Era terrible: seguía
comprando cromos de futbolistas a los veinte años.
Ya tenía novia, aunque
ella nunca me vio en un trance así.
Jamás supo que los
coleccionaba.
Como mi edad era notoria,
y llevaba melena y barba, urdía trucos cuando el vicio me apretaba con fuerza.
Unas veces iba a los
kioscos más apartados de Ponferrada, donde no me conocían.
Otras veces, aceptaba ir
al kiosco del barrio; entonces decía que mi hermano pequeño, David, me había
pedido que le comprara unos cuantos sobres.
Y entonces el dueño del
kiosco me miraba con sorna.
Y yo me daba cuenta.
Pero hacía como que no. Y
a la semana siguiente volvía con el mismo parapeto.
Alguna vez se anticipaba
el quiosquero: “se ve que su hermano es muy aficionado”.
Pero mi hermano tenía
solo siete años.
Mucho sufrí, pero nunca
acepté quedarme sin los cromos.
Sin completar las
colecciones.
Que nunca pegaba en los
álbumes.
Los guardaba en una
cajita.
Y me da vergüenza
confesar que, ya casado, estando yo solo en el hogar y mi mujer de compras,
confiado en que tardaría en regresar, desplegué todos los cromos encima de una
mesa grande, por equipos:
Aquí el Celta de Vigo,
aquí el Sporting de Gijón, aquí la Real Sociedad y el Athletic de Bilbao; el
Osasuna y el Real Valladolid.
(Mis preferidos eran los
equipos del norte, por bravos y luchadores, por jugar casi siempre bajo la
lluvia).
Y llegó mi mujer, y yo
creí morir.
Pero ella se rio a
carcajadas, y también sintió ternura por mí; incluso dijo que le gustaba que
fuera así.
Yo sin embargo, pasé una
vergüenza tan espantosa que nunca más volví a jugar con los cromos. Ni a
comprarlos. Tenía ya 28 años. Fue bonito mientras duró.

Comentarios
Publicar un comentario
Se eliminarán los comentarios maleducados o emitidos por personas con seudónimos que les oculten.