Llamamos los historiadores desamortizaciones al proceso político y económico español que
se produjo a lo largo de varias decenas de años, desde mediados del siglo XVIII
hasta la segunda década del XX, en consonancia con la revolución liberal, por medio del cual el Estado expropió propiedades
y derechos amortizados (fuera del libre mercado) pertenecientes a
instituciones civiles y eclesiásticas, llamadas manos muertas, con el fin de favorecer su adquisición en pública
subasta y, así, hacerlos acceder a dicho mercado
libre.
El objeto de las desamortizaciones fue
doble, sobre todo a partir del reinado de Isabel
II: por un lado, lograr sanear la Hacienda
pública; y, por otro, facilitar la creación de una propiedad privada libre que sirviera para consolidar el capitalismo en el sector agrario, y ser
así una de las bases económicas del liberalismo
en España.
Cuatro fueron las fases en que ese proceso
tuvo lugar. Entre 1766 y 1798 transcurrió la primera de ellas, durante la que
se produjo la venta de bienes de los jesuitas y la llamada desamortización de Manuel Godoy, primer ministro de Carlos IV; la segunda (1808-1823) fue
la impulsada durante la guerra de la
Independencia, tanto por el rey José
I Bonaparte como por los diputados de las Cortes de Cádiz y durante el gobierno del Trienio Liberal; la tercera fase tuvo lugar desde 1834 hasta 1854, y
es la llamada desamortización de Juan
Álvarez Mendizábal, aunque también podría llamarse de Baldomero Fernández-Espartero, la cual supuso la desamortización patrimonial
de la Iglesia católica; y, por último,
la cuarta fase, la más larga (1855-1924), producto de aquella impulsada en 1855
por el ministro de Hacienda Pascual
Madoz, durante el Bienio Progresista,
la más significativa de cuantas desamortizaciones se produjeron, que completó
la venta de los bienes eclesiásticos y además ejecutó las del resto de las
manos muertas, los bienes municipales, los procedentes de la instrucción
pública y los de beneficencia.
Finalmente, las desamortizaciones no posibilitaron el fin de la estructura
anterior de la propiedad, de hecho, más bien lo que hicieron fue
ratificarla; pero sí alcanzaron sus dos objetivos, pues sanearon la Hacienda
pública y sirvieron para aposentar los intereses políticos del liberalismo y de
la burguesía.

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