Podríamos comenzar por decir que está lloviendo una
fina lluvia sobre las aceras de las calles de una ciudad cualquiera de un mundo
occidental que empieza a sentirse asediado por los derrotados y por los
arrogantes suicidas medievales, podría comenzar (a qué el podríamos si el que va escribir, si el que ya está escribiendo soy
yo con mi mismidad literaria forjada a base de escribir y leer y ver películas
y sobre todo vivir y ser vivido) por dejar escrito en este que va a ser un
cuento sobre una noche de Reyes que la ciudad es a esta hora un hervidero de
camellos de los desiertos surcando sus cielos para que mañana los niños y
muchos mayores se crean de verdad que los Reyes son los Reyes, unos Reyes más
inventados que los propios Reyes que nunca fueron enterrados en la catedral
alemana de Colonia.
Suben las escaleras porque el ascensor se ha
estropeado. No se miran, tiemblan y se desean. Las luces se apagan y él corre
hasta el siguiente piso para encenderlas. Cuando todo se ilumina ella comienza
a cantar con su voz de alabastro y Rafa se detiene a contemplarla. De la calle
llegan estruendos como de petardos gigantescos de esos tan habituales en estos
días desaforados de ruidos y destellos. Ella abre la puerta y comprueba en un
segundo que no hay nadie en el interior de la casa donde han decidido hacer el
amor por primera vez. De la calle sube a toda velocidad un olor irreconocible
pero molesto. Una nueva explosión acalla el sonido de las alarmas y bate el
destino de las sirenas fantasmales. Llegan a una habitación donde hay una cama
espléndida y solícita. Rafa y ella se abrazan con los ojos cerrados. La vida y
la muerte son en ese instante, sin ellos saberlo, una vez más, la aurora de un
porvenir al que nunca se le dan los buenos días. Rafa apaga la luz y ella se
desnuda en el silencio de la ropa desaparecida. Ninguno de los dos escucha ya
las sirenas ni percibe el olor a neumático fundido sobre el asfalto que es en
ese instante la ciudad.
La ciudad es a esta hora un espacio sin tiempo al que
le quedan pocas horas para que el milagro anual de los regalos se haga
realidad. Ella se mira el cordón del zapato desatado y se escucha a sí misma
decirse que cualquieraseagachaaatárselo. Está esperándole a él y tiene frío. Su
vestido es muy hermoso, como ella, pero inadecuado para el tiempo que ya está
haciendo estos días en que el invierno sabe que llegó su hora de serlo. El
abrigo que lleva no es más que un dicharachero espasmo de elegancia inútil para
una ropa que se precie. Y llora. Eso es lo peor, que está llorando. Cuando él
llega ella ya se ha secado sus cuatro lágrimas y aparenta ser la chica de la
plaza de los Linces que (casi) siempre es. Duerme, duerme, duerme parece
decirse a sí misma como suele hacer cada vez que las cosas van mal, cada vez
que la realidad se empecina en ser lo que no es.
El muchacho huele a cielo y a solera,
inexplicablemente, resplandeciendo como un cometa al que sigan unos magos que
vengan del otro lado de la Tierra. Va a ser noche de Reyes, sí. Él sólo piensa
en este momento en ella y en derrotar a esos nervios que le bloquean las
rodillas ahora que está llegando a su portal. Quisiera llorar, pero no sabe.
¿Has escrito tu carta a los Reyes? Y ella pensó antes
de responder claroquesí. ¿Y qué les has pedido? HacerelamorconRafa, pero no lo
dice, se lo queda para sí y lo que pronuncia suavemente es Ya sabes, discos y
algún libro. Resulta que Rafa les ha pedido lo mismo, pero él lo ha escrito de
verdad en una carta de verdad que ha metido en un sobre de verdad al que le ha
pegado un sello de verdad antes de echarlo todo a un buzón de verdad de esos
que todavía quedan en la ciudad como si fueran hitos de un tiempo extinguido.
Lo bonito es lo que ha escrito en esa carta, que es esto:
Queridos Reyes Magos, quisiera pediros algo que es muy importante para mí y que creo que me lo merezco pues me parece haber sido un buen chico durante todo este año que se termina y en el cual he aprobado todo y he tratado de maravilla a mis padres, a los que he obedecido en todo, y a mis hermanos, a los que he ayudado hasta a hacer esos deberes suyos que tanto les cuesta hacer, y creo que he sido un buen vecino y un buen amigo de mis amigos, que suelen decir de mí que soy el mejor de entre todos ellos, al menos eso es lo que le he escuchado muchas veces a Romu, que sé que me aprecia mucho, como yo le aprecio a él, que es un buen chico que además me presentó este año a ella, de quien no os diré el nombre porque prefiero que la conozcáis en persona cuando vayáis a llevarle el regalo que ha pedido, que es el mismo que yo os voy a pedir.Quisiera hacer el amor con ella por vez primera el mismo día en que vosotros bajáis a la Tierra para ser Reyes y dejarnos a todos con la boca abierta cuando contemplamos la mañana del día 6 esas cosas tan magníficas que nos traéis.Eso es lo único que este año me atrevo a pediros. Nada más.Atentamente, Rafael Solano, desde mi ciudad.
Romu le pregunta por lo que desea, que cierre los ojos
y se lo diga con una canción y Rafa le canta Mira como tiemblo, inexplicablemente, pero con una determinación de
adulto. Los dos se miran un segundo de esos largos, largos y Romu se levanta de
la mesa del pub y se despide de Rafa con un siemprehasmoladomucho,tío,
quélástimaquetevayanlastías. Rafa se queda solo en el interior del pub mientras
suena incandescente The One i Love,
de REM. Se termina la cerveza y se va al encuentro de ella. Los Reyes deben
estar ya de camino. La magia de su noche le acompaña desde que tiene recuerdos.
Afuera llueve un poco. Suenan sirenas de ambulancias y de coches de policía.
Suben las escaleras porque el ascensor se ha
estropeado. No se miran, tiemblan y se desean. Las luces se apagan y él corre
hasta el siguiente piso para encenderlas. Cuando todo se ilumina ella comienza
a cantar con su voz de alabastro y Rafa se detiene a contemplarla. De la calle
llegan estruendos como de petardos gigantescos de esos tan habituales en estos
días desaforados de ruidos y destellos. Ella abre la puerta y comprueba en un
segundo que no hay nadie en el interior de la casa donde han decidido hacer el
amor por primera vez. De la calle sube a toda velocidad un olor irreconocible
pero molesto. Una nueva explosión acalla el sonido de las alarmas y bate el
destino de las sirenas fantasmales. Llegan a una habitación donde hay una cama
espléndida y solícita. Rafa y ella se abrazan con los ojos cerrados. La vida y
la muerte son en ese instante, sin ellos saberlo, una vez más, la aurora de un
porvenir al que nunca se le dan los buenos días. Rafa apaga la luz y ella se
desnuda en el silencio de la ropa desaparecida. Ninguno de los dos escucha ya
las sirenas ni percibe el olor a neumático fundido sobre el asfalto que es en
ese instante la ciudad.
Este cuento fue publicado por vez primera en Narrativa Breve.

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