Aquella fue una maldita jornada, el día del señor del 14 de octubre de 1066. ¿Cómo olvidarlo? Nerviosos nos equipamos y vestimos, entrada la noche, en el campamento. La camisa, el jubón acolchado, la túnica, las muñequeras, las perneras, los zapatos y las bandas de cuero y finalmente mi precioso, y pesado ausberg. Mis servidores me ayudaron. Todo estaba correcto y en su sitio, y las sujeciones bien prietas. El casco cónico lanzaba destellos a la luz de la Luna. Guillermo sabía que los sajones habían acampado y dormido en la colina de Senloc, y temía que al llegar el día atacarían… así que decidió adelantarse. El muy bravucón todavía tuvo humor para decirnos que no solo lucharíamos por la victoria… “también por la supervivencia […] no podréis nadar con tanto hierro… no hay camino de vuelta…”. Con las primeras luces, nuestro ejército se plantó de golpe frente a la posición enemiga… Los sorprendimos totalmente. Mientras desplegábamos nuestras tropas ellos apenas pudieron improvisar sus filas. En el centro de su dispositivo se veían guerreros bien armados con ausbergs, cascos y escudos en forma de almendra. Estaban a resguardo de unas cuantas estacas que habían plantado la noche anterior y que ahora complementaban a toda prisa con nuevos puntales… En ambos extremos había milicianos, campesinos armados.
Guillermo puso a nuestros arqueros en primera línea.
Después desplegó la infantería… buena gente y bien armada. Y detrás formamos la
caballería normanda. En el flanco izquierdo colocó infantería y caballería
bretona, y en el flanco derecho a los franco-flamencos.
Nuestros arqueros e infantería comenzaron a avanzar
colina arriba. Los sajones los recibieron lanzándoles de todo, piedras, flechas
y jabalinas. Los nuestros no pudieron con ellos, tuvieron que retroceder. Los
primeros que echaron a correr fueron los bretones, que subían por el sitio más
fácil. Los campesinos sajones ebrios por la victoria se pusieron a perseguirlos
colina abajo. Fatal decisión. Guillermo, mascullando maldiciones por el
fracaso, tomó una parte de la caballería y cargó contra los campesinos para salvar a los bretones. Su rabia la pagaron los milicianos sajones, que
fueron despedazados a media colina. Después de este primer enfrentamiento,
Guillermo reordenó las filas y esperó a que se serenaran los ánimos. Yo estaba
nervioso, y deseoso de acabar con el asunto y los compañeros de mi conreix,
mi grupo de combate, igual, no podríamos contenernos durante mucho tiempo…
Ahora sí, Guillermo volvió a dar la orden de avance…
todos a una… arqueros e infantería avanzaron hasta media ladera, y detrás
nosotros… Guillermo dio la orden
de carga… La infantería
abrió pasadizos en sus filas y comenzamos a subir con nuestros caballos
pendiente arriba, justo por el centro. Arremetimos contra los guerreros
sajones. Ellos combatían a pie, y blandían grandes hachas, y habían formado un
muro con sus escudos y sus arqueros, desde atrás y desde los flancos nos acribillaban.
Un par de saetas chocaron contra mi ausberg, pero no pudieron
atravesarlo, sin embargo noté cómo una de las puntas de flecha pinchaba
ligeramente mi hombro. Con la lanza en alto hice avanzar a mi caballo contra la
línea, el animal se abrió paso y yo pude alancear, de arriba a abajo, al primer
guerrero que encontré a mi derecha. Pero era un tipo duro, con su escudo fue
parando los lanzazos que le dirigía. Finalmente pude atravesarle el pecho, y le
clavé la lanza con tanta furia que no pude recuperarla. Ellos, a su vez, nos
combatían duramente. Frente a nosotros el muro se recomponía. Aquellos
guerreros no tenían miedo y desafiaban los caballos. Durante dos largas horas
intentamos revolvernos con sucesivas cargas para romper sus líneas, pero todos
los intentos fallaron, el ataque había perdido fuerza. Algunos de los
compañeros de mi conreix estaban heridos o cansados… Sucedió
entonces algo que era fatalmente previsible, los franco-flamencos flaquearon y
echaron a correr montaña abajo, sus comandantes lograron pararlos pero no
consiguieron que retornaran colina arriba. Para más desgracia Guillermo cayó
del caballo, y los guerreros de su entorno le dieron por muerto. Vi la duda
brillando en los ojos de mis compañeros… por un momento estuvimos a punto de
desbandarnos. Pero entonces volvió a aparecer Guillermo, se quitó el casco para
que pudiéramos reconocerle, y a gritos la gente volvió a la lucha, pero aquello
no acababa nunca. Pasada dos horas del mediodía Guillermo ordenó parar el
ataque. Todos nos retiramos al pie de la colina, nos reorganizamos tras las
líneas de infantería y arqueros, y comimos, prácticamente sin bajar del
caballo. Una cuarta parte de nuestros caballeros había sido aniquilada, muchos
estaban heridos y otros habían perdido la montura. La cosa se ponía difícil.
Aquellos diablos sajones con su muro de escudos y su disciplina habían
conseguido parar nuestras sucesivas cargas de caballería. Pero Guillermo ya
había avisado, la única opción era la victoria. Descansamos durante una hora,
se serenaron los ánimos y volvimos al ataque. La infantería atacó en línea
mientras que los arqueros tiraban alto. Detrás de ellos subimos nosotros,
lentamente. Desde posiciones cercanas volvimos a atacar: carga colina arriba,
ataque con lanzas y retirada, y luego a volver a repetir el ciclo. Intentábamos
que los sajones nos persiguieran para exterminarlos una vez abandonadas sus
líneas. El combate era agotador
y pronto caería la tarde… Volvimos
montaña arriba, de nuevo ataqué con mi lanza en alto. Mi caballo atravesó el
valladar de escudos, otros compañeros también atravesaron la línea. Perdí la
lanza pero desenvainé la espada e hice caracolear a mi caballo repartiendo
mandobles. Mis compañeros también habían conseguido perforar el valladar. Era
evidente que los sajones también estaban cansados y que comenzaban a vacilar.
Algunos de ellos echaron a correr. Ese fue el momento de la victoria, pronto
toda la línea sajona se desmoronó presa del pánico. Algunos guerreros se
agruparon junto a su estandarte y su rey pero el resto de tropas comenzó la
desbandada. Ese fue mi mejor momento, con mi caballo al trote fui persiguiendo
a los fugitivos, me colocaba a su altura y les descargaba un terrible golpe de
maza en sus cabezas. Derribé a muchos hombres, uno tras otro. La victoria y la
venganza compensaron las penalidades del día.
F. X.
Hernández Cardona y X. Rubio Campillo publicaron en 2014 en Punto de
Vista Guerras, soldados y
máquinas. La batalla de Hastings es el arranque de uno de sus capítulos


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