¿Qué prevalece en Garrincha, el mito o la persona real? ¿Era realmente un extraterrestre, como algunos sugerían?
Mis dudas están justificadas: pocas veces como ahora he sentido
con tanta intensidad que un ser humano haya intentado encarnarse en un
personaje literario, con todas las licencias posibles (cuando lo habitual es lo
contrario).
De entrada, he decir que el perfil mitológico de Manuel
Francisco (a partir de ahora Garrincha, o Mané, como le llamaban de niño),
siempre marcado por los excesos, me retrotrae a tiempos remotos e incluso, por
qué no, al realismo mágico de García Márquez. ¿Qué tiene que ver Garrincha con
la inmensa mayoría de jugadores de fútbol? ¿Qué tiene que ver –por quedarnos en
su generación– con un Pelé, un Alfredo Di Stéfano o un Franz Beckenbauer? Nada.
Y menos aún con futbolistas actuales, sanos, bien parecidos y exitosos que
alimentan la prensa deportiva y la del corazón.
La biografía del legendario Garrincha no acepta comparaciones.
De ningún tipo. Para empezar, era biznieto de esclavos, una herencia de la que
pocos futbolistas de renombre –incluso de su época– podrían alardear.
Su padre, Amaro, tuvo nueve hijos reconocidos y según las malas lenguas
veinticinco hijos naturales. Era alcohólico y murió de cirrosis. Los
antecedentes familiares no eran, pues, nada halagüeños.
Mané nació en Pau Grande, un pueblo próximo a Río de Janeiro, el
28 de octubre de 1933. No vino al mundo con buen pie, en el sentido más
literal: era poliomielítico y tenía escoliosis, y como resultado de esta
combinación una de sus piernas medía seis centímetros más que la otra (¿tal vez
la primera exageración?). En cualquier caso, fueran seis centímetros o algunos
menos, la fisonomía de este joven zambo (tenía la pierna izquierda torcida hacia
adentro y la izquierda girada hacia afuera) no hacía presagiar que fuera a
convertirse en un futbolista, ni siquiera de tercera división. El apodo Garrincha,
que le puso una de sus hermanas por su similitud con un peculiar pájaro que
vive en las selvas del Mato Grosso, aun siendo cariñoso encerraba la más cruda
realidad: como la citada ave, Mané era flaco, cojo y feo.
Sus inicios deportivos no fueron muy afortunados, algo lógico
teniendo en cuenta las circunstancias: ningún equipo quería hacerse con los
servicios de un jugador patizambo. Pero Brasil, tan necesitado de héroes
(aunque fueran imperfectos, como también lo eran los del propio Homero), no
podía renunciar con tanta facilidad a quien acabaría siendo conocido como “la
alegría del pueblo” (Alegría do Povo), tal como reza su
epitafio. Proyecto de héroe y antihéroe al mismo tiempo, asimétrico pero muy
habilidoso con el balón, Mané Garrincha siguió probando suerte en otros equipos
al tiempo que se ganaba el jornal con su trabajo en una fábrica textil. Tentó
al destino haciendo pruebas en el Vasco de Gama, en el Fluminense… Los
entrenadores no quedaron satisfechos con él. Mané parecía tan ausente… Olvidaba
en casa sus botas, se marchaba antes del final de la prueba para no perder el
tren… Por suerte, el Botafogo sí vio algo especial en este desparejo aspirante
a futbolista que llegaría a ser –en palabras del también legendario Tostao– “el
Chaplin del fútbol”.
Hablábamos del Botafogo, donde Garrincha, apoyado por el capitán
del equipo, Milton Santos, comienza a demostrar el arte que llevaba en sus
botas. Corría el año 1953, cuando el jovenzuelo tenía veinte años. Garrincha
era un jugador estratosférico, galáctico (antes de que el adjetivo se pusiera
de moda), inusual. Jorge Valdano ha dicho que Garrincha jugaba como hablaba
Cantinflas. Sus habituales regates en corto, sus cambios de ritmo, su querencia
a sortear a numerosos rivales en una misma jugada, sus vertiginosos cambios de
ritmo se antojaban no solo una nueva manera de ver el fútbol sino una nueva manera
de ver la vida y el mundo. Esa manera de entender el mundo que solo era posible
en un país como Brasil. Hábil, escurridizo, imaginativo, insolente, así era el
Garrincha jugador, una suerte de Ramón Gómez de la Serna con el balón entre las
botas que entendía el fútbol como una suerte de eterna greguería.
