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¿Sabes lo que es el mercado educativo?

¿Por qué cuando se habla de la educación del futuro pareciera que sólo hablásemos de los profesionales del porvenir? No sé responder a esto. Creo que las buenas reflexiones sobre el futuro y el presente de la educación necesitan ser las conclusiones de análisis completos sobre la realidad de los sistemas educativos. Es evidente que no hay educación sin un proyecto de ciudadanos, de ciudadanos para el futuro y de ciudadanos para el hoy. Como lo es que tampoco la hay sin ciudadanos trabajadores, emprendedores.

No hay educación si no sirve para formar ciudadanos responsables y no la hay si no sirve para formar a profesionales de todas las ramas de la actividad económica. Gente competente, ese es el producto de la educación. Ese debería ser. Competentes como ciudadanos y competentes como profesionales.

No obstante, muchos de cuantos reflexionan sobre la educación creen ver una amenaza en la forma en la que habitualmente se aborda su problemática. Pedro Badía, por ejemplo. Pedro Badía, secretario de Política Educativa y Cultura en el sindicato Comisiones Obreras, afirma que…

“Necesitamos recuperar el sentido de la educación como un proceso de construcción personal y de recreación de la cultura. Si prescindimos por completo de un sentido humanista de la educación, pervertimos la educación”.

Es imposible negar o discutir esa frase. En su artículo ‘Hablemos de la educación, no del mercado educativo’ (El Diario de la Educación, 14 de octubre de 2019. https://eldiariodelaeducacion.com/blog/2019/10/14/hablemos-de-la-educacion-no-del-mercado-educativo/), Badía se apoya en lo que Emilio Lledó tachó de aberración pedagógica y clamorosa injusticia, cuando el pensador español arremetió contra el condicionamiento del sistema educativo llevado a cabo por el poder económico y el auspicio del Estado a grupos interesados ideológica y económicamente en formar a las elites dominantes.

“Necesitamos una reflexión consciente sobre el sentido de la educación no del mercado educativo. […]  Ni el mercado, ni la ética comercial, ni los intereses religiosos e ideológicos de grupos, colocan la igualdad por encima del lucro ni de sus “paraísos” privados. Lo peor no es la injusticia, sino el hecho de que la aceptemos”.

Badía recurre también al pensamiento del economista francés Thomas Piketty para refutar esa búsqueda del mercado educativo que tanto le incomoda. Piketty considera que lo que sustenta la ideología desigualitaria es la meritocracia: “la necesidad de justificar las diferencias sociales apelando a capacidades individuales”. La meritocracia es el fundamento del mercado educativo. Y, es así como Badía sostiene que “la educación pierde tres de sus condiciones esenciales: pública, laica y democrática”. A mayor individualismo, mayor indiferencia cívica. Se pretende crear un mundo sin ciudadanos para beneficiar a los poderosos.

Tan es así que, para Badía, lo que se pretende con ese sendero hacia el mercado educativo es eliminar el sentido humanista de la educación:

“Necesitamos recuperar el sentido de la educación como un proceso de construcción personal y de recreación de la cultura. Si prescindimos por completo de un sentido humanista de la educación, movido por la curiosidad, el deseo de aprender, la crítica y la independencia de pensamiento, pervertimos la educación. Tendremos una visión muy empobrecida de lo humano y del acto de educar que forma el ser de una sociedad viva, y es desafiante, estará en peligro de extinción. La información y la ingente acumulación de contenidos, sin vinculación significativa, para el que por obligación se topa con ella, impide la construcción real del conocimiento y la sabiduría. Un ataque directo al derecho a la educación”.

Los objetivos de la educación han de ser, por tanto, “la investigación, la creatividad y el trabajo cooperativo”. Se trata de lograr “una inteligencia común” por medio de aprendizaje compartido. Una inteligencia común que englobe la educación para la convivencia, la solidaridad y la gestión de los conflictos.

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