Si recientemente hubo un historiador español en activo cuyos análisis de la realidad del país que era el objeto de sus investigaciones merecían la pena ser leídos ese fue (es) el ferrolano Santos Juliá. Alguien incluso a quien colegas de la categoría de José Álvarez Junco o Mercedes Cabrera y periodistas como Javier Pradera le dedicaron en vida un elocuente homenaje libresco.
Juliá fue (es) un creador de opinión, un intelectual en el noble sentido de la palabra, y lo es en tanto que sociólogo devenido historiador y en tanto que escritor sin más. Y Marcial Pons, cuyo sello Historia ya debutara en 1999 precisamente con él, le publicó en 2011 el enésimo libro en su magnífica producción, un volumen muy especial pues amén de ser un recorrido autobiográfico por su profesión como historiador, como autor, como escritor, es a la vez una indispensable reflexión sobre la Transición española a la democracia (él que es un auténtico especialista en la Segunda República española y, siguiendo ese hilo, de la Guerra Civil y del franquismo) y una nueva demostración de su ya célebre adagio “La memoria es una cosa y la historia es otra”.
Este Elogio de Historia en tiempo de Memoria de
que hablo nos acerca a un artesano de los de verdad, orgulloso sin atavismos de
su oficio de historiador, de los
que renuncia a la posesión del derecho exclusivo a ocuparse del pasado y a
cambio nos rinde la pleitesía de considerarse tan solo un recolector de
testimonios para que sepamos enfrentarnos al pasado, a nuestro pasado.
Para Santos Juliá la historia es, entre otras cosas, “la memoria colectiva de los pueblos”, y
para Santos Juliá la Transición no se fundó en el miedo
obsesivo o en la aversión al
riesgo, antes bien lo hizo porque procedió a “pactar
el futuro”, aprovechando una idea, la pactista,
que ya venía siendo trabajada desde mediados de la década de 1950 por la
oposición comunista. Y, para Santos Juliá, por último, y para quienes seguimos
sus razonamientos profundamente historiográficos, los hechos y los actos
anteriores a los acuerdos fundadores de nuestro nuevo Estado posfranquista
“tienen que ser olvidados como condicionantes del presente y futuro, como
factores políticos. Hay que asimilarlos y explicarlos
como historia”.
Retomando lo que el
sociólogo y aun no ministro socialista José
María Maravall había escrito ya en 1982, lo que ocurrió para
nuestro autor tras la defunción del dictador Francisco Franco fue una “transición por transacción”, lograda
gracias a que se produjeron “presiones desde abajo” pero también “acuerdos por
arriba”, eso sí después de una “profunda transformación de la sociedad” durante
el propio régimen franquista.
Aburrido de los
inacabables debates “sobre la
eterna cuestión del nombre de la rosa”, las discusiones “sin fin sobre
puras abstracciones”, Juliá nos lega una lapidaria frase que a modo de guía nos
reconforta ante los dimes y diretes de una disciplina evidentemente
contradictoria pero no caprichosa: “la
historia cambia a medida que se transforma la experiencia del presente”.
Y eso lo dice para aclararnos que el tan traído y llevado fracaso de España como moneda
de cambio que explica todo lo que ocurre en su país, el mío, desde el 98, no es
sino una falsa moneda más bien que hoy ya no cuela, aunque durante décadas
sirviera a quien sirvió para explicar afortunadamente los males de un país
guerracivilesco y presa de la megalomanía de un dictador bien aposentado.
[Basado en mi artículo
Memoria e Historia. Santos Juliá, historiador, que publiqué el 26
diciembre de 2011 en la revista Anatomía de la Historia]


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