Una llama misteriosa es la quinta novela del escritor británico Philip Kerr protagonizada por el detective y policía alemán Bernhard Bernie Gunther. Sus avatares se desarrollan narrativamente en la Argentina del año 1950 pero también, por medio de una serie de memorables flashbacks, en la Alemania inmediatamente anterior a la dictadura nazi y en la de los terribles comienzos de ésta (la Alemania de la maldición confuciana que dice “Ojalá vivas tiempos interesantes”).
Titulada originalmente A Quiet Flame, fue publicada en 2008 y muy
bien traducida al español un año después por Marta Pino Moreno: no sé si
me ha gustado, creo que sí, más que la anterior desde luego (Unos por
otros, de 2006, la continuación de la brillantísima trilogía conocida como Berlin Noir, la cuarta entrega de la serie, estuvo cerca de quitarme las ganas de
leerme el resto: ¡cómo lo explicaría yo!), pero no sé todavía, no obstante, si
leeré la larga saga completa.
En Una llama misteriosa, Kerr vuelve a mezclar situaciones rigurosamente históricas, sabidas, no sólo con la pura ficción de unos personajes meramente literarios sino también con otra manera de ficción en la que se juega con realidades históricas dudosas o decididamente inventadas/noveladas para facilitarle la vida a la trama propia de una obra literaria de estas características: un thriller, una novela de misterio, espionaje, investigación policial y, de alguna forma casi siempre notable, por supuesto, una novela negra.
Sobre la Argentina de aquel año en que transcurre gran parte de lo narrado
en esta quinta aparición de Gunther dice un personaje que “Perón tiene a todos
los grandes sindicatos en el bolsillo: así es el típico fascismo argentino”.
“Buenos
Aires se parecía a cualquier capital europea anterior a la guerra, y olía igual.
En medio del bullicio urbano, bajé la ventanilla y respiré con euforia los
gases de los coches, el humo de cigarrillo, el olor a café, a colonia cara, a
carne guisada, a fruta fresca, a flores y a dinero. Era como regresar a la
tierra después de un viaje por el espacio. Daba la sensación de estar a un
millón de kilómetros de Alemania, con su racionamiento, los destrozos de la
guerra, el sentimiento de culpa y los tribunales aliados”.
Una Argentina la de la novela, como lo fue en realidad, que es refugio
de muchos de los nazis que logran huir de la precaria desnazificación alemana:
“Qué clase de
país era aquél que acogía a semejantes bestias. Ya conocía bien, demasiado
bien, qué clase de país los había engendrado”.
Que muchos de los protagonistas de las novelas de antes (las de Kerr
pueden ser ya consideradas novelas de antes) suelen ser unos redomados
machistas, muy de su tiempo, da fe esta serie y por supuesto Una llama
misteriosa (no olvidemos que el narrador es el propio protagonista Bernie
Gunther):
“En otra sala y
con una camisa limpia, habría intentado darle una palmadita. A algunos hombres
les gustaba dar palmadas a una guitarra o a las fichas de dominó. Yo prefería
darlas en el culo de una mujer. No era exactamente una afición. Pero se me daba
bien. A un hombre se le debe dar bien algo”.
Gunther (“pongo mucho empeño en mi aversión a los nazis”) y sus frases ingeniosas, divertidas, casi de monologuista, de campeón de stand up comedy:
“Sólo después
de la guerra se descubre cuántas cosas se tienen en común con los enemigos.
Descubrí que los ingleses eran como los alemanes, pero con una gran ventaja: no
les hacía falta hablar alemán”.
Otro ejemplo. Al preguntarle si ha trabajado en el departamento de
homicidios cuando era policía, el héroe de Kerr (que reconoce de sí
mismo que “funciono con monedas”) suelta:
“Eso fue hace
años. Ahora que me estoy haciendo viejo, prefiero estar con los vivos, coronel.
Ya tendré oportunidad de pasar tiempo con los muertos cuando me muera”.
Y el mejor chiste de todos:
“¿Así que los
rumores son ciertos? -dije-. No hay paracaídas en las fuerzas aéreas
argentinas”.
Gunther y también sus máximas sabias, verdaderamente inteligentes:
“No sé qué busco
exactamente, pero si lo veo lo sabré”.
“Antes era
policía. Hacemos todo lo que hacen los criminales, pero por mucho menos
dinero”.
“—¿Tiene algo contra los
judíos?
—Es nazi —dije yo—. Tiene algo contra todo el mundo”.
Un Bernie Gunther que se reconoce parte de la culpa del nazismo y su dilatada existencia alemana en una de las más sentidas verdades literarias de esta novela:
“La culpa la
tienen […]. Pero sobre todo la tengo yo. Por no hacer nada. Que era menos de lo
que debería haber hecho. Que era lo que se requería para que triunfase el
nazismo. Tengo parte de culpa. Antepuse mi supervivencia a cualquier otra
consideración. Eso no tiene vuelta de hoja. Si fuese verdaderamente inocente,
estaría muerto, Anna, Y no lo estoy”.
Porque la gran bóveda celeste está ahí “para hacernos sentir pequeños.
Para que no nos creyésemos tan importantes como una raza superior o una tontería
por el estilo”.
Acabo con un agradecimiento significativo de Philip Kerr a la hora de
escribir Una llama misteriosa:
“Debo mucho al excelente libro de Uki Goñi, The Real Odessa [traducido al castellano: La auténtica Odessa: la fuga nazi a la Argentina de Perón, Barcelona, Paidós, 2002], de donde procede gran parte de mi información sobre los nazis en Argentina. Es la fuente indispensable para cualquiera que escriba sobre este tema”.





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