Me nacieron
como a todo el mundo, sin previo aviso. Nadie me explicó cuál era mi tarea, qué
motivo había para ser uno más de los millones de habitantes de este planeta.
Por más que miré y rebusqué en el embalaje en el que había llegado, no hallé en
él ningún prospecto con las instrucciones de uso de este artefacto que yo era,
tan torpe y desmañado que -de entrada- pensé que alguna pieza le faltaba para
su correcto funcionamiento.
Años
después, supliendo con maña lo que parecía un defecto de fabricación, había
conseguido andar, hablar, leer, escribir, comer… un montón de tareas
rutinarias, en fin, cuyo aprovechamiento me distraía, sí, pero no me quitaba de
encima esa sensación de falta de algo que noté cuando vi la primera luz: seguía
sin encontrar esa pieza fundamental que me convertiría en un utensilio
práctico.
¡Y hay que
ver la mala hostia que produce no saber para qué sirves, cuál ha sido el
propósito de tan chapucera fabricación! Porque, si vienes con las pilas del
pensamiento a tope de carga, no puedes evitar hacerte constantemente la
preguntita de marras: ¿por qué y para qué me nacieron, así sin ton ni son?
Así que,
para no perder lo poco útil que había recibido en elucubraciones que no me
conducían a parte alguna, miré a mi alrededor y decidí hacer lo que hacían los
que allí estaban, suponiendo –por suponer algo— que ellos sí tenían un fin que
cumplir. Fui al colegio y aprendí cosas que me fueron útiles, si no a mi cuerpo
físico al menos sí a mi mente lúcida. Me eché novio, cosa que parecía ser muy importante
para las demás chicas (porque eso sí, había descubierto tempranamente que era
una chica) y en su momento me casé y tuve hijos.
Al no tener
el manual de uso de la maternidad, me costó lo mío cambiar de fase, y cuando me
di cuenta de que había que parar, ya tenía cinco: todos varones, pues por lo
visto no había encontrado el botón que ponía en marcha la descendencia
femenina. Afortunadamente, había nacido bien dotada de sentimientos y los amé y
los cuidé con toda mi alma (por cierto, ¿qué es el alma?) y me hicieron feliz,
en el caso de que yo sepa lo que es la felicidad.
Ha habido de
todo –bueno y malo— en mi vida. Lo malo, lo capeé como pude. Y disfruté de lo
bueno con toda la intensidad que pude acumular. Ahora, pasados ya tantos años
desde aquel día que me nacieron sin permiso, me sigo preguntando ¡¡¡¿DÓNDE ESTÁ
EL MALDITO LIBRO DE INSTRUCCIONES?!!!

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