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Willy DeVille: todo por unas rosas; de Ramón del Precinto


Cuando me crucé con él en el escenario de la Sala Universal Sur de Leganés, un martes 29 de enero de 1991, durante las pruebas de sonido, y después de mirarle dos veces, juro que pensé: «joder, ¡qué pinta de dandi tiene mi primo!»

Le gustaban las camisas blancas de seda, los lazos negros de terciopelo, los botines de tacón cubano y llevar pendientes. Elegante, alto y desgarbado. Un cruce entre un caballero romántico, un pirata del Caribe o un tahúr del Delta del Misisipi.

Casi con seguridad sería él quien se llevaba a la chica más guapa del instituto. Pero… pertenecía a esa clase de artistas que nunca conseguiría ser una estrella, ni seguramente lo pretendiera nunca.

A sus conciertos en España siempre acudía lo más selecto de la cultura y muchísimos músicos de cada ciudad en donde actuaba para escuchar alguna de sus canciones: Demasiado corazón, Spanish Stroll (grabadas cuando se hacía llamar Mink DeVille), su versión de Hey Joe o Storybook love, el tema principal de la película La princesa prometida. En Barcelona, Valencia, Mallorca y en la murciana Lorca pudieron verle cuando actuó en España, en el año 2008, por última vez.

Aquella gira de 2008, el Pistola Tour, llevaba un staff de quince personas, su mujer Nina, el tour manager, siete músicos más dos coristas, Dorene y Yadonna Wise, sus técnicos y el road manager. Todos viajaban en un slepeers (un bus acondicionado para giras).


El bueno de Willy se pasó media vida cantando y tocando la guitarra y la otra media castigándose el hígado, los pulmones y las venas. Su demacrado aspecto, su extrema delgadez y sus años con la droga le delataban. Aún, sabiendo que su final no andaba lejos debido a una enfermedad, Willy se despachaba cada noche alrededor de 22 canciones, si bien algunas ya las interpretaba sentado en un taburete y sin dejar su cigarrillo Winston. ¡Puro gentleman!

En la entrada de la sala Aqualung de Madrid, de la gira de 1994, y en el vídeo de Spanish Stroll observarás que enredado en el pie de micro lleva unos capullos de rosas rojas que, a lo largo cada una de sus actuaciones, iba lanzado al público, aunque en sus últimos conciertos eran rosas blancas (las rojas le empezaban a dar yuyu).

DeVille, que vivió algunas temporadas en París, llegó a decir de la capital francesa:

 

«París es, para mí, como una mujer espléndida que jamás podré hacer mía. Ella tuvo a los mejores; Picasso, Dalí, Cocteau. Es muy excitante cortejar a una dama que ha tenido a los mejores amantes. Es todo un desafío».

Murió de forma tranquila en la madrugada del 6 al 7 de agosto de 2009 en su casa de Nueva York, en compañía de su familia, a causa de un cáncer de páncreas, según anunció la agencia francesa que gestionaba sus conciertos en Europa Caramba Spectacles. Habría cumplido 56 años en un par de semanas.

En una de sus últimas entrevistas, afirmó:

 

«He comenzado a escribir mis últimas páginas. Tengo una teoría; sé que voy a vender muchos discos cuando esté muerto. No es muy agradable, pero tengo que acostúmbrame a esa idea».

¡Ah, de qué cosa más insignificante depende la felicidad! He leído cuanto han escrito los sabios; poseo todos los secretos de la filosofía y encuentro mi vida destrozada por carecer de una rosa. Después de su muerte, el patio de su casa se llenó de cientos de rosas rojas.



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