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Dignidad: voy a hacerte emperatriz de Lavapiés (la izquierda en su laberinto), por Juan Vázquez Navarro


Muere un hombre, un inmigrante sin regularización legal con un largo periodo de permanencia en Madrid. La policía municipal, que está tratando de perseguir el tráfico ilegal callejero de productos de copia, orquestado por mafias, intenta reanimarlo. Sin éxito.

El Ayuntamiento de Madrid se inhibe de aclarar los hechos, no protege a su cuerpo de seguridad y algunos de sus miembros terminan por realizar proclamas contra la Policía sobre la que tienen responsabilidades.

Se generalizan las protestas ciudadanas y después las incívicas. Una banda de agentes sociales profesionalizados en el caos callejero y criminal aprovechan la coyuntura y destrozan mobiliario urbano y sucursales bancarias, coches. Se rompe la convivencia social.

La izquierda en el Ayuntamiento queda en el más absoluto y completo ridículo.

Y sin embargo, la rabia deriva del problema de la pobreza, del problema de los espacios habitacionales sometidos a una burbuja de alquiler, deriva de la necesaria regularización de los contingentes inmigrantes.


Porque, realmente, hay problemas que deben ser atajados, abordados. Simplemente, la izquierda no es competente para lograrlo y se escuda en el tic, en el lugar común, en el gesto, en la propaganda, en la desinformación.

La izquierda no puede permitirse el lujo de no ser mayestática, de no ser la más afinada en el análisis, de no ser la más honesta, de no ser la más meritoria.

La izquierda renunció a su excelencia cuando los políticos que habían entrado sin ánimo de profesionalizarse desaparecieron de los cuadros de poder de los partidos tradicionales. Y los nuevos partidos han sido un remedo grotesco de los anteriores.

Hay una brecha terrible en una sociedad que tenía ya problemas reales, acrecentados a base de no abordarlos. La izquierda ha firmado su sentencia de fracaso inapelable ante el desafío. En Cataluña ha encontrado el espejo en el que reflejar su enorme vacío existencial. Y partió del Pacto del Tinell, del corazón de los más capaces.

Cataluña tiene problemas reales que han sido orillados por imposturas. Por falta de capacidad, por exceso de entrenamiento en la vida teatral, tan distinta de la real. El ridículo de todo aquello ha sido descomunal.

Los valores originarios de la izquierda, no la reaccionaria, sino la progresista, son más necesarios que nunca. Y más que nunca están ausentes del panorama público.

Las reticencias a la función militar, a las fuerzas de seguridad garantes mediante coerción del contrato social, al tejido legal, a las normas de convivencia, a la evidencia científica; la inclinación a la búsqueda de fantasmas, reavivando el conflicto histórico que pertenece a la Historia (como es el caso del franquismo y sus víctimas)… Son demasiados frentes de estupidez, alentados por gente que habría de estar interesada por su propia biografía y condición, precisamente, en desterrar el pensamiento irracional.

Es todo demasiado doloroso, demasiado grotesco, demasiado estúpido, demasiado ignorante.


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