Robinson Crusoe fue mi primer
libro. Leído, el primer libro que leí. Era un libro infantil, (muy) ilustrado,
una adaptación de la novela de Daniel
Defoe, una obra de la que yo no sabía nada hasta que cayó en mis manos y
hasta que mucho después supe de su importancia para la literatura y para la
economía. La economía, sí. Porque Crusoe es… Eso ya lo contaré, si acaso, en
otra ocasión. Me centro en lo que fue para mí mi primera experiencia recordada,
que logró permanecer en mi memoria hasta hoy, de la lectura de una novela. Aunque lo que más recuerdo son sus
ilustraciones. Esa es otra.
Robinson en una isla, en
su isla. En la isla. Robinson siendo
un ser humano a tiempo completo en un lugar hostil, lejos del mundo donde
Robinson aprendió a seguir siendo un ser humano tan distinto de los que
dominaron el mundo hostil. Robinson siendo soledad y certeza, miedo y ciencia,
humano, naturaleza y cultura, decisión e isla.
Robinson como una isla. Robinson
y la civilización o barbarie. Robinson imaginado por alguien y vivido por mí que estoy leyendo y viéndole dibujado y
viendo su isla y su pundonor y su terquedad y sus destrezas y su necesidad.
Su necesidad. A la fuerza ahorcan, ¿verdad Robinson, señor británico del mundo
moderno que te ha lanzado a la playa de una isla sin nada más que tú mismo y
algunos restos de ese mundo moderno?
Este texto pertenece a mi artículo 'Robinson Crusoe, mi primera novela (leída)', publicado el 26 de agosto de 2018 en Periodistas en Español.
Este texto pertenece a mi artículo 'Robinson Crusoe, mi primera novela (leída)', publicado el 26 de agosto de 2018 en Periodistas en Español.


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