El hijo del chófer es un libro escrito por Jordi Amat que fue publicado a finales del Primer Año de la Pandemia, 2020. Aunque aparece en una colección habitualmente dedicada a la narrativa (Andanzas, de la editorial Tusquets), El hijo del chófer no es en modo alguno una novela, es un ensayo, un ensayo biográfico con la vida del periodista español Alfons Quintà (1943-2016) como eje central, un ensayo escrito con el objeto de aprovechar tan tremebunda trayectoria vital para ahondar (no es la primera vez que lo hace Amat) en la historia reciente de Cataluña. Un ensayo con evidentes pretensiones de narrativa, que alguien podría tomar por una novela negra política. Algo que no es, ni imagino que lo pretenda. Porque lo que sí es este ensayo es un abrumador repaso por las excrecencias morales y hasta físicas de un ser humano nauseabundo que me acaba por resultar absolutamente incomprensible que tuviera tantas responsabilidades y hubiera tantos seres humanos dispuestos a contar con él.
“La verdad nunca se puede decir completa porque no se puede decir todo al
mismo tiempo”.
Existen dos realidades según le leo a Amat (que
recalca al principio de su libro asimismo que “la vida no tiene argumento”): la
realidad “donde la vida pasa” y “la dimensión oscura de la realidad”.
Esta biografía es, como todas las escritas, lo dice
él, no lo digo yo, “una ilusión biográfica”, y lo es de una manera “oscura,
demasiado, como su protagonista”, Alfons Quintà.
Que la información es poder Alfons Quintà lo sabe muy
pronto: con la que tiene sobre las actividades políticas de su padre chantajea
a Josep Pla a sus casi infantiles 16 años.
“¿Por qué su biografía está tan llena de singularidades y extravagancias?”
De extravagancias y salvajismos: en 1968 llega a
amenazar pistola en mano a la novia que acaba de abandonarle.
[…]
Amat escribe el relato que es en realidad su ensayo tejiendo una red de situaciones que le habrán requerido un proceso de documentación apabullante. Pero uno le lee como si tal cosa, porque Amat tiene habilidades literarias de primer orden.
Quintà será “la voz catalana del periódico que crea el
poder para liderar el cambio”, El País, “impulsado por el
reformismo de extracción franquista para liderar el posfranquismo”, la
Transición: el hijo del chófer escribe en él desde su primer número, el
4 de mayo de 1976.
Supo aprovecharse de que en aquellos días “no existía
el poder político democrático, pero sí el del cuarto poder al que él pertenece
notoriamente”. A uno le llama la atención que apenas nadie de su profesión
tenga buena relación con él, tal y como remarca Amat. Todo lo que tiene que ver
con la truculencia de Alfons Quintà me parece sorprendente de cuanto
minuciosamente destripa el autor del libro.
“No era un buen escritor de periódicos. Su prosa era descuidada, frenética,
cocainómana. Pero es un buen periodista a la hora de obtener la información que
revela secretos sobre las tramas de intereses y el funcionamiento del poder”.
El 29 de abril de 1980, un artículo suyo es un ataque
frontal contra Pujol, que ya es presidente de la Generalitat. Quintà, que es
delegado de El País en Cataluña, no lo olvidemos, es como si pretendiera
intoxicar todo lo que se pueda, convertir la realidad en el cenagal donde
habita su conciencia”.
Marginado en El País, que va a sacar su edición
catalana, acepta irse y recibe una oferta de Pujol para hacerse cargo de la
política comunicativa de la Generalitat: es la primavera de 1982. El 28 de
junio, él y Jaume Casajoana aceptan de Pujol el encargo de poner en
marcha un canal televisivo autonómico bajo la dirección política del secretario
de presidencia, Lluís Prenafeta. Quintà quiere que este canal sea “la
televisión pública de una nación moderna” y Pujol lo entiende como “el mejor
paradigma del proceso de normalización que definirá su acción política: la
función de Cataluña como una nación que, después de décadas de nacionalismo
españolista autoritario, se institucionaliza en el Estado de 1978 a través del
pacto que es el Estatut. TV3 es una pieza clave en ese proceso para
mostrar la mejor cara del mito sobre el cual una sociedad se reconoce a sí
misma”.
Alfonso Quintà se encarga de alimentar su propio mito,
ese que afirma que ha sido contratado para que no siga hablando del escándalo
de precipicio de Banca Catalana, que a finales de 1982 apunta a ser lo que
acabó siendo: la crisis más grave de la historia financiera española.
“Queremos una televisión profesional e institucional que hable de todo
desde una perspectiva catalana”.
Eso decía aquellos días Quintà de TV3, un Quintà que “normaliza el caos y actúa como un tirano”, un Quintà que “muestra una excentricidad abusiva” en el arranque de la televisión autonómica catalana. Rosa María Calaf, contratada por él para el canal, detecta pronto que no es un excéntrico “sino una persona dominada por la maldad”.
Y hasta aquí: este libro es demasiado como retrato de
nadie, me cansa tanta búsqueda del horror en la vida de una persona: lo dejo en
la página 154, me quedan otras 100 páginas que no creo que las lea.
Eso anoté mientras atendía el libro de Jordi Amat,
pero…
Este texto
pertenece a mi artículo ‘Jordi Amat y la oscura anomalía que fue Alfons
Quintà’, publicado el 8 de febrero de 2021 en Nueva Tribuna,
que puedes leer completo EN ESTE ENLACE.



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