La película polaca Zimna wojna (incomprensiblemente
traducida al español, sic, como Cold War)
deslumbra desde el comienzo por su simple belleza de dura porcelana eterna.
Creo.
Es una historia de amor, sí, una película romántica, sí.
Desgarradora, hermosamente apasionante, recia en su terca manera de mostrar un amour fou, un amor imposiblemente
invencible. Un amor que en realidad casi no podemos ver nosotros, si acaso en
los ojos de su magnífica protagonista femenina, la actriz polaca Joanna Kulig, quien creo que no recibe
la réplica más conveniente posible de su paisano el actor Tomasz Kot, que, eso sí, fuma de miedo.
El director polaco Pawel
Pawlikowski ha escenificado una a menudo fascinante película cuyo guion
también escribió, junto a Janusz
Glowacki, ayudado por la impecable fotografía en un rotundo blanco y negro
de Lukasz Zal.
En Zimna wojna (incomprensiblemente
traducida al español, sic, como Cold War,
REPITO), el contexto de lo que vemos es casi tan importante como lo que vemos: la Polonia de la posguerra mundial,
sometida al yugo dictatorial comunista y a la égida soviética como escenario de
un enamoramiento entre una mujer tan desequilibrada como queramos ver y un
hombre tan pamplinas como podamos soportar.
Me ha gustado mucho, que conste. Pero no tanto como para
considerar que un amor intensamente evidenciado como el de sus dos protagonistas
pueda llegarle a la altura del tobillo de celuloide de algo como, por ejemplo, Lo que el viento se llevó. Por poner
algo.



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