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Atenas, Márkaris, Marga y yo (y Shelley)


Todos somos griegos. Nuestras leyes, nuestra literatura, nuestra religión, nuestras artes tienen su raíz en Grecia”. Eso escribió en el siglo XIX el escritor inglés Percy Bysshe Shelley, quien tiene una calle en Atenas donde la hache de su apellido se esfuma ¿poéticamente? La calle Selley.

Para Shelley todos somos todos los occidentales, todos los herederos de esa Europa milenaria que lleva siglos creyéndose el centro del mundo.

Pero yo he venido aquí a escribir sobre Atenas, la ciudad que Marga y yo visitamos a principios del último mes del tercer Año de la Gran Pandemia.

Siglo XXI. Diciembre de 2022. Comienzo…

Atenas. La muy histórica capital de Grecia es una disparatada ciudad común y agraciada con una recuperación portentosa de un pasado tan real como mítico, aquí tan presente, monumental y en ruinas, como buen pasado: el pasado ruinoso de nuestra civilización moribunda. Grecia europea y contaminada.

En el admirable barrio de Plaka termino de leer la singular guía urbana del escritor griego Petros Márkaris donde Atenas es todo lo que él cree saber y cuanto quiere saber y contarnos. La Atenas de Márkaris, nada más.

Atenas y su diciembre otoñal gris y Mediterráneo sin el mar, con el mar a sabiendas, pero sin presencia (al que no obstante Marga y yo acudimos: El Pireo nos dice que es el Mediterráneo oriental que queríais ver. Y lo vemos).

Atenas, esa de hoy, no la conservada y remota, está repleta como tantas otras ciudades de edificios que, como le he leído al propio Márkaris, “se limitan a ocupar un espacio, sin ningún tipo de carácter”.

Márkaris publicó en 2010 su libro Próxima estación, Atenas, cuya traducción del mismo año a cargo de Montserrat Franquesa Godia y Joaquim Gestí leí en un periquete, primero en Madrid y finalmente en Atenas, ya digo.


La línea 1 del metro ateniense, popular y tradicionalmente conocida como el Eléctrico, debe su carácter excepcional al “hecho de que corta Atenas por la mitad y retrata sus diferentes capas sociales. Empieza en los viejos barrios obreros y portuarios de El Pireo, llega al centro de la ciudad, que es la plaza Omonia, y desde allí atraviesa los barrios de la pequeña burguesía para llegar finalmente a las zonas ricas —Marusi y Kifisiá—. Tal vez por eso les guste tanto a los atenienses: no hay guía, mapa o película que proporcione un cuadro tan completo de la ciudad”.

Márkaris nos propone en su libro recorrer las veinticuatro estaciones del Eléctrico, algo que por sí solo dura una hora escasa: “sin embargo, quien decida bajar en todas las paradas, dar una vuelta por la zona y continuar después el recorrido, conocerá Atenas en toda su belleza y su fealdad, con sorpresas escondidas y contrastes perturbadores, con ruinas del pasado y paseos por templos de la Antigüedad, con sus barrios populares y aquellos otros que le dan un aspecto de ciudad moderna y acomodada, un rasgo, este último, que no ha perdido en la actualidad, dado que la crisis económica no ha golpeado los barrios más ricos, como, por otro lado, suele suceder en cualquier crisis”.

Subamos con el padre de Jaritos al Eléctrico. Pero, antes conviene que tengamos en cuenta lo que la sabiduría del escritor griego nos dice a lo largo de su libro sobre la Grecia y la Atenas de hoy. Por ejemplo, que “las crisis económicas que tienen cautivo al país [recordemos que estamos en 2010, pero también que no es mucho mejor la situación griega] no son culpa de la pobreza, como en los años setenta, sino de la mala relación con la riqueza”. O que “aunque pueda parecer extraño, Atenas es más bonita a la luz del atardecer que de día. Adquiere cierto aire cándido, a veces idílico, que al alba se pierde. Y esto vale para todo el centro histórico de la ciudad”.

