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La vida viene sin manual de instrucciones, POR Marisa Bou

Me nacieron como a todo el mundo, sin previo aviso. Nadie me explicó cuál era mi tarea, qué motivo había para ser uno más de los millones de habitantes de este planeta. Por más que miré y rebusqué en el embalaje en el que había llegado, no hallé en él ningún prospecto con las instrucciones de uso de este artefacto que yo era, tan torpe y desmañado que -de entrada- pensé que alguna pieza le faltaba para su correcto funcionamiento.

Años después, supliendo con maña lo que parecía un defecto de fabricación, había conseguido andar, hablar, leer, escribir, comer… un montón de tareas rutinarias, en fin, cuyo aprovechamiento me distraía, sí, pero no me quitaba de encima esa sensación de falta de algo que noté cuando vi la primera luz: seguía sin encontrar esa pieza fundamental que me convertiría en un utensilio práctico.

¡Y hay que ver la mala hostia que produce no saber para qué sirves, cuál ha sido el propósito de tan chapucera fabricación! Porque, si vienes con las pilas del pensamiento a tope de carga, no puedes evitar hacerte constantemente la preguntita de marras: ¿por qué y para qué me nacieron, así sin ton ni son?

Así que, para no perder lo poco útil que había recibido en elucubraciones que no me conducían a parte alguna, miré a mi alrededor y decidí hacer lo que hacían los que allí estaban, suponiendo –por suponer algo— que ellos sí tenían un fin que cumplir. Fui al colegio y aprendí cosas que me fueron útiles, si no a mi cuerpo físico al menos sí a mi mente lúcida. Me eché novio, cosa que parecía ser muy importante para las demás chicas (porque eso sí, había descubierto tempranamente que era una chica) y en su momento me casé y tuve hijos.

Al no tener el manual de uso de la maternidad, me costó lo mío cambiar de fase, y cuando me di cuenta de que había que parar, ya tenía cinco: todos varones, pues por lo visto no había encontrado el botón que ponía en marcha la descendencia femenina. Afortunadamente, había nacido bien dotada de sentimientos y los amé y los cuidé con toda mi alma (por cierto, ¿qué es el alma?) y me hicieron feliz, en el caso de que yo sepa lo que es la felicidad.

Ha habido de todo –bueno y malo— en mi vida. Lo malo, lo capeé como pude. Y disfruté de lo bueno con toda la intensidad que pude acumular. Ahora, pasados ya tantos años desde aquel día que me nacieron sin permiso, me sigo preguntando ¡¡¡¿DÓNDE ESTÁ EL MALDITO LIBRO DE INSTRUCCIONES?!!!

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