El franquismo vino a retener el
pasado y a mí se me metió en la cabeza, y en el corazón, que yo tenía que
escribir alguna vez un libro que hablara del franquismo. Y lo escribí.
Me dio por ahí, por traer ese pasado
retenido hasta los días incontenibles de mi vida. Quise llevar ese pasado hasta
los instantes de la actualidad desde la Historia,
con las palabras de los historiadores, con las herramientas apacibles del
oficio científicamente literario que aprendí de Miguel Artola, por ejemplo. Fue mucho más que un capricho
necesario, acabó por ser un esfuerzo por medio del cual conseguí pagarle al instinto
con la realidad, con la verdad que quienes mejor habían estudiado las décadas
de la dictadura del general Franco
habían sido capaces de detectar.
Yo sólo tuve que someterla, que
encorsetar esa verdadera realidad en el espacio reducido de un libro sin
garfios. Eso fue todo. Menos mal que mi amigo el editor Ramiro Domínguez me consintió transformar mis palabras en un
volumen que fue a parar a las mejores librerías del país de países que aún hoy
quiere creer, de vez en cuando, que del régimen franquista queda un poso plomizo.
Equivocadamente.

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