El reinado de Witiza es una novela excelente. Literariamente magnífica, pertenece a ese arte de lo sencillo que se crea desde lo sencillo y llega a la espléndida sencillez a partir del complejo entrelazado de personajes, ámbitos y situaciones reconocibles de tan humanas, fabulosamente enhebradas. Hablo del arte escrito para lectores que sólo quieren dejarse llevar por las historias que urden los literatos cuya única pretensión es mantener viva la llama del breve estupor incesante de quien lee. Literatos como Francisco García Pavón.
Hace unos años, en agosto de 2013, escribí en mi muro de Facebook esto:
Iba con ganas. Y no me ha defraudado, quizás porque
exactamente las novelas de Francisco García Pavón que tienen al policía
municipal Plinio como protagonista son lo que se me había hecho saber
que son: una excelente encrucijada entre un género ajeno a lo rural y el
costumbrismo español de mayor enjundia. Literatura en estado puro. Una delicia.
El Carnaval y El charco de sangre (las novelitas que
crecen como lo que son, NOVELAS, y conforman Historias de Plinio,
de 1968) son un aperitivo que me hará repetir porque en este tipo de cosas el
apetito puede ser hambre.
Y repetí, y repetiré.
Francisco García Pavón escribió una ‘breve noticia de Plinio’ para
prologar algunas de sus novelas protagonizadas por su más célebre personaje. En
ella decía, por ejemplo, lo siguiente:
“Desgraciadamente
en mi pueblo nunca hubo un policía de talla, es natural. Pero sí hubo un cierto
jefe de la Guardia Municipal, cuyo físico, ademanes, manera de mirar, de
palparse el sable y el revólver, desde chico me hicieron mucha gracia. El
hombre, claro está, no pasó en su larga vida de servir a los alcaldes que le
cupieron en suerte y apresar rateros, gitanos y placeras. Pero yo, observándole
en el Casino o en la puerta del Ayuntamiento, daba en imaginármelo en aventuras
de mayor empeño y lucimiento.
Por fácil
concatenación, hace pocos años se me ocurrió que mi detective podría ser
aquel jefe de la Guardia Municipal de Tomelloso, que en seguida bauticé como
Plinio, e intenté mi primera salida aplicándolo a desentrañar el famoso caso de
las Cuestas del hermano Diego, que me habían referido tantas veces camino de
Manzanares, en cuyo carreterín se encuentran”.
Pero voy con El reinado de Witiza… Ambientada ya en el tardío franquismo de 1967, o así (fue acabada de escribir en el verano de ese año y publicada en 1968, como Historias de Plinio, que trascurría durante la dictadura del general Primo de Rivera, muchos años antes), es considerada a menudo como la mejor de cuantas escribiera el autor manchego, quien dejara esta dedicatoria antes de su comienzo:
“A la memoria de mi padre,
que tanto celebraba mis escritos”.
Comienzo que es este:
“Manuel
González, alias Plinio, Jefe de la Guardia Municipal de Tomelloso, y su
colaborador y amigo entrañable don Lotario el veterinario, con aire desganado
contemplaban la plaza del pueblo tras la vidriera de uno de los balcones del
Casino de San Fernando”.
La extraña pareja que forman Plinio (para quien, ojo, “la imaginación sin
datos, sólo vale para escribir novelas”) y don Lotario (quien, “como tenía
viñas por parte de entrambos cónyuges, amén de un razonable capital amasado con
muchos años de profesión, ahora encontraba tiempo para acompañar a Plinio en
todas sus correrías sin cargos de conciencia”) protagoniza esta novela y la
saga policiaca (¿novela negra rural?) que es conocida por el nombre del primero
de los dos, auténtico capitoste de una serie deliciosa, escrita con la honda
literatura cercana del gran escritor que era García Pavón:
“El cielo
estaba de un gris gordo y obsesionante que aplastaba las casas y la torre, se
metía por puertas y ventanas, amainaba pájaros y gritos, empozaba el pueblo.
Los árboles cabeceaban con desespero, intentando sobrenadar el toldo que los
anegaba. […]
El viento
se había echado dando paz vertical a los cipreses, y las nubes abrieron
hendijas al último sol. […]
A la
izquierda, el llano verde, las mieses doradas y las barbecheras pardas. El
cielo, como una gran caída de luces inmirables. Unos kilómetros más allá, los
hilos de viña trepaban prietos y simétricos por la barriga suave de rientes
alcores.
Aquella
anchura de horizonte, aquel despeje de campos despiezados a sus anchas, daba a
los ojos hondura y respiro al ánimo. La albarda del cielo caía en campana sobre
el terreno sin lindes. Los suaves toques blancos de los pueblos lejanos
flotaban como trasgos alegres y mañaneros sobre el lejano ribete del horizonte.
