La violencia de género, aquella ejercida habitualmente por
un varón contra una mujer, se sustenta, viene motivada, amparada si se quiere,
entre otras causas menos importantes, por la vigencia del modelo de dominio y
sumisión reproducido durante milenios por el sexismo, tan presente
continuamente en muchos aspectos cotidianos que es a menudo difícil de
descubrir.
El sexismo reproduce ese modelo al identificar
los valores masculinos con el dominio y los valores femeninos con la debilidad
y la sumisión.
Una manera
adecuada, al alcance del sistema educativo, de prevenir la violencia es enseñar
a detectar el sexismo para, poco a poco, sustituir el modelo de dominio y
sumisión por la igualdad y el respeto mutuo.
Dado que el
sexismo resultar difícil de descubrir es, al mismo tiempo, difícil de superar.
Pero el sistema educativo sabe dotarse de actividades y contenidos
específicamente dirigidos a superar el sexismo para acabar con el modelo de
dominio y sumisión. Señores profesores, ahí tienen trabajo. Pero no están
solos.
El problema
son los contenidos, esa es la
cuestión: ¿qué hay que enseñar, qué hay
que aprender? Pero hemos comenzado por revolucionar cómo hay que enseñar,
cómo se ha de aprender. ¿Algo es algo?
Para el
profesor Antonio Rodríguez,
"una de las crisis que vive la educación es la ‘no presencia’ (distinto de
‘ausencia’) de los protagonistas del acto educativo, porque pesa más el qué y
el cómo que los quiénes.”
Hay una ‘no presencia’ de los alumnos,
“‘expulsados’ del sentido del aprender por tener que sufrir una escuela en la
que se vive para conocer y no se conoce para vivir”. Una escuela en la que el
aprendizaje es un proceso de conocimiento “donde prima más lo verbal que lo
ejecutivo y donde pesa más el reaccionar que el actuar, convirtiéndose el acto
educativo, como diría el psicólogo Urie
Bronfenbrenner, en la extraña conducta de un niño extraño (y añado yo,
extrañado) con un adulto extraño en una situación extraña”.
Y hay una ‘no presencia’ del maestro, “cuando
su ‘pre/post-ocupación’ se centra en el antes y el después del acto educativo,
por delante del aquí y el ahora del enseñar y aprender. El maestro convertido
en un profesional del programar (antes) y el evaluar (después) y no como un
facilitador, a través de la enseñanza, del aprender (ahora).”
¿Existe una
bondadosa influencia de las emociones
sobre el razonamiento?
No hay
aprendizaje sin afecto. Aprendemos por
la emoción. Las emociones son el factor más importante del aprendizaje, una
fuerza fundamental. “No se ve bien sino con el corazón; lo esencial es
invisible a los ojos”, escribió Antoine de Saint-Exupéry.

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