He leído un libro recién publicado. Español. En poco tiempo. Sin
demasiado esfuerzo. Algunas páginas de ese libro, que es una novela, muy
rápido. Demasiado. Pero lo he leído bien, sin esfuerzos graves ni las molestias
añadidas al disgusto de no disfrutarlo. Con entusiasmo inicial. Excesivo. Con
decaimiento luego. Agotado, finalmente. No me gustan las novelas que son
excusas para escribir un ensayo que no se sabe o no se quiere o no se puede escribir,
mucho menos las que son escritas para engañarnos
y darnos gato por liebre: mostrarnos conocimientos adquiridos de forma intensa
(la adquisición y la exposición) con el grandioso truco de que la envoltura es una novela que no acaba de serlo. Por
no hablar de Colombo. Y me explico.
Voy.
Rematar una historia, una narración, con alguien explicando a otro
protagonista, y de paso al lector, claro, todo lo que acaba de vivir, de leer
en el caso del lector, no parece un recurso literario excelso, de escritura
auténtica, de ficción pergeñada por un artista de las palabras y los ensueños.
Pues… así acaba esta novela española que yo acabo de leer. A lo Colombo.
Seis formas de
morir en Texas, de Marina Perezagua. Es la novela.
Podría traer aquí las excelentes críticas que leo sobre ella para
contraponer mi manera de decepcionarme ante una lectura que durante muchas
páginas estuvo en ese borde incómodo entre la excelencia, la magia y la
sensación de haber elegido mal el libro que uno lee. Porque no todos los libros
están escritos para uno. Lo digo mucho. Este, desde luego, no está escrito para
mí. La culpa es mía.
No obstante, vaya por delante, que en Seis formas de morir en Texas hay excelentes motivos para su
lectura. Pocos y nunca muy continuados. Pero los hay. Porque su autora no es
una recién llegada y porque sabe construir momentos de una belleza triste al
alcance de muy pocos literatos.
“Recordé
aquellos campos de mi infancia a la caída de la tarde. Sus colores eran hermosísimos.
El azul del cielo pasaba en un instante a un rojo encendido como el hierro en
una fragua. Me pregunté si en el cielo hay granjas, o mataderos. Tal vez en el
cielo y a esas horas estuviera teniendo lugar una matanza, y quizás viví mi
niñez bajo la influencia de miles de masacres. O tal vez los atardeceres rojos
sean el lomo marcado a fuego de un dios que, por ser mucho más grande, nadie
puede ver por completo, más allá de esa marca incandescente -los colores del
sol cuando se está poniendo-. Un dios que en cada atardecer se hace en la carne
una señal a hierro para recordar su existencia a los hombres sin tener que
mostrar su cuerpo incomprensible y dolorido”.
La novela de Perezagua ahonda en la infamia de la pena de muerte.
No únicamente, pero sí por encima de las otras cosas que denuncia (las brutales
extracciones de órganos que lleva a cabo el Partido Comunista de China, sic),
que nos muestra descarnadamente,
valga la expresión. Y su protagonista es una condenada a muerte que vivirá casi
toda su vida en el corredor de la muerte
en cuyos sueños, desde que entró en esa cárcel especialísima, “siempre estaba
presa”.
“Yo
no voy a morir, que nadie se equivoque, yo voy a ser asesinada.
[…]
Seré asesinada por el Estado antes de mi treinta y tres cumpleaños”.
Es una novela que también nos hace estallar en nuestra conciencia,
larvadamente, la histórica situación de la mujer, como ser dominado… por el
varón. Así, podemos leerla a la madre de la protagonista esta desgarradora confesión:
“Ya
no recuerdo si el miedo me viene de mi padre y de mi marido o si nací miedosa.
Apenas recuerdo cómo era yo antes de que estos dos hombres me dijeran cómo soy”.
La protagonista, “un nombre, nunca un verbo”, aprende a leer en
prisión (recupera la vista en ella, de hecho, pero esa es otra historia, otra
historia incomprensible, poco creíble, inverosímil incluso):
“Pues
bien, fue a partir de que aprendí a leer cuando fui capaz de soñarme en
libertad, y no solo eso, sino que al despertar recordaba esas fantasías que
resultaban ser, en sí mismas, historias.
Soñar
llegó a ser el acto más subversivo que podía permitirme, y comencé a escuchar
de otro modo la advertencia que de vez en cuando me lanzaba la única mujer
guardia que he conocido aquí. Al pasar por mi celda susurraba: ‘Vigila tus
pensamientos’”.
En esa prisión, ella y las demás mujeres condenadas a morir son
domeñadas como los animales de un circo: se las rompen “las vértebras del
espíritu”.
En el libro de Perezagua (donde podemos toparnos con textos como
“hoy es uno de esos días en que tengo el vientre hinchado de soledad”) hay
seres humanos buenos capaces de oír
“el llanto del mundo”, humanos que son “los olvidados del tiempo” (que tal vez no y sí lo sean, sic), y quizás la más
hermosa frase que se pueda leer en él sea la que dice…
“Todos deberíamos
tener por espejo los ojos de quien nos ama”.
Creo que el centro moral del asunto que es Seis formas de morir en Texas (que trata de “lo insólito del caso
de una condenada a muerte que se presta como donante cardíaca”) se encuentra en
lo que leo en una de sus páginas. Ahí lo dejo:
“Podrías
acusarme de morbosa al escribir estos detalles, pero tú no podrías describirlo
de otra manera, nadie podría describirlo de otra manera. O se cuenta, o se
silencia. Aunque se trate de una tortura institucionalizada por el Estado no
hay forma humana de describirla sin apelar al horror. Eso es todo”.
Marina Perezagua, la narradora de la novela, el narrador, mejor dicho, nos explica a menudo en el libro su
actuación. Y esa metaliteratura creo que dañó y lastró aún más mi lectura,
quizás porque cuando yo escribo utilizo esos recursos de una manera diferente
que no sirve para justificar nada de cuanto es la ficción que está leyendo
quien me lee:
“Lo
que se siente tiene la misma consistencia emocional, y aún más, que lo que
sucede. Así, debo ser fiel a dos narraciones: la que ocurre de acuerdo con el
sentir de Robyn y la que ocurrirá como desenlace inesperado para todos, también
para ella. […]
Como
narrador, no puedo contar datos de vital importancia para esta historia, un
recurso destinado a ofrecer una visión mucho más integral de lo que pasa en el
interior de Robyn. Silencio una parte de la verdad para revelarla al completo,
y dejo a cargo de la elipsis la posibilidad de una información más precisa y
verdadera. Baste por ahora en insistir en que lo que se nos oculta significa”.
Si no tenías interés en leer Seis
formas de morir en Texas y has leído este texto, has leído (lo que yo tengo por) lo mejor de la
novela. Si quieres leerla: toda tuya. Estás en tu derecho, porque probablemente
sí esté escrita para ti.


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