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¿A qué llamamos “clásicos” cuando hablamos de teatro?, POR José Luis González Subías


       
Cuando hablamos de teatro clásico debemos partir de una premisa que afecta sin duda al objeto tratado y determina el alcance de cuanto pretendemos mostrar en todo estudio sobre el teatro que se precie. ¿A qué llamamos teatro clásico?
         
Entre las múltiples acepciones que el diccionario de la Real Academia Española ofrece sobre el término clásico, encontramos todas las posibilidades de este polivalente adjetivo, cuya polisemia ha motivado no pocas confusiones. Teatro clásico sería tanto el perteneciente a la Antigüedad grecorromana —reservaríamos este uso, por ejemplo, para el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida— como el relativo al período de plenitud de una manifestación artística o cultural, o al conjunto de obras y autores tomados como modelos dignos de ser imitados y que establecen las bases para un desarrollo posterior de la materia tratada; en este caso, la dramática. A estas dos últimas acepciones, que justificarían el empleo de la expresión para la dramaturgia áurea, habría que añadir el sentido de categoría superior, ligado a un prestigio que lo convierte en objeto de culto y cultural, otorgado a este desde los ámbitos especializados; en este caso, el mundo académico y universitario, al que se suma el uso y la costumbre de un repertorio tradicional heredado, y consagrado —con toda justicia—, por la profesión teatral durante siglos.

[...]

         Pero el brillante camino trazado en favor de la dramaturgia áurea, que hay que seguir manteniendo, no puede realizarse en perjuicio de otras manifestaciones escénicas de nuestra ilustre historia teatral, cuyo caudal dramático supera al de cualquier otra nación. La monopolización de nuestro teatro clásico por la dramaturgia del Siglo de Oro ha generado indirectamente un problema sobre el que es preciso reflexionar y al que es preciso atender, si realmente deseamos proteger, difundir y hacer vivo nuestro inmenso patrimonio cultural. Un país con una tradición teatral tan rica, variada y profusa como el nuestro no puede reducir su teatro clásico a los limitados márgenes de uno, o a lo sumo dos, siglos. La creación de una compleja infraestructura industrial en torno a estos, que genera importantes beneficios e intereses, ha dejado de lado una muy representativa e importante porción de nuestro teatro tradicional, tan clásico como el de los siglos XVI y XVII. ¿Cómo debemos denominar, entonces, al teatro escrito durante la segunda mitad del siglo XVIII, y a lo largo de toda la centuria siguiente, que en el novecientos era ya también antiguo? Si estas obras no son teatro clásico, ni tampoco moderno o contemporáneo, ¿a qué clase de limbo las desterramos? Y otro tanto ocurriría —está ocurriendo— con la dramaturgia española del siglo XX, que comienza a perderse ya en la lejanía, vestida del incómodo traje del siglo pasado.



[Extracto, adaptado por su autor para Anatomía de la Historia, de uno de los epígrafes del libro Los "clásicos" de los siglos XVIII y XIX en la escena española contemporánea (Punto de Vista Editores, 2019).] 



[ESTE ARTÍCULO APARECIÓ EN ANATOMÍA DE LA HISTORIA POR VEZ PRIMERA EL 25 de septiembre de 2019 y puedes leerlo completo AQUÍ]

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