Descubrir demasiado tarde que la felicidad sólo es real cuando se comparte. Quizás ese ridículo final tan cierto, tan riguroso, el de la muerte de su protagonista (no es spoiler, pues es bien conocida porque es la de un personaje relativamente célebre por bizarro antes de que Sean Penn rodara ese film hermoso y demediado que es Hacia rutas salvajes, Into the Wild). La película estadounidense, estrenada en 2007, dura dos horas y veinte minutos y fue dirigida por el fabuloso actor Sean Penn, autor también del guion, que es una adaptación del libro homónimo de Jon Krakauer, publicado once años antes, donde se contaban las vicisitudes del joven Christopher McCandless, quien, entre 1990 y 1992, llevó a cabo un viaje que incluía las más inhóspitas tierras de Alaska, del que no informó a nadie de su entorno, ni a sus padres ni a su hermana.
Yo, que la he visto hace unos días, conocía la película por las canciones
que en ella canta Eddie Vedder: aquel disco suyo de 2007 fue uno de los mejores
de aquel año.
La calidad del film, protagonizado por Emile Hirsch, le debe mucho a la
fotografía de Eric Gautier.
Mi opinión ya la había escrito Alberto Bermejo en el diario El Mundo:
Hacia rutas salvajes “es ese tipo de película que a algunos puede
resultarles ingenua, incluso pueril, y que sin embargo otros, a los que les
toque en profundidad, acabarán viendo con lágrimas en los ojos”. Yo soy de los
que no lloré, y eso que en mí es habitual disfrutando muchas películas.
Y ahora… Críticas a favor…
"Desbordante
de una gran belleza épica (...) Lo mejor: el encuentro con el viejo. Lo peor:
el maquillaje de las últimas escenas”.
Jordi Costa: Fotogramas
"Una
película infundida con un expansivo, casi vertiginoso sentido de posibilidad, y
que transmite un placer puro y natural en sus espacios abiertos, el aire fresco
y la luz del sol brillante. (...) La imperfección del filme, como su grandeza,
surge de un apasionado y generoso impulso que resulta tan difícil de resistir
como la llamada de una carretera que se pierde en el horizonte."
A. O. Scott: The New York Times
Y una en contra…
"Ingenuo y
falaz. (...) Podría haber estado cerca del espíritu aventurero de los
iluminados personajes de Werner Herzog (...) pero de lo que queda más cerca es
de un libertario (y ultracapitalista) anuncio de automóviles."
Javier Ocaña: El País
Nada, lo dicho: la felicidad sólo existe cuando sea lo que quiera que sea
es algo compartido.


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