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Ricardo Corazón de León, POR Ignacio Merino

En la figura del rey Ricardo I de Inglaterra confluyen, con parecida intensidad, tanto la crónica histórica y la épica caballeresca como la leyenda y el chismorreo más o menos veraz a costa de su comportamiento descaradamente homosexual que, a pesar de ser un monarca que no debía rendir cuentas a nadie, le ocasionó más de un disgusto.

La imagen del rey justiciero, prototipo de caballero y protector de necesitados y perseguidos, proyecta una sombra más romántica que contiene el rumor de un carácter indomable, apasionado en el amor, seguro de su carisma, determinado en sus objetivos e inflexible en el odio.
Lo cierto es que esta aura que envuelve su persona no es invención de enemigos o exégetas sino mérito propio. Su espléndida melena rubia de reflejos castaños, la mirada felina y su bravura tantas veces demostrada le dieron en su juventud el sobrenombre de Corazón de León, un sobrenombre que sin duda aceptaría encantado.
Sin embargo el hermoso nombre acuñado para la Historia, que durante centurias ha ocupado su lugar en la hornacina febril del imaginario adolescente y la mentalidad romántica, no desvela otras facetas del carácter de un hombre complejo que cantaba romances como el mejor de los trovadores y se entregaba con frenesí a orgías de campamento y al amor cortés entre caballeros.
Un príncipe de criterio independiente y mentalidad evolucionada que fue capaz de humillar el autoritarismo de su padre, protegió a los juglares, nutrió la Corte de su madre –foco civilizado de arte, literatura, música y hervidero de esos juglares que cantaban al Amor Cortés como el mismo Ricardo–, llegó a entenderse con Saladino –un caudillo más complejo aún que él–, supo ganarse la lealtad de Robin Hood y los desheredados de Inglaterra y tampoco tuvo muchos reparos en enfrentarse a sus aliados cristianos.
Su estatua a caballo en Londres, erguida y desafiante frente a la Cámara de los Lores, proyecta la imagen aceptada del monarca guerrero y victorioso, pero ni en el sentir general ni en los manuales de Historia británicos resulta demasiado simpática la figura de Ricardo Corazón de León, el hijo predilecto de Leonor de Aquitania, la egregia dama tan seductora como taimada, la francesa contumaz que se atrevió a hacer la guerra a su marido y tampoco gusta demasiado al añejo nacionalismo británico.
La escultura es un tributo tardío y romántico a su leyenda, como la de El Cid en Burgos, otra imponente estatua de un outsider que tras ser expulsado de Castilla, se hizo mercenario, caudillo adorado y finalmente héroe de leyenda y protagonista de cantar de gesta.
A Ricardo le ocurre algo parecido. No fue mercenario, desde luego, aunque también se entendió con los musulmanes. Y su carisma de caudillo está más que demostrado. Esa es la parte que escamotean las crónicas, junto a sus celebradas dotes juglarescas y sus arriesgadas empresas amatorias.

[ESTE ARTÍCULO APARECIÓ EN ANATOMÍA DE LA HISTORIA POR VEZ PRIMERA EL 5 de diciembre de 2012 y puedes leerlo completo AQUÍ]

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