 

“En cualquier mapa de Atenas se distinguen tres grandes avenidas. Dos de ellas conducen hasta las afueras, la tercera cruza el centro como una línea recta que parece interminable. Las dos primeras salen del mismo punto, de Ambelokopi, y luego prosiguen paralelas. Se trata, por un lado, de la avenida del Mediterráneo, que cruza distritos como Jolargás y Agía Paraskeví, permite el acceso a Neo Psijikó y Papagos y continúa hacia Mesóyia, Lavrio y Porto Rafti. La otra es la avenida Kifisiá, una arteria kilométrica que conduce el tráfico bajo el nombre de avenida Atenas-Salónica y prosigue hacia el norte más allá de Kifisiá. A lo largo de este tramo se encuentran los cuatro barrios de la alta burguesía más conocidos: Psijikó, Filozei, Marusi y Kifisiá. La tercera vía es la calle Patision, la más antigua de Atenas, que nace en la plaza de Omonia, en el cruce con Panepistimíu. Por qué se llama precisamente «calle», mientras que las otras dos son «avenidas», me resulta incomprensible”.

 


Salimos de la estación de El Pireo.

 

“En las últimas décadas la imagen de El Pireo se ha transformado. Apenas queda rastro de su pasado, y sólo aquí y allá se pueden encontrar unos pocos vestigios de los viejos tiempos. La zona de Trumba fue sometida a una limpieza general y ahora ofrece una imagen de desolación. Hoy el barrio está plagado de bloques de viviendas que sobresalen entre las fantasmales ruinas de los bares cerrados para siempre y transformados en barricadas. A esto se añade que El Pireo ha perdido su antiguo dominio del mar. El puerto de Salónica descarga desde 1989 más cantidad de mercancías hacia los países del Este balcánico, mientras que los grandes buques que se dirigen a Italia —hacia Ancona, Bríndisi o Venecia— salen de Patras. No obstante, en El Pireo siguen estando las oficinas de las compañías, la mayoría de las cuales son agencias de las grandes navieras griegas que poco a poco han ido trasladando sus sedes mayoritariamente a Londres, y algunas también a Chipre.

 

Segunda parada: estación de Neo Fáliro (“habitada por gente relacionada con el mar”). Tercera: Mosjato (“hay muchos barrios como Mosjato; si tienen algún rasgo común, ése es la falta de personalidad: se podría afirmar que la falta de expresión de los edificios refleja una personalidad poco marcada de sus habitantes, una mezcla de pequeños comerciantes, ciudadanos sencillos, empleados públicos y jubilados: gente sencilla”). Cuarta: Kalizea (que quiere decir Nellevue, Belvedere, un barrio en el que viven “abogados, pequeños y medianos empresarios y profesores de instituto y universidad”).

Quinta parada: estación de Tavros-Eleftherios Venizelos (en cuyas cercanías se encuentra el nuevo Museo Benaki, “que desde el punto de vista arquitectónico es uno de los museos más bonitos de Atenas, y en el cual también se celebran numerosos e interesantes actos literarios”; hay varios museos Benaki, en serio: Marga y yo vimos por fuera uno de ellos, no éste, que está en el 138 de la avenida de El Pireo, al que nos quedamos sin poder visitar pues cuando lo intentamos era martes, que es cuando cierra):

 

“Paseando por Tavros [un barrio proletario] no puedo dejar de acordarme de Manuel Vázquez Montalbán y de su enojo a causa de la demolición de los antiguos barrios obreros de Barcelona, destruidos durante las obras de los Juegos Olímpicos. Montalbán creía que al eliminar los barrios obreros de Barcelona se destruía el alma de la ciudad. Eso mismo ha sucedido en Tavros. En nuestro caso no fue necesaria una Olimpiada, ya los habíamos demolido antes”.

