[Esta biografía fue escrita en septiembre de 2015 para la revista Anatomía de la Historia que yo dirigía]
Jordi Pujol i Soley nace en Barcelona el 9 de junio de 1930, una temprana fecha. Es decir, antes de la renuncia del rey Alfonso XIII y, por tanto, en vísperas de la proclamación de la II República española y del efímero Estat catalá. Pujol ha vivido la historia, ha leído, ha escrito sobre el proceso contemporáneo, acerca del porvenir, acerca de la emigración; ha firmado artículos y discursos y, sobre todo, ha sido partícipe y protagonista de la política catalana y española.
Un
(gran) patrimonio inmaterial
A la altura de 2015 es
ya un hombre mayor, alguien que ha entrado en la vejez, esa época o fase de la
templanza y de la quietud beatífica, justamente cuando los antiguos
recomendaban escuchar el relato de los ancianos venerables. De ellos, de los
ancianos, cabía esperar consejos juiciosos y ejemplos de vida.
En el caso de Pujol hay
unas vivencias y una trayectoria verdaderamente relevantes. Ha conseguido
reunir un gran patrimonio
inmaterial, un repertorio de saberes vastísimo sobre la condición
humana, sobre nuestras flaquezas y miserias, de las que ha podido extraer
lección. Ha logrado acopiar mucha información sobre el cinismo, sobre la
doblez, unos conocimientos que le han sido muy útiles para moverse en el
terreno del juego político, con contendientes que amagan, farolean y, cuando
pueden, rematan.
En efecto, tiene
acumulada una dilatada experiencia y numerosas anécdotas y chascarrillos,
secretos y reservas que él ha contado en parte en unas memorias largas, simplemente correctas y
siempre autocomplacientes: la política y su ejecutoria catalanista le
han dado la oportunidad de conocer a importantes figuras de la democracia
española, como Adolfo Suárez o Felipe
González entre otros. De ellos aprendió a no fiarse y con ellos
compartió un destino común: la España
posfranquista, poner orden y sosiego a la Transición. Y eso, su papel decisivo en
los grandes pactos españoles, lo plasma con legítimo orgullo en esas memorias,
aunque a la vez se reste coquetamente importancia y egoísmo personales.
De arraigadas
convicciones católicas, Pujol habla constantemente de sacrificios, de
libramientos: los que primeramente ha de hacer por su patria, tan mermada tras
la Guerra española. Ha ejercido y se ha entregado durante décadas el servicio
público de su país, la política.
En eso insiste. En dicha actividad ha destacado como máximo dirigente del nacionalismo catalán durante la
Transición y aun después de ésta, como presidente
de la Generalitat, entre 1980 y 2003.
Su pasión por el país,
por la nación a la que ha contribuido a despertar (según el juicio de sus
admiradores), le habría obligado a renunciar a muchas cosas con gran
desprendimiento de su parte. ¿A qué cosas? Entre otras, a ejercer la medicina, profesión en la que se
licenció y doctoró por la Universidad
de Barcelona; y a llevar una vida familiar más plena, más rica, quizá
más espiritual con su esposa, Marta
Ferrusola, y con su numerosa descendencia. Como catalán de soca i arrel y como católico fervoroso, la familia es para él el núcleo de
los afectos, el centro de los negocios: el nudo principal de una red de
parientes, amigos, socios y clientes.
Los frustrados intentos
de crear y desarrollar una gran banca catalana,
amparándose en la riqueza y dineros de su señor padre, y la voluntad de
codearse y rodearse de las buenas familias de Barcelona han sido meta corriente
de su vida. Sin finanzas no hay nación;
sin una élite bienestante que se lucre y que espere prosperar no hay nación. A
eso se le llama clientelismo, y el
pujolismo es un clientelismo de raigambre bajo un sistema
democrático. La nación, sobre todo la nación dormida o sojuzgada o ambas cosas
a la vez, necesita de un líder y de una Corte bien pagada, de núcleos afines
que se hagan favores mutuos.
