Entre
las múltiples acepciones que el diccionario de la Real Academia Española ofrece
sobre el término clásico, encontramos todas las posibilidades de
este polivalente adjetivo, cuya polisemia ha motivado no pocas confusiones.
Teatro clásico sería tanto el perteneciente a la Antigüedad grecorromana
—reservaríamos este uso, por ejemplo, para el Festival Internacional de Teatro
Clásico de Mérida— como el relativo al período de plenitud de una
manifestación artística o cultural, o al conjunto de obras y autores
tomados como modelos dignos de ser imitados y que establecen las bases para
un desarrollo posterior de la materia tratada; en este caso, la dramática. A
estas dos últimas acepciones, que justificarían el empleo de la expresión para
la dramaturgia áurea, habría que añadir el sentido de categoría superior,
ligado a un prestigio que lo convierte en objeto de culto y cultural, otorgado
a este desde los ámbitos especializados; en este caso, el mundo académico y
universitario, al que se suma el uso y la costumbre de un repertorio tradicional
heredado, y consagrado —con toda justicia—, por la profesión teatral durante
siglos.
Pero
el brillante camino trazado en favor de la dramaturgia áurea, que hay que
seguir manteniendo, no puede realizarse en perjuicio de otras manifestaciones
escénicas de nuestra ilustre historia teatral, cuyo caudal dramático supera al
de cualquier otra nación. La monopolización de nuestro teatro clásico por la
dramaturgia del Siglo de Oro ha generado indirectamente un problema sobre el
que es preciso reflexionar y al que es preciso atender, si realmente deseamos
proteger, difundir y hacer vivo nuestro inmenso patrimonio cultural. Un país
con una tradición teatral tan rica, variada y profusa como el nuestro no puede
reducir su teatro clásico a los limitados márgenes de uno, o a lo sumo dos,
siglos. La creación de una compleja infraestructura industrial en torno a
estos, que genera importantes beneficios e intereses, ha dejado de lado una muy
representativa e importante porción de nuestro teatro tradicional, tan clásico
como el de los siglos XVI y XVII. ¿Cómo debemos denominar, entonces, al teatro
escrito durante la segunda mitad del siglo XVIII, y a lo largo de toda la
centuria siguiente, que en el novecientos
era ya también antiguo? Si estas obras no son teatro clásico, ni tampoco
moderno o contemporáneo, ¿a qué clase de limbo las desterramos? Y otro tanto
ocurriría —está ocurriendo— con la dramaturgia española del siglo XX, que
comienza a perderse ya en la lejanía, vestida del incómodo traje del siglo
pasado.
[Extracto,
adaptado por su autor para Anatomía de la Historia, de
uno de los epígrafes del libro Los "clásicos" de los
siglos XVIII y XIX en la escena española contemporánea (Punto de
Vista Editores, 2019).]
[ESTE ARTÍCULO APARECIÓ
EN ANATOMÍA DE LA HISTORIA POR VEZ
PRIMERA EL 25 de septiembre de 2019 y puedes leerlo completo AQUÍ]

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