 

Petralona es la sexta estación de la línea 1 y en el barrio del mismo nombre “es el único sitio donde aún se pueden encontrar restaurantes tradicionales” (aunque Márkaris se va contradiciendo al nombrar más adelante otros en barrios diferentes). Son “lugares especiales y únicos” donde “aún sirven la comida sencilla con la que han crecido tantas generaciones”.

Séptima parada: Zision. El distrito de Zision “destaca con claridad por encima de los demás del centro de Atenas”. Que fuera el nuevo centro ateniense fue una decisión del primer rey griego, el bávaro Otón I, quien en 1833, aconsejado por sus ministros, trasladó de la ciudad de Nauplio a la de Atenas la capital del Estado recién creado tras liberarse los griegos del dominio turco otomano:

 

Los bávaros soñaron con levantar la nueva Atenas encima de las ruinas de la antigua”.

 

Otón y sus hombres “sabían que la parte más bonita de la antigua Atenas se encontraba en Zision, justo entre el cementerio del Cerámico y el Ágora Antigua, a tan solo un paso de la Acrópolis, la colina de las Musas con el monumento a Filopapo, el Areópago y las colinas de Pnix y de las Ninfas”. Y lo sabían bien, uno puede dar fe al recorrer todos esos fabulosos sitios tan sugerentes y emocionales. Pero, cuando la familia real se estableció en 1913 en el llamado Palacio Nuevo, en lo que es el barrio de Kolonaki, “para el barrio de Zision y para el antiguo centro de Atenas el traslado supuso una decadencia fulminante […], al mismo tiempo que se volvía un polo de atracción para los inmigrantes, y así continúa hoy en día”. Otra ola migratoria que ha ido ocupando Zision provino del éxodo rural que comenzó en los años cincuenta del siglo pasado, tras la Guerra Civil griega. La más reciente es la inmigración de egipcios y sudaneses, y, desde 1989, la gente procedente de Albania y otros países balcánicos. Zision se acabó convirtiendo “en el centro de los bajos fondos atenienses, del mercado ilegal y del narcotráfico”. Si bien “el rescate del barrio histórico de Zision se lo debemos a la internacionalmente famosa Melina Mercouri, ministra de Cultura”, la cual se encargó de que su ministerio comprara y restaurara casi todos los edificios.

Márkaris dice que “la zona de Zision y Metexurguió es por donde más me gusta salir a pasear: me encanta este barrio porque en él se reúnen grandes contradicciones”. De hecho, como el escritor griego afirmara en este libro suyo del que vengo escribiendo que “puede que los alrededores de la plaza Agion Asomaton ofrezcan el panorama más maravilloso del centro de Atenas”, hacia allí nos encaminamos… para acabar algo decepcionados ante la incomprensible expectativa. Nos recorrimos Marga y yo la calle de las Termópilas, una de las “más fabulosas de Atenas”, a decir del autor del volumen: no tengo palabras para la consternación ante el paseo. Ni una.


Octava parada: estación de Monastiraki. Turistas como nosotros y atenienses consideramos que Monastiraki, la plaza de Monastiraki, es la puerta de entrada al barrio de Plaka, donde Marga y yo nos alojamos en nuestro pequeño viaje griego. Monastiraki, dice Márkaris, “es la parte más antigua de la Atenas moderna y Plaka el barrio más antiguo”. Es cierto que “paseando por Plaka a veces uno tiene la sensación de estar en una ciudad italiana o en las callejuelas de una isla jónica”. Y como “la única taberna que ha conservado su estética original y las recetas de antes es Platanos, fundada en 1932”, hacia allí fuimos Marga y yo a cenar y a comprobarlo (sin desengaño posible, esta vez). Platanos “se encuentra en una pequeña plaza a la que se llega desde la esquina de Markos con Avrilios, en la calle Diógenes, justo al lado del Museo de la Música”.