Es lo que en términos
históricos llamaríamos amigos políticos, gentes unidas sentimental y
lucrativamente a un proyecto de agio y control económico. Pero para eso se
necesita un plan que suscite consenso, una dirección cultural: fatta l’Italia, bisogna fare gli italiani,
decía el conde de Cavour en pleno Ochocientos. Concebida
Cataluña como nación, es preciso nacionalizar a sus habitantes. Con
políticas lingüísticas y culturales de mucha porfía y hegemonía, con unos
dirigentes que ocupen los empleos políticos y que pongan a trabajar una clase
de servicio en las esferas institucionales de la sociedad civil. En esa tarea
destacarán Lluís Prenafeta, Macià Alavedra, Javier de la Rosa, Félix Millet,
etcétera. Todos ellos son hoy delincuentes o presuntos delincuentes.
¿Es responsable el señor
Pujol de las tropelías, sisas y latrocinios cometidos en su nombre o bajo las
instituciones en las que él tiene o tenía a sus amigos políticos? La respuesta
está en el pasado, en su pasado. De ser un importante
opositor a Franco, Pujol pasará a patrón
y factótum de Cataluña. Sabrá ganarse la confianza del electorado y
sabrá sorber o parasitar las energías catalanistas de una izquierda con
prestigio y con estrategias frecuentemente equivocadas.
Su figura, la figura del
señor Pujol, se agranda con el paso de los años aun cuando su cuerpo sea más
bien rechoncho y bajo y, en algunos momentos, atocinado. Una alarmante y
temprana calvicie le dará una imagen de empaque, madurez, hombre que va lo
fundamental, a lo decisivo, sin reparar en la indumentaria y en la estética. En
él, todo era ética de la convicción y de la responsabilidad: principios y pactismo.
Humano,
demasiado humano
A los ochenta y cinco,
que son los años que actualmente cuenta el señor Pujol, los achaques suelen
mermar al anciano. Lo habitual es llegar a esa edad con el cuerpo más o menos
entero, enteco o ventrudo, aunque encogido y con la salud quebradiza, raramente
robusta. La vejez nos mutila, arrebata centímetros y normalmente acentúa
nuestras arrugas, pliegues, verrugas, ojeras. Dios nos quita el pelo de la
cabeza para ponérnoslo en las orejas, dijo un personaje célebre. Así es en el
caso de los varones, que pueden ir luciendo matas en los pabellones auditivos y
que para sorpresa de todos esas matas siguen creciendo cuando el resto del
organismo se va rebajando. Jordi Pujol ha perdido mucho pelo, como cualquier
hombre que padece alopecia, cosa que a él se le manifestó bien pronto, según
atestiguan las fotografías de muchas décadas atrás.
Pujol nunca ha sido un
hombre bien parecido ni su voz es exactamente varonil o recia, tampoco puede
decirse, sin mentir, que su timbre sea afeminado. Como mucho, su voz suena
desagradable, incluso hasta parecerse a una carraspera permanente. Los tics
frecuentísimos que su rostro manifiesta desde antiguo o desde siempre lo afean
mucho. Guiña sin parar, se ladea, cierra los ojos y habla quedo, insuficiente.
La edad lo achicó y la vejez le hizo hablar farfullando, en ocasiones con un
discurso ininteligible.
Cualquier persona a los
ochenta y cinco años espera pronto rendir cuentas ante el Altísimo o ante los
suyos. Es el momento de contemplar con orgullo la obra bien hecha, consumada:
la familia que se ha creado y multiplicado, los hijos que han crecido
saludables y honrados, los nietos que corretean ante el abuelito. Es el momento
óptimo para escribir unas memorias en las que volcar sus experiencias, esas
anécdotas propias de quien ha vivido más o menos intensamente. En esas
ocasiones literarias se suele hacer balance, justiprecio de sus acciones y del
patrimonio reunido, tanto el material como el inmaterial. Hay perspectiva. Lo
corriente es no arruinar una trayectoria o un pasado, sino lo contrario: que la
edad provecta sirva para atemperar las pasiones de otro tiempo, que la senectud
permita relativizar los excesos, los errores o las ambiciones de los años
mozos. Las memorias de Jordi Pujol lo dejan muy bien parado y sus gestas
tempranas le dan un aura noble.
