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Por fin he leído a Zweig: ¡estarás contento!

Tenía una tara, un déficit, un baldón. No había leído completo ningún libro del reconocidísimo, popular y muy leído escritor austriaco Stefan Zweig. Pues bien, esa tara, ese déficit, ese baldón ya no existen. Ya no los tengo. He leído una novelita de Zweig, la famosísima Veinticuatro horas de la vida de una mujer. Y nada. Voy a explicarme, que te veo venir.

Escrita (publicada) en 1927, constantemente reeditada, en español, por supuesto desde hace décadas, llevada al cine varias veces, según me entero ahora que me veo en la necesidad de escribir sobre ella (porque no puedo ya leer un libro y quedarme callado), Veinticuatro horas de la vida de una mujer fue escrita por Zweig cuando Zweig tenía 46 años.

Zweig escribe maravillosamente bien. Bien, muy bien, con una categoría literaria suprema, y entiendo así que tantas simpatías y querencias haya despertado entre quienes mucho leen y entre quienes poco leen. Pero escribir bien no es suficiente. Creo. Uno puede aburrir soberanamente con su calidad lingüística, con su sentido del ritmo literario o con una manera de interpretar la realidad a través de las palabras que no son la realidad pero que sirven para acomodarla a nuestras necesidades, gustos y prisas. Zweig no lo logra. Conmigo no.

“La pública justicia está obligada a juzgar y no a disculpar. […] Personalmente, me causa mayor satisfacción comprender a los hombres que condenarlos”.

Le tomo la palabra a uno de los personajes centrales de la obrita (la mujer en cuestión, la de las veinticuatro horas). Prefiero comprender a Zweig que juzgarle. Comprenderme a mí mismo que juzgarme juzgándole.
No podemos librarnos de nuestra conciencia. De eso va Veinticuatro horas.

         “Sólo la primera palabra es difícil”.

La mujer de la pequeña novela de Zweig, una ya anciana Mrs. C que le narra a quien nos cuenta la historia aquellas veinticuatro horas, nos habla de un joven que sin pretenderlo la sedujo años atrás. Ella le habla al narrado, ella que narra, le habla así:

“Aquel individuo se dirigía hacia la muerte […]. Se dirigía ahora hacia cualquier parte, sin duda, pero seguramente fuera de la vida”.

Y si la narración, la novela, hubiera sido escrita con ese tono, así, con una cierta naturalidad poética, yo habría disfrutado el libro, pero no, Zweig no es así de comedidamente sencillo en lo sublime.


Al igual que Mrs. C, Zweig habla (escribe) “como únicamente habla quien se ha preparado lenta e íntimamente y ha ordenado con todo cuidado los acontecimientos”.

Veinticuatro horas de la vida de una mujer es la historia de una seducción, lo he dicho, un almibarado sitúmedicesvenlodejotodo, un relato impregnado de “esa mágica facultad embriagadora que llamamos recuerdo”, algo que para ser comprendido necesita “un corazón apasionado”. El mío lo es, pero no a la manera de las novelitas de las primeras décadas del siglo XX, desde luego.

Porque esta obra del austriaco suicida acaba por ser un cuento sobre la vejez, pero sobre todo un cuento sobre librarse “de la obsesionante necesidad de mirar hacia el pasado”:

         “La vejez no significa nada más que dejar de sufrir por el pasado”.

Yo ya leí a Stefan Zweig. Cumplí mi parte.

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