La escritora Maryse Condé, nacida en la francesa y antillana isla de Guadalupe en 1937, viene sonando últimamente como candidata a recibir el Premio Nobel de Literatura. Yo acabo de leer su decimosegunda novela, titulada Corazón que ríe, corazón que llora (cuentos verdaderos de mi infancia), publicada en 1999 (originariamente con su título en francés, que es la lengua en la que ella escribe: Le coeur à rire et à pleurer. Contes vrais de mon enfance) y muy bien traducida a mi idioma veinte años más tarde por Martha Asunción Alonso, quien nos dice en el prólogo que ella misma firma:
“No se me
ocurre mejor puerta de entrada al personal universo condeano que Corazón que
ríe, corazón que llora (cuentos verdaderos de mi infancia). Estamos ante un
texto que esconde el origen de todos los orígenes. La génesis de una conciencia
creadora y una voz narradora, ambas de originalidad abrumadora, sin par en el
panorama de las letras francófonas contemporáneas. Relatados con una ponderada
dosis de profundidad e ingenuidad, melancolía y ligereza, se suceden, como si
de historias para dormir se tratara, los recuerdos infantiles de la autora en
las Antillas de mediados del siglo XX”.
En este libro, excelentemente editado como es norma de la casa por la
elegante y funcional editorial Impedimenta, la fabulación socorre a la
memoria y la pervierte. Se trata de una serie de cuentos que son necesariamente
una auténtica novela, escritos como unas “memorias de infancia” (cito
nuevamente a la traductora y prologuista Alonso) bañadas en el alma de la ficción.
Corazón que ríe, corazón que llora está presidido
por una cita del escritor francés Marcel Proust, esta:
“Lo que la
inteligencia nos devuelve con el nombre del pasado no es el pasado”.
Una cita muy bien traída para un libro así.
De la prosa de Maryse Condé creo que da buena muestra el párrafo siguiente,
extraído de la brillante descripción narrativa que hace de su madre (un
personaje esencial de Corazón que ríe, corazón que llora):
“Se llamaba
Jeanne Quidal. La recuerdo como una mujer muy hermosa. Piel de color de los nísperos
maduros, luminosa sonrisa. Alta, espigada. Siempre vestía con gusto, menos
cuando se ponía medias demasiado claras. No caía demasiado bien en La Pointe, a
pesar de su bondad infinita. Tenía fama de personaje legendario. Circulaban
comentarios y rumores sobre su mal genio, invariablemente crueles. La gente
exageraba”.
Más adelante, cuando nos explica el profundo amor que tuvo por su madre, la
escritora francesa de Guadalupe escribe esta belleza:
“Disfrazado de
lástima, todo el amor que sentía por ella se me subió al corazón y casi me
ahoga”.
La infancia, la adolescencia y recordar a una madre en un abrazo que dura
toda una noche.
“Todavía busco consuelo”.
Es muy interesante leer a la caribeña Condé contarnos cómo era eso de percibir hace casi una centuria el delicado asunto de la negritud durante la adolescencia:
“De golpe me
cayeron encima los fardos de la esclavitud, la Trata, la opresión colonial, la
explotación del hombre a manos del hombre, los prejuicios racistas de los que
nadie me hablaba jamás. Sabía, por supuesto, que los Blancos no se juntaban con
los Negros. No obstante, lo atribuía, al igual que mis padres, a su imbecilidad
y ceguera inconmensurables. De ahí que los parientes blancos de Élodie, mi
abuela materna, se sentaran en la iglesia dos bancos más allá del nuestro sin
girar jamás la cabeza en nuestra dirección. Peor para ellos, se perdían el
privilegio de codearse con alguien como mi madre: lo mejorcito de su generación”.
El color de la piel y ese pertenecer a algo más que serlo:
“Por más que mi
color me hermanase con los vulgares negritos, trabajadores de la caña, esclavas
de las plantaciones, pescadores, vendedores de los muelles y Dios sabe qué más,
me encontraba más lejos de ellos que las doncellas de piel clara que me
rodeaban”.
Y la identidad (cuando crecer es olvidar cómo se juega, dejar de
saber jugar)…
“Primero me dio
por pensar, indignada, que la identidad es como un vestido que tienes que
ponerte, lo quieras o no lo quieras, te quede bien o no. Después sucumbí ante
la presión y prové a ver si el hábito hacía al monje”.
Recibir una educación para sentir que uno no es un negro cualquiera, que
una no es una negra cualquiera. Es esta una novela sobre la alienación
autoimpuesta que socava la espontaneidad.
“Cuando cumplí
los dieciséis años, mis padres me regalaron una bicicleta, marca Motobecáne,
una preciosa montura azul con guardabarros plateados, y, entonces, me crecieron
las alas”.
A la protagonista de Corazón que ríe, corazón que llora la vemos
finalmente “avanzar deslumbrada, incauta, hacia el porvenir” y sabemos que Maryse
Condé habrá de escribir otro libro que continúe estas maravillosas memorias de
ficción. Como así sé después que hizo: un libro titulado La vida sin
maquillaje, publicado en francés en 2012 (y en 2020 nuevamente en español
por Impedimenta), que ya está esperándome ahí, bien cerca.


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