Estaban próximos al pantano de Peñarroya y al castillo del mismo nombre.
Castillo que, como en el de San Servando, nunca pasó nada digno de crónica”.
El ámbito de esta novela, de estas novelas es La Mancha, con el centro
neurálgico en la localidad de Tomelloso (“pueblo nuevo, vivió en perpetua
democracia agrícola, […] pueblo de pardillos, primero ganadero, luego vinatero
y por fin alcoholero, que todo se lo hizo a golpe de azadón y madrugones”,
donde “ni los ricos eran grandes, ni abundaban los pobres de solemnidad”).
“Paz, trabajo, mucho
trabajo contra un suelo terco y sin entrañas”.
Un ámbito y un léxico propio. Quizás ahora extinguiéndose. Un léxico
peculiar que establece todo un ámbito propio no puramente geográfico, sí
anímico, de humanos a lo largo del tiempo. Uno lee aquí expresiones como ‘ojos
de gotasebo’, ‘sin decir oxte ni moxte’, palabras como alpear, serijo,
gamucear, gosquecillo, revinar, halda, haldear, candorro, estoser, virulo,
sonllorar, guizcar, propincuo, fierabrasa… Refranes como aquel que dice aquello
de que “Dios le da agua al que tiene viñas, que quien no las tiene ni se entera
que llueve”.
Es difícil no percibir un machismo muy de la época en los personajes de estas novelas, en primer lugar, en su principal protagonista (quien trata a su mujer y a su hija como si fueran de alguna manera sus criadas, lo habitual en los tiempos anteriores a la merecida liberación feminista). Algo que lejos de invalidarlas las sitúa nada más y nada menos que en el momento en que fueron escritas, tiempos en los que un escritor probablemente machista no se veía obligado a andarse con miramientos de ninguna índole:
“—¡Puñeteras mujeres! — exclamó
Plinio.
—Nunca sé de qué tienen hecha la cabeza — dijo el Faraón.
—Ni cabeza ni na — siguió Plinio — son ingle sola”.
Porque básicamente es esta una novela de hombres (“tú, mujer, vete
a la cocina y calla, que estas son cosas de hombres”, le dice un personaje a su
esposa), algo que ahora llama más la atención pero que en nada la desmerece,
dadas las circunstancias:
“Según
Braulio, por tres cosas se conoce a los hombres cabales: por la manera de beber
el vino, de mirar a las mujeres y de liar los cigarros...”
Plinio, “la flor de la detectivesca manchega” (para el filósofo
Braulio), a quien todo el mundo quiere y admira en Tomelloso (si bien dice de
sí mismo que es “un pobre paleto que hasta ahora sólo ha trabajado en casos de
paletos”, aunque para su admirador y compadre don Lotario “después de Dios,
Plinio”).
“Él medía
su vida por casos, como el escritor por libros, el pintor por cuadros y
el torero por corridas. Todo lo demás son cronologías vanas”,
Porque, como apuntala el narrador de El reinado…, “las letras bien
hechas viven más que las gestas verdaderas de los hombres con huesos mortales”.
Las letras sobre Plinio (sin huesos mortales) desde luego. Lo sabemos.
“El sol, ya
con toda la rueda de su luz sobre el horizonte, daba a los paseos y al campo
ese aspecto de renuevo, de vida sin memoria alguna de lo pasado”.
No me extraña que hace unos años, cuando descubrí la Gran Literatura de García Pavón, escribiera esto:
El malestar en la
cultura se esconde ensimismado en su terco hincapié, devora todo a su paso, incluso
el mundo que piensa ya no define ni pregunta, si acaso se entusiasma con el
pasado, se inventa a los clásicos o los amarga en un póster de neopreno: cuidemos
a los sabios, se me ocurre, no ofendamos su oficio y menos su talento, escuchémosles,
leámosles, cuestionémosles con arte, con admiración, mas sin arrobo ni
genuflexiones rosáceas, reconozcámonos en este último salto al vacío que
siempre es el último desde Plinio, el Viejo y el Joven, desde los Plinios
anteriores al poli de Tomelloso.
Ese malestar de
la cultura tan cansino, tan abigarrado y para los listos que todo lo saben. No
perdamos el Norte y menos aún el Sur. Perdámonos si acaso en el futuro. No sin
antes ir a menudo al pasado bien guarnecidos, con los pertrechos de la eficiencia
humanística, con eso que a veces, algunas veces, llamamos ciencia.





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