Era diferente, pues diferentes eran sus piernas. Diferentes,
deficientes, torcidas. Pero Garrincha supo hacer de la adversidad una virtud.
En el Botafogo, donde militó desde 1954 a 1966, ganó tres títulos. En 1962,
cuando aún jugaba Pelé, fue elegido mejor jugador del mundo. Luego vendrían el
Corinthians de Sao Paulo, el Junior de Barranquilla, el Flamengo, el Red Star
París y, por último, el Olaria, equipo de su ciudad natal, donde terminó su
carrera deportiva en 1972.
Aunque el Garrincha que recordará la mayoría, creo, es el que
participó en tres copas mundiales: Suecia, 1958; Chile, 1962; e Inglaterra,
1966. Los datos no son nada malos: Garrincha disputó 60 partidos con su
selección, de los cuales solo perdió uno, y ganó dos de esos tres mundiales.
Amado por el pueblo, era un poco el contrapunto futbolístico y
humano de Pelé “O Rei” (el Rey), un hombre que sabía (y sabe) moverse con igual
soltura dentro y fuera del campo, siempre en buena sintonía con los despachos.
Garrincha se movía… a su manera: torpe, libre, temerariamente. Porque
Garrincha, tan díscolo y radical en sus propuestas futbolísticas, no lo era
menos en su vida privada.
Adicto al tabaco desde los diez años (un dato más que lo anula
como prototipo de deportista al uso), los psicólogos tenían serias dudas de que
fuera una persona mentalmente normal. El psicólogo de la selección brasileña,
sin ir más lejos, dictaminó que tenía el cociente intelectual de un niño de
ocho años. (No fue un genio este doctor; dijo también que Pelé no era
competitivo). Pero démosle la razón en algo a la ciencia de la psicología:
Garrincha no era normal. Son varias las anécdotas que describen la extraña
actitud, poco comprometida, de este hábil extremo para quien el fútbol era más
un juego de niños que un deporte de adultos y un negocio suculento. Tras el
fracaso en el Mundial de Brasil de 1950, cuando el equipo local fue batido por
Uruguay 2 a 1, cuenta Pelé que vio llorar a su padre por primera vez, y era tan
triste la escena que él mismo se echó a llorar. En contraposición a tanta
amargura, en ese momento, dicen, Garrincha estaba tranquilamente pescando en el
río, feliz, ajeno a la debacle de la selección brasileña en la que él jugaría
por primera vez ocho años después. Garrincha ni siquiera había visto el partido
en televisión. (Esa dejadez, ese “dejarse vivir por la vida” fue lo que acabó
con él, poco a poco, sin prisas pero sin pausas).
En Suecia, durante el mundial del 58, mantuvo una relación
esporádica con una mujer sueca, a quien no volvería a ver y que daría a luz a
uno de sus trece hijos (reconocidos). Estaba dispuesto a seguir la estela de
promiscuidad sexual de su padre. El niño se quedó en Suecia, pero Garrincha al
menos se llevó a Brasil al perro que había saltado al campo durante el
encuentro contra los ingleses.
Dicen –algo que por escepticismo he decidido poner en
cuarentena– que nunca sabía contra quién jugaba, que no estaba al corriente de
las cualidades y defectos de los jugadores rivales, que ni siquiera conocía sus
nombres. Su objetivo era regatearlos a todos, ¡qué más daba cómo se llamaran!
Para él todos los rivales se llamaban Joao.
Nacido para la leyenda y para las crónicas marginales, Mané
acabó por desinflarse. Valdano –rescato nuevamente su prosa florida– afirmó que
Garrincha dibujaba poesía en el césped. Fuera de los campos, sin embargo, esa
poesía de altura se convertía en ripios de un mal poeta. Dentro del terreno de
juego insuflaba pasiones, levantaba al público de sus asientos, sobrevolaba los
cielos; fuera, le resultaba cada vez más difícil levantarse del fango, en el
que acababa tumbado una y otra vez. En el Mundial del 66 ya no era el mismo. El
alcohol, el tabaco y los habituales problemas físicos, ahora lastrados por el
sobrepeso, acabaron haciendo mella en este “ángel de las piernas torcidas”,
como le conocían muchos.
