Dice el personaje protagonista de la
película Frantz que contemplar El
suicida de Manet le da ganas de vivir. ¡Qué cosas!
Por cierto, en Frantz, de François Ozon, he visto cine, cine de
amor, cine de desamor, cine de abandono, de memoria y deseo: cine magníficamente interpretado
especialmente por dos actrices que sostienen con sus rostros el difícil
andamiaje narrativo de una película arriesgada que bordea con su aparentemente aparatoso
romanticismo el ridículo que es en sí mismo el romanticismo cuando quien lo
plasma en arte lo hace sin oficio ni arte ni parte. Hablo de Paula Beer (cuyo personaje acaba
cautivado por el citado cuadro del impresionante francés), inconmensurable, y de
Marie Gruber.
Frantz ofrece exactamente lo que da, hace que uno espere lo que finalmente logra:
disfrutar de una hermosa película en la que el dolor y la belleza no son la pose adocenada de un artista sino
la presencia suave de lo maravilloso a través del filtro de una pantalla.


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