Así, en mayo de 1960 se
sabe que es detenido, a raíz de su intervención en los llamados sucesos del Palau de la Música, acusado
de formar parte activa en aquellos actos de protesta ante destacadas
autoridades franquistas. Se le acusará de instigar y participar en dicho
altercado e insultar al propio
Franco. Su condena a siete años de prisión motivará una campaña de
solidaridad que le catapulta como dirigente del nacionalismo
catalán no independentista.
Desde la entidad
financiera que en 1959 había fundado junto a su padre, y que desde 1961 pasa a
llamarse Banca Catalana,
promoverá la extensión del catalanismo
cultural durante las décadas finales del franquismo. La nación no
se erige sin finanzas. Ya lo sabemos
La
Transición, Cataluña país (y el procés)
Político liberal que
dice venir de la socialdemocracia, en 1974 funda el partido Convergència Democràtica de Catalunya (CDC),
todavía ilegal. Ya iniciada la Transición,
en 1976, formará parte de la llamada Comisión
de los Nueve, elegida por la oposición para negociar con el Gobierno
de Adolfo Suárez.
En las primeras
elecciones democráticas españolas en más de cuarenta años, celebradas en 1977,
el Pacte Democràtic per Catalunya
(PDC), la coalición encabezada por Jordi Pujol y su hegemónica CDC,
obtiene 11 diputados, él entre ellos.
Ese mismo año, es
nombrado consejero (conseller) del Gobierno autónomo por el
presidente provisional de la Generalitat, Josep
Tarradellas. Y ya en 1978 la CDC de Pujol se coaligará con Unió Democràtica
de Catalunya (UDC, el partido nacionalista catalán y
socialcristiano formado en 1931) para formar Convergència
i Unió (CiU), la
coalición que en 2001 pasará a ser una federación de ambos partidos.
La mayoría relativa pero
victoria electoral al fin y al cabo de CiU en las primeras elecciones autonómicas catalanas,
celebradas en 1980, le llevan a presidir
la Generalitat. Y cuatro años más tarde repetirá, esta vez tras la
mayoría absoluta de CiU, como presidente catalán. Luego de que estallara el escándalo llamado de Banca Catalana (la
acusación de malversación de fondos a cargo de la dirección de dicha entidad) y
saliera indemne judicialmente del mismo, Pujol será reelegido presidente de la Generalitat con
mayoría absoluta en 1988 y en 1992. Nuevamente gana, aunque con mayoría simple,
las elecciones del año 1995 y las de 1999. Ya no volverá a presentar su
candidatura a la presidencia de la Generalitat y en
2003 abandona el cargo al finalizar el que él mismo da por su
último mandato.
Durante los veintitrés
años como presidente catalán, Pujol será además una destacada figura de la
política española, pues pacta a nivel estatal tanto cuando el Partido Socialista Obrero Español,
entre 1993 y 1995, gobierna España sin mayoría absoluta, como cuando el Partido Popular hace lo propio a
partir de 1996.
En 2012, Artur Mas sucede a Pujol al frente
de CDC, quien a su vez le sustituye como candidato de CiU a la Generalitat
catalana en 2001. En 2014, todo parece venirse abajo. Jordi Pujol, el patriarca
de la nación, el presidente más longevo de la Generalitat, se ve obligado a reconocer graves irregularidades fiscales relacionadas con
sus bienes patrimoniales heredados treinta y cuatro años antes.
En principio, el escándalo es mayúsculo. Muchos de sus conciudadanos, amigos,
socios y parientes incluso sienten vergüenza y estupor. Al menos, así lo
manifiestan.
¿Cómo había sido posible
un engaño tan grande, a tantos y durante tanto tiempo? Las cosas se precipitan:
casi todos los vástagos del matrimonio Pujol y Ferrusola están encausados por
graves sospechas de corrupción, de lucros ilegales, que solos o en comandita
han emprendido. La sacudida es insoportable: la familia, la familia numerosa
que era epítome, ejemplo y modelo de la Cataluña emprendedora, burguesa e
incluso menestral es ahora una presunta banda de ladrones organizados para
delinquir, para esquivar o engañar al Fisco, para reunir patrimonios fastuosos.