Por entonces había abandonado a su mujer y a sus ocho hijos
(hijas, en realidad) para emprender un nuevo rumbo con una artista de vida
trágica, tan trágica y triste como la suya, la gran cantante de bosanova Elza
Soares, que había crecido en las míseras favelas de Río de Janeiro. Casada por
decisión de sus padres a los doce años; madre de su primer hijo también a los
doce y a los quince del segundo, fallecido prematuramente; en los escenarios
desde los dieciséis; madre del quinto hijo a los veinte años; viuda a los
veintidós (todavía conserva las secuelas en un brazo de un disparo de su
marido)…
Elza, musa de Caetano Veloso, vivió siempre muy rápido y
encontró en Garrincha, otro amante de la vida desmesurada, la pareja perfecta.
O por decirlo con justicia: en el astro del balón encontró la pareja
imperfecta. Su relación, que empezó en enero de 1962, provocó la polémica en
una sociedad brasileña (flexible sui generis) que podría
perdonar los deslices extramatrimoniales pero no a un marido que abandonaba el
hogar. Y eso fue lo que hizo el futbolista: abandonó mujer e hijas para
lanzarse a los brazos de Elza, una mujer en algunas facetas portentosa, una
“Garrincha de los escenarios”, como la describió su biógrafo José Louzeiro.
Las represalias, promovidas en cierta manera por la prensa, no
se hicieron esperar: las canciones de la cantante fueron boicoteadas en las
emisoras de radio e incluso la apedrearon en más de una ocasión en plena calle.
Puede que Garrincha fuera “la alegría del pueblo” en los campos
de fútbol, pero no lo era en los estrechos márgenes del hogar. Con Elza a veces
se mostraba agresivo, tanto que en una ocasión le rompió los dientes de un
zapatazo. No tuvo que ser nada fácil convivir con un alcohólico, un hombre
autodestructivo que hizo todo lo posible por hacerse un hueco en esta antología
de raros.
En 1970 la pareja abandonó Brasil, amenazada por los militares.
La decisión la tomaron cuando su casa fue ametrallada. Marcharon a Italia y no
regresaron a Brasil hasta años después. Elza, incapaz de ayudar a un hombre
obstinadamente empeñado en malograr su destino, acabó por abandonarle.
Garrincha, retirado del fútbol profesional, se entregó durante
diez años, desde 1972 a 1982, a disputar partidos de exhibición. De algún lado
tenía que conseguir algo de dinero para sobrevivir. Pero la supervivencia es un
asunto difícil para un ave alcohólica que lleva una vida amorosa-sexual
desenfrenada.
Garrincha murió el 20 de enero de 1983, pobre y dipsómano, de
una cirrosis de hígado (siguiendo el mal ejemplo de su padre).
Uno de los mejores estadios de Brasil, sede inaugural de la Copa
del Mundo en 2014, lleva su nombre, “Mané Garrincha”, ese ave, ave flaca, coja
y fea del Mato Grosso que sigue en la memoria de millones de aficionados al
fútbol.
Nombre:
Manuel Francisco dos Santos “Garrincha” (1933-1983).
Nacionalidad:
Brasileña.
Categoría:
Raro a su pesar, raro autodestructivo.
Palabras
clave: Futbolista, selección brasileña, Garrincha, Pelé, Elza Soares, mundiales
de fútbol, alcoholismo, promiscuidad sexual.
Referencias de interés
Fifa.com,
“El pajarito que voló hasta la gloria con Brasil”.
Fifa.com,
“La eterna alegría del pueblo”,
20-1-2008.
José
Antonio Martín Otín
‘Petón‘ y
Martí Perarnau , “Las fábulas del fútbol: Garrincha”,
Cope, 22-1-2013.
Santiago
Segurola, “Los relatos de Santiago Segurola: Garrincha”.
Onda Cero, 28-10-2010.
Martín
Pérez, “Hoy es día de fiesta”. Página
12,
17-11-2002.
Leonardo
Salazar Molina, “El ángel de las piernas torcidas: Garrincha, Valdano y
Alexis Sánchez”. El
Mercurio Online,
18-8-2009.
[Extraído de la novela Raros, de
Francisco Rodríguez Criado, publicada por Punto de Vista Editores en 2013]

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