Opino lo mismo que Sergio
del Molino sobre aquella pretendida obra maestra que pasa por ser la película ¿Quién puede matar a un niño?, que he
visto por primera vez, sorprendido, y no gratamente, el día del fallecimiento
de su director.
Dijo, escribió, Del Molino, en
El País, al día siguiente de la
muerte de Narciso (Chicho) Ibáñez Serrador:
“Tenemos el vicio o la querencia de
buscar al autor en sus obras más oscuras y menos comprendidas. En el caso de
Ibáñez Serrador, su obra maestra sería, por tanto, ¿Quién puede matar a un niño?, filme de 1976 que pasó con mucha más
pena que gloria por el cine y que solo los años y el esnobismo convirtieron en
título reverenciado, pero su genialidad nunca estuvo allí. Las figuras como
Chicho saben, aunque no lo digan, que una gran película la puede hacer casi
cualquiera. Sin embargo, conectar con un tiempo y un país durante tantos años a
través de un medio bastardo como era la televisión, está al alcance de muy
pocos.”
Yo creo que la genialidad de
Chicho reposaba en su capacidad de ser mediocre, de ser un genio de la
mediocridad de un país no tan desafortunadamente mediocre. Un genio de la
mediocridad a quien le debo muchos momentos de buen entretenimiento.
Muchísimos.
Cuando acabé de ver esta
película de cien minutos de duración aparentemente angustiosa, se imaginaba uno
que desasosegante, lo primero que pensé fue en hacer un chiste. Me pasa a
menudo. Defectos de fábrica. El chiste decía así:
“No me extraña que Chicho no volviera a rodar una película”.
Pero es una reflexión
injusta. Y culpo de haber llegado a ella, a esa reflexión que se pasa de frenada, a mis expectativas
desde hace décadas sobre lo que, como nos adelanta Del Molino, creía a ciencia cierta se trataba de una, ya
digo, obra maestra, un clásico en su género, una película de inconmensurable
arte cinematográfico que crearía lo que sólo los genios son capaces de crear:
un antes y un después.
Pues no. No vi nada de eso,
y de ahí mi justificada y creo que explicada decepción. Lo que vi fue una
película meritoria, que aún hoy llama la atención que fuera estrenada en
aquellos años, en 1976, y todavía conserve mucho de la frescura con la que sin
duda alguna fue ideada, fue grabada, fue escenificada, fue interpretada, fue
ejecutada. Fue.
¿Quién puede matar a un niño?, dirigida y escrita por Chicho (que
firmó, eso sí, el guion con el seudónimo de Luis Peñafiel, un guion basado en
la novela El juego de los niños,
publicada también en aquel 76, y escrita por Juan José Plans), contó con la
música original de Waldo de los Ríos, la fotografía de José Luis Alcaine y un
reparto repleto de niños que pretenden asustar, enhebrar en nosotros algo así
como el terror avieso, encabezado por dos adultos, el actor australiano Lewis
Fiander y la actriz británica Prunella Ransome.




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