadores)
los fundamenten, cuanto más se adecúen al conocimiento ya acumulado por los
estudios históricos anteriores.
Este texto pertenece a mi artículo ‘Los historiadores,
la imaginación y la verdad’, publicado el 25 de noviembre de 2022 en Nueva
Tribuna, que puedes leer completo EN ESTE
ENLACE.

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