ES tremendamente aburrido tener que explicar UNA Y
OTRA VEZ que aquello que ahora nos parece tan HORROSO fue el pasado. EL PASADO, que sólo tiene que ver con
nosotros en tanto que somos responsables
de conocerlo y somos responsables de saber cuánto de aquello perdura en
nosotros y cómo se produjo el cambio que dio en que seamos como somos.
“La nostalgia
es la llorona hermana de la Historia”, escribe Dennis Lehane.
Se puede o no dejar atrás el pasado. Pero si optamos
por obrar así, por DEJAR ATRÁS EL PASADO,
podemos optar por SUPERARLO, por OLVIDARLO o por NEGARLO. En el caso español
podemos superar, olvidar o negar una memoria reciente de conflicto y violencia.
Pero también podemos NO DEJAR ATRÁS EL PASADO y traerlo al presente una y otra
vez hasta que el pasado condicione inmisericordemente el futuro y lastre,
segundo a segundo, al presente. Yo elijo superarlo. Sin olvidarlo, por
supuesto. DEJAR ATRÁS EL PASADO y comprenderlo. Si además podemos sacar alguna
LECCIÓN ÚTIL, mejor que mejor.
De nada sirve investigar el pasado si no se divulga lo comprendido.
La Historia necesita saber qué buscar en la historia. El oficio de los historiadores es útil
cuando sabe qué es lo que tiene que buscar en el pasado. Para eso necesita
conocer el presente. No ocurre al revés: el historiador no va al pasado para
conocer el presente, va para comprender el presente.
No
olvidar, pero a sabiendas. No necesitamos memoria, necesitamos
Historia.
Nada
es más poderoso que la muerte. Y de eso saben mucho
quienes defienden que no se trasladen los huesos, o lo que quede, del otrora
CaudilloporlaGraciadeDios.
La
Historia no juzga. La Historia sólo le explica a la
sociedad civil dos cosas. Una: por qué el pasado fue como sabemos que fue. Y
dos: cuáles son las consecuencias que, por un lado, tiene saberlo y cuáles, por
otro lado, tiene el hecho de que fuera así.
El pasado está repleto de verdades que hoy ya son mentira.
Wilhelm
Dilthey nos dijo que para conocer al ser humano es necesario
estudiar aquello a lo que se ha dedicado tenazmente.
Según el historiador Carlo Maria Cipolla, habría cuatro
grupos de seres humanos: los héroes (benefician a los demás aun a riesgo de
perjudicarse a sí mismos), los inteligentes (buscan su provecho y el de los
demás), los malvados (únicamente pretenden su bien) y los estúpidos (hacen el
mal a los otros sin obtener nada para ellos).
Los historiadores hemos de lograr que nuestra
disciplina siga siendo, o lo sea de una vez, una ciencia humana crítica que
tiene una misión pública. Hemos de revertir la pérdida del sentido de finalidad
pública de la Historia. Pero para ello, hemos de estar dispuestos, como
escribiera en 1912 el historiador estadounidense J. Franklin Jameson, “a mirar más allá de las ventanas de nuestro
despacho y pensar en la Historia, no como la propiedad de un reducido gremio de
colegas de profesión, sino como la
legítima herencia de millones de seres humanos”.
Nadie puede acallarlo
ni dejar de escucharlo,
es el pasado con sus jardines,
con sus sicofonías y sus vertidos,
es el tiempo irrepetible,
aquel que fue futuro
antes de derretirse
en esos espejos descuartizados
donde ya no podremos jamás
volver a presenciarnos
recién despertados
ante mañanas de alambre,
regresa al lugar extraño
de donde viniste
y sé eterno,
quédate al otro lado,
allá donde sólo sepamos de ti
por las palabras de los historiadores.
Con las lenguas
se pueden escribir los poemas más sublimes o los manifiestos terroristas más
execrables. Quienes las hablan las hacen fascinantes o terribles. Ellas en sí
no son más que unas herramientas llenas de posibilidades. Como los cuchillos o
los silbatos.
“La guerra hace
a los estados y los estados hacen la guerra”, afirmaba el historiador
estadounidense Charles Tilly. Las
guerras han estimulado la racionalidad dentro de su propio marco de
irracionalidad. Los humanos solemos encontrar las mejores soluciones al
enfrentarnos a situaciones dramáticas, quizás hasta tal cosa sea inevitable.

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