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Dylan no estuvo allí, no


No encontré al Bob Dylan que yo conozco en la película I’m not there. Y sé la razón. No le conozco tan bien como el cineasta estadounidense Todd Haynes, que la dirigió en 2007 y escribió su guion dislocado junto a Oren Moverman, ni tan bien como tantísimos a quienes yo les había leído que este film es una extraordinaria película, más allá de su fabulosísima banda sonora musical.

La actriz Cate Blanchett recibió varios y reputados premios por su interpretación de una de las facetas múltiples de Dylan en esta singular película bañada en el ácido de la exégesis dislocada de la realidad.

Pero yo asistí destartalado ante la abrumadora profusión de insensateces con que este film riega el prodigioso cancionero de Dylan, un cancionero que en esta película calidoscópica es en ocasiones versioneado por magníficos músicos actuales que dan muestra así de la vigencia imperecedera del genio artístico incombustible del poeta, sí, y cantante estadounidense. Un Dylan distorsionado en este film desconcertante, elaborado por la imagino sabiduría mítica de sus responsables. Un Dylan desquiciante reflejado en tantos espejos irreconocibles que acabé un poco mareado, pero sin dejar de estar enamorado de su grandeza.


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