Ya era hora de que una generación española
asesinara a DON JUAN y dejara a los muertos en la estacada de la inconsciencia
y el jolgorio.
El caso es que el cadáver asesinadito olía a
naftalina desde los negros nocturnos para el alma escayolada de la españolía en
salmuera y sacristía penitencial.
Un toro mihura y laiglesia hicieron de ese
pasado telúrico de la España de reggaetón y zambomba el gran intento de la
Nueva España salida de una guerra ostentórea de exterminio y campo atrás.
Por eso, celebremos que una juventud
inconsciente, de conciencia de cyborg sin futuro, haya dejado la ruina de DON
JUAN atada a la desmemoria de quienes más detestan la memoria.
Las canciones para después de una guerra suenan más
remotas que cualquiera de los Clash: ¿quién desactivará las bombas españolas?

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