Nunca había estado en Edimburgo, pero en menos de un mes, o cosa así, he estado allí dos veces. Sin salir de Madrid. Y me explico.
Me han llevado a la ciudad escocesa un novelista y un
director de cine que es además actor. Un escocés y un inglés. Ian Rankin y Dexter Fletcher. Me han llevado allí la novela que leí
recientemente de uno, Nudos y cruces, y la película que del
otro he visto ayer (ayer fue sábado 4 de noviembre, pero ayer ya no es el ayer
que ha sido ayer… dejémoslo), Amanece en Edimburgo.
De Nudos y cruces
ya escribí, esto,
pero ahora lo que necesito es que sepas lo que he visto cuando he visto Amanece
en Edimburgo. Voy.
Amanece en Edimburgo
(que se titula en realidad Sunshine on Leith, pues en ese
distrito de la ciudad de Edimburgo es donde más concretamente transcurre la
película) es un musical. Es una película
musical. O mejor, no. Es una gran película,
una emotiva y divertida y deliciosa y hermosa película hecha de música que
pertenece al género del musical pero que consigue lo que consiguen siempre las
películas excelentes: superar lo que de género tienen y convertirse en obras de arte cinematográfico sin matices.
Los actores, fabulosos siempre, cantan canciones del grupo
escocés de pegajosa y entusiasta música pop The Proclaimers y el júbilo estalla definitivamente entre los
personajes del film y entre quienes lo estamos admirando, yo, por ejemplo, cuando,
al final, la más conocida de sus canciones representa en su admirable escenificación
un vendaval de fiesta y energía vital arrollador. Sí, es esa canción. Si conoces
a The Proclaimers, ya sabes de cuál te hablo. La misma canción que se deja caer
brevemente al arranque de Amanece en
Edimburgo y me dejó puesta una sonrisa de agradecimiento que perduró en mi
rostro hasta su final apoteósico.
Reí y lloré viéndola, no se le puede pedir mucho más a una
película. A casi nada.


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