Cataluña parece haber
digerido muy bien este desgarro de la elite emocional y material del país, pues
las noticias de los Pujol-Ferrusola han sido desplazadas por una ola que a
todos afecta, por un procés hacia la independencia. Dicho proceso,
que divide a la sociedad catalana, ha sido promovido y de alguna manera
liderado por el propio Mas. El desequilibrio fiscal, con el consiguiente
victimismo, y una marcada nacionalización ideológica y cultural favorecen sin
duda, el sentimiento de
independencia de Cataluña con respecto a España.
En 2014 y en el
Parlament, los diputados de Convergència defendieron la gestión política del ex
president, haciéndose sentimentalmente solidarios de lo que había sido el
pujolismo político. La imagen irritada del señor Jordi en el Parlament no es
fruto del agravio que se le infligió. Es la impotencia de quien lo fue todo, de
quien confundió sus avances personales con los avances generales
de la comunidad, o de la nación. ¿Qué nación? La suya, la de
la familia, la del lucro y la del patrono y el cliente.
¿Qué es,
qué ha
sido el pujolismo?
Sin duda, el pujolismo
ha sido una patología política que ha traído algunos beneficios. Cuando decimos
patología nos referimos al comunitarismo de lazos primarios, a la familia como
unidad de destinos, a la fantasía
nacional, al culturalismo y al historicismo como coartadas
movilizadoras, a la administración interesada de recursos, al clientelismo. A la sisa.
En el siglo XIX, cuando
el parlamentarismo aún no había impuesto sus normas, cuando el mundo liberal
era tan reciente que las cosas y los delitos públicos carecían de nombre y la
democracia continental estaba por implantarse, la redistribución de los
recursos en la esfera local solía hacerse mediante el clientelismo, mediante
una lealtad ganada con favores, mediante los conocimientos y las relaciones
informales.
Yo te doy para que me
des, ésa era la fórmula de intercambio político, una fórmula en la que el voto
sólo era una función anexa a la influencia y en la que el asentimiento se
lograba a través de las amistades instrumentales.
Frente a la
incertidumbre del mercado o frente a la auténtica liza parlamentaria, este
mecanismo prepolítico o, si se quiere, predemodrático no era una mala cosa: sus
beneficiarios intentaban crear un dominio que les fuera favorable, pero sobre
todo un ámbito público estable, justamente en un momento en que por Europa
soplaban vientos revolucionarios y levantiscos.
¿Podríamos llamar
corrupción a esas granjerías? Para que exista corrupción no
basta con que se incumplan ciertas normas. Para que podamos hablar de
corrupción debemos operar en un marco que habiendo separado lo público de lo
privado permita su confusión y mixtura.
Por un lado, la esfera
de la publicidad, ese lugar en el que los actos se emprenden a vista de todos;
y, por otro, la reserva de lo privado, ese espacio en el que se dan el secreto,
lo íntimo, pero también el acuerdo entre particulares, igualmente sometidos a
reglas. El corrupto traslada hábitos privados a la esfera de lo público. Y el
corrupto designa las cosas de modo retorcido, con ambigüedad y con descaro.
Hay que regresar a la
realidad que el pujolismo enmarañó. Hay pleitos que se pueden resolver y hay
contenciosos que no son producto de agresiones foráneas. El pujolismo acabará
cuando los catalanes puedan volver a llamar las cosas por su nombre, sin
rodeos, sin eufemismos, sin perífrasis, y cuando eviten las generalizaciones
abusivas que tanto convienen a los nacionalismos en liza. En este asunto tienen
una grave, una gravísima responsabilidad los medios de comunicación públicos y
los particulares subvencionados.
Cataluña tiene una disputa real, el conflicto por unos recursos escasos, como es siempre el poder y sus dividendos. Tiene un problema real, como es el encaje de un pequeño país, probablemente ensimismado, en un mundo vertiginoso que no habla en catalán y que desmiente lo propio, lo asentado, lo evidente. Tiene una cuestión propia, un asunto doméstico, por arreglar: el agregado de intereses que se forja siempre en torno a la esfera de influencia y que perturba el buen funcionamiento de las instituciones y de la sociedad civil.


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