Novena parada: estación de Omonia:

 

Si se quiere poner a prueba la resistencia de un extranjero en Grecia, no hace falta mandarlo a Corfú, a Rodas o a Miconos, basta con dejarlo en plena canícula a las dos de la tarde en la plaza Omonia, cuando hay un atasco descomunal de tráfico, los coches no paran de tocar las bocinas, la mitad de los conductores insulta a la otra mitad, el interior de la plaza y las aceras están repletas como nunca de parados (locales e inmigrantes) que matan el tiempo charlando de cualquier cosa y, por si fuera poco y como castigo divino, todo ello bajo un sol de justicia que te abrasa el cráneo”.

 

Damos fe, salvo de lo del calor (que fuimos en diciembre, te recuerdo) firmamos cada palabra.

Siempre ha tenidos dos centros Atenas, Sintagma y Omonia: “entre ambas plazas ha habido siempre un estricto reparto de funciones. Sintagma es el centro político del país, allí se alza el Parlamento” y muy cerca están la sede de la presidencia de la República y la del Gobierno, así como dos ministerios y numerosas embajadas. También se sitúan en Omonia los dos grandes hoteles históricos de la ciudad: el Grande Bretagne y el King George. “En cambio, Omonia y las calles que la circundan, siempre han sido el gran centro comercial de la ciudad”. La división de ambos centros se remonta a 1836, cuando así se decidió, digamos.

La plaza Omonia recibe ese nombre a raíz del llamado Juramento de Concordia (en griego, eso significa Omonia, ‘concordia’) que firmaron los dos partidos antimonárquicos principales el 14 de octubre de 1862, tras la abdicación de Otón I y su marcha al exilio.

Décima parada: estación de Victoria. Siguiente: Atikí (estación y plaza de Atikí “constituyen la puerta de entrada a la pobreza”). Decimosegunda: Agios Nikólaos. Decimotercera: Kato Patísia.

Detengo un instante el viaje para que leamos lo que el autor tiene en consideración respecto de un asunto peliagudo siempre, cada vez más, de plena actualidad. Se pregunta casi con desconsuelo: ¿cómo es posible que un país que a lo largo de siglo y medio enviara emigrantes a Norteamérica, a Australia, a Alemania, muestre tan poca comprensión con los refugiados que le llegan a él ahora por razones económicas?

 

“En la acera de enfrente de mi casa hay una cabina de teléfono. De día, y a menudo también por la noche, oigo cómo gritan los emigrantes al aparato, para hacerse entender en alguna parte remota de este mundo. Me parece que en los años sesenta no deberían de sonar muy diferentes las emocionadas voces de los trabajadores griegos cuando llamaban a sus casas desde el teléfono de la estación de cualquier ciudad alemana. Somos, incluso por lo que respecta a nuestro propio destino, un pueblo con muy poca memoria histórica”.

 


Decimocuarta, decimoquinta y decimosexta paradas: Agios Eleftherios, Ano Patísia, Perisós (y su barrio “surgido de la nada o casi”). Decimoséptima: Pefkakia (“en dirección a la avenida de Iraklio, el paisaje entre Perisós y Pefkakia casi no cambia: una continua sucesión de bloques nuevos de pisos, los unos iguales a los otros, que se alzan en calles que se parecen entre sí. Es la confirmación de lo que se ve en tantos y tantos lugares de Atenas, o sea, que la diferencia entre las calles nuevas y las viejas, entre los barrios viejos y los modernos, no la determina la riqueza o la pobreza, la miseria o el bienestar. La diferencia es, sustancialmente, estética, entre lo genuino y lo afectado, entre lo verdadero y lo falso”).

Decimoctava parada: estación de Nea Ionia (acceso al barrio homónimo de antiguos refugiados de la Jonia ya turca). Siguiente: Iraklio. La zona de Iraklio “destaca por su profunda dimensión histórica”, con sus raíces en la Edad Antigua, “dado que ya se lo menciona en el año 508 a. C.”, si bien no hay “rastro alguno del antiguo demo ateniense, que en el pasado se llamaba Hifistia y, a continuación, tomó el nombre de Hefestía”. El caso es que las fuentes de riqueza del barrio han sido más recientemente las minas de carbón abiertas en 1938 “que resultaron de gran utilidad para las fuerzas de ocupación alemanas en 1940”, durante la Segunda Guerra Mundial, y cerradas en 1957, “a petición de los ciudadanos y del ayuntamiento”. Hoy, Iraklio es un “típico barrio de clase media”.

No me queda claro donde es donde vive el autor, pero muchas páginas antes le leí que “los barrios atenienses de solera tienen rostro, los vecinos aún se conocen. Por eso yo no me voy de Kipseli”. Y ahora, hablando de la zona de Iraklio, escribe que la calle Fokion Negri está repleta de cafeterías al aire libre, “por la parte donde vivo yo”. Aunque al describir el defecto de Iraklio (su uniformidad, su ausencia de contrastes “que no suscitan ninguna curiosidad”) reconoce que ese inconveniente es en realidad la principal razón por la que prefiere seguir viviendo en Kipseli. Lo que queda claro es que Petros Márkaris vive en Kipseli, que está en…

Vigésima y vigésimo primera paradas: estaciones de Irini y Neratsiótisa, creadas en su momento para el Campeonato de Europa de Atletismo de 1982 y los Juegos Olímpicos de 2004, respectivamente.

Vigésimo segunda parada: Marusi.

 

“El nombre histórico, y bello, de este barrio es Amarúsion. «Marusi» es uno de los habituales y antiestéticos diminutivos que a los griegos nos gusta mucho endosar tanto a las ciudades como a las personas. […] La historia de Marusi se remonta, como en el caso de Iraklio, a la Antigüedad. Era uno de los doce demos fundados por el mítico rey Cécrope para defender la antigua Atenas de las incursiones bárbaras”.

Marusi es una zona rica, “que dispone probablemente del mayor pulmón verde de Atenas; el bosque de Singrú”.

Siguiente estación: KAT, que “es el acrónimo en griego del Centro de Rehabilitación Traumatológica, y esta estación del metro da servicio a un gran complejo hospitalario especializado en ortopedia, traumatología y, naturalmente, accidentes de carretera”.

Última parada: Kifisiá.

 

Hemos llegado al final de nuestro viaje y nos encontramos ahora en la zona de Atenas cuya influencia ha sido realmente decisiva en la vida política, social y económica de la Grecia moderna, desde 1870 hasta nuestros días. Ningún otro barrio ha tenido la importancia, para bien y para mal, que ha tenido Kifisiá para la vida de Grecia. Como Iraklio y Marusi, Kifisiá pertenece a los antiguos demos áticos desde la época de Clístenes […] Y cuando Jorge I hizo construir la residencia de verano en Tatoi, la clase política y acomodada de Atenas empezó a veranear en Kifisiá”.

 

ATENAS, MI AMOR

Atenas, Nebraska.

Maté todo a mi paso:

Hiroshima, el tiempo y la muerte;

Atenas y el pasado místico del progreso.

Le declararon no apto para vivir

fuera de la casa de su padre,

en el hospital siquiátrico Stella Maris.

Hiroshima no fue inexplicable.

Casi nos quedamos en Atenas

mientras Ryan Adams escribía otra vez

Nebraska y lo cantaba,

aunque sí lo sepas.

Cormac McCarthy oscurece

la aterradora esfera azul girando en el vacío.

La Nueva Atenas se suicida en Nebraska

después de cada Hiroshima.

Mi amor.


Sí, a principios de diciembre de 2022 Marga y yo visitamos la Grecia a la que le han acabado pidiendo perdón la Comisión Europea y el FMI, sin que casi nos hayamos enterado. Por el periodista español Íñigo Domínguez sé que aquella “tortura económica sofisticada” de los poderosos dio en ser un desastre: el PIB griego cayó un 25 % desde 2008 hasta 2021 y “se destruyó todo el estado social del país”. Las cosas del capitalismo en manos de los tiburones y sus amigos.

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