Voy y me topo con un agujero negro oculto en una rosca de polvo cósmico, vas y te topas. Tú. Con un agujero negro. Oculto. En una rosca de polvo cósmico.
Polvo cósmico enroscado que
guarda en su interior la negritud de los agujeros negros. La física es un
placer, cantaba el otro. Observamos galaxias, siempre lejanas, pacíficas, y
vemos que todas contienen agujeros negros. Puntos del cosmos. Agujeros negros
supermasivos.
Supermasivos. Monstruosos. Sobrecogedores
y por supuesto extraños. Allí la masa se concentra enormemente. Supermasivos
los agujeros negros, lo devoran todo. Y se ocultan dentro de lo que más brilla universalmente.
En el interior de núcleos galácticos activos. Brillar y brillar. Desde el centro
de una galaxia, lo suyo es brillar por acumulaciones de polvo cósmico y gas. Y
cerca, dentro suyo, te topas con uno de esos agujeros negros supermasivos incapaces
de tragarse tanta materia. Danza y ritmo. Ritmo y danza: se oye el silencio de las
fuerzas gravitatorias y se huele la fricción. La nube de gas y polvo eleva su
temperatura. Ahora das en ver toda una intensa radiación electromagnética.
La radiación por encima de la
velocidad de la luz. A todo gas. Un agujero negro inmenso rodeado por una nube
de polvo y gas que lo mantiene vivo mientras nos lo oculta. Lo oculto. Como
siempre, depende desde donde observemos toda esta fascinación inexplicablemente
comprensible.
Nuestro propio agujero negro
se llama Sagitario A*, sí, con asterisco y todo. Reina, o lo que sea que haga un
agujero negro, desde el centro de la Vía Láctea, ese inmenso espacio en el
espacio exterior desde donde yo escribo y tú me lees. Yo ya no sé si seguir esperando
de Sagitario A asterisco que dé a luz una estrella.
Yo lo que no sé ya es qué hacer con tanto conocimiento humano.
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