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Obra en consecuencia

Existen cuatro tipos de órdenes, de convocatorias, a los que uno suele atender, o no, en su vida.

El primer tipo de órdenes ni siquiera lo es, pues son órdenes que nadie te las tiene que dar nunca: por ejemplo, respirar o escuchar Hungry Heart. El segundo tipo de convocatorias ya requiere de al menos una ocasión en la que se te ordene algo, pues alguien te ha de decir, al menos una vez, puede que dos, como mucho, que hagas algo: son los Josésúbete de mi madre cuando yo era crío y jugaba en las calles de mi barrio y ella me llamaba desde una de las ventanas de nuestra casa.

El tercer tipo de proclama ya necesita de varias insistencias, y uno acaba finalmente, las más de las veces, sucumbiendo a esos cantos de sirena amables y afables: hablo de cuando alguien te insiste para que vayas a ver una peli, para que leas un libro… o para que lo escribas.

Y el cuarto tipo de convocatorias, quizás órdenes, es ese que tienen que conmoverte, emocionarte, sugestionarte, una y otra vez, cientos de veces, con carteles callejeros, con discursos, con arengas puras y duras, todo porque quienes nos discursean, quienes nos agitan (son mogollón), consideran que no queremos hacer ni a tiros eso que ellos y ellas promueven. No sé si me explico.

Nos creemos que uno haya de explicar su comportamiento ante una huelga como si la huelga convocada fuera la decisión inequívoca para la que uno se ha estado preparando durante toda la vida.

Participar en una huelga no es moralmente obligatorio, como no hacerlo tampoco es condenable por mucho que hayamos vestido a esa huelga del día definitivo del futuro deseado.

No pasa nada por no secundar una huelga, no pasa nada por secundarla. Quiero decir que nadie es mejor o peor, más alto, más escuálido, más listo, SUPERIOR, por hacerlas o por no hacerlas. Por que si la fe es un don de Dios la razón nos asiste a cada uno mediatizada por algo mucho más importante a lo que no nos atrevemos a dar un nombre.

Obra en consecuencia. No doy consejos. Paradójicamente.

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