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27 de septiembre de 1975: la noche más larga; por Ignacio Fontes de Garnica

Al dictador Francisco Franco le quedaban por delante apenas un par de meses, los peores de su vida, una larga y espantosa agonía, como una maldición, iniciada con un infarto, de tres, veinte días después de perpetrar su última infamia: el fusilamiento de cinco condenados por delitos de terrorismo, tras indultar a otros seis, en la mañana del 27 de septiembre de 1975.

Tres crónicas en Cambio 16 para tres ejecuciones

Ignacio Fontes, secretario general de Redacción de Cambio 16, fue testigo de las últimas doce horas de los tres fusilados del FRAP (Frente Revolucionario Antifascista Patriótico) en Madrid: José Humberto Baena, José Luis Sánchez Bravo y Ramón García Sanz (los etarras Ángel Otaegui y Juan Paredes Manot, ‘Txiki’, fueron fusilados en el penal de Villalón, Burgos, y en un bosque cercano al cementerio de Cerdanyola del Vallés, Barcelona, respectivamente); vivió como reportero tanto la vela de la “capilla” en la cárcel de Carabanchel como la escena de la triple ejecución, a unos centenares de metros del lugar. Luego, la pelea con el Ministerio de Información y Turismo para informar de lo acontecido en las páginas del semanario, con un régimen asustado por la contundente y violenta reacción internacional contra un dictador cuyo rastro de sangre, la mayor parte de inocentes, podía seguirse desde hacía 40 años. La Embajada española en Lisboa fue destruida y millones de manifestantes en casi todas las capitales europeas y en otras del planeta causaron destrozos en las propiedades españolas; los embajadores de los países de la CEE fueron llamados a consulta por sus respectivos Gobiernos e incluso se solicitó la reunión urgente del Consejo de Seguridad de la ONU para votar la expulsión de España de los organismos internacionales…
El autor rememora para los lectores de Anatomía de la Historia aquel acontecimiento a través de tres crónicas suyas: una primera escrita en 1996