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La delgada línea roja; POR Miguel Cobo Rosa


Todos somos portadores del virus de la crueldad humana, inherente en exclusiva a nuestra especie, como triste herencia genética del síndrome de Caín. El que se manifieste depende tan solo de que nuestro Dr. Jekyll personal entre en cualquier momento en su laboratorio cerebral y abra la caja de Pandora que lo conserva para activarlo y dar paso a un Mr. Hyde imprevisible. Mientras eso ocurre (o no), nos movemos por una resbaladiza tierra de nadie que sirve de vasta frontera entre los intangibles países del Bien y del Mal. Nuestras incursiones en uno y otro territorio son continuas y pueden manifestarse con mayor o menor virulencia o benignidad en función de las circunstancias que pueden desencadenarse por detalles nimios, de tal forma que el mismo individuo que salvara por la mañana a una viejecita de morir en un incendio, a la noche siguiente, con dos copas de más, podría apuñalar a su vecino porque le miró mal. Ese mismo vecino podría ser, a su vez, simultáneamente, el más sanguinario torturador y el padre ejemplar que lleva a sus hijos al parque a dar de comer a las palomas y ayuda a los ciegos a cruzar la calle.

La semilla del mal arraiga bien en el alma humana y ya desde temprana edad el niño y el adolescente pueden darnos muestras de refinado sadismo. Cuenta Rafael Argullol en su imponente ensayo Visión desde el fondo del mar, en un ejercicio de introspección tan lúcido como vertiginoso, sus correrías de “pequeño exterminador” masacrando hormigas, quemando saltamontes, diseccionando ranas, sin conciencia del dolor que pudiera causar a tan inocentes criaturas, simplemente por el placer casi científico de experimentar. Un ritual iniciático que adquiere tintes terroríficos en el maltrato adolescente que, en ocasiones, hemos podido sufrir en carne propia en esa época de nuestras vidas y, sin duda, los que hemos sido profesores, hemos observado a diario en sus conductas. Conmueve comprobar la sorpresa y el desconcierto de los padres al ser informados de las acciones de sus angelicales criaturas, tan adorables y modositos en casa.

El huevo de la serpiente, pues, podría ser incubado por usted mismo en cualquier momento y de la noche a la mañana dejar en pañales al mismísimo Jack el Destripador. Hace unos años leí a Manuel Vicent plantear con su habitual agudo sentido del humor la siguiente hipótesis al respecto:

 

“Imagínense a san Francisco de Asís tratando de aparcar el coche al final de un día aciago. Ha dado cien vueltas a la manzana; por fin alguien deja un hueco, pone el intermitente, espera con educación; pero de pronto viene un listo, se cuela, le birla el sitio y encima se ríe. ¿Imaginaba usted que San Francisco de Asís llevaba una pistola en la guantera? Pues la llevaba. Deberíamos explorar todas las consecuencias”.

 

Les confesaré una cosa: Hace dos días, al inicio de la sobremesa, cuando estaba a punto de hilvanar la reparadora cabezada, sonó intempestivamente el teléfono. ¿Quién era?... ¡Acertó! Un operador de Jazztel. Tras colgar y maldecir en arameo, cogí un muñequito de trapo y le clavé siete alfileres en el corazón. No creo en la eficacia del vudú, pero por si las moscas… Y por lo que a usted respecta, siga este consejo:

 

Jamás lance la primera piedra contra Jack el Destripador, porque en la sima más profunda de su sueño, se encuentra la navaja de Mr. Hyde. Quién sabe si la tiró usted allí después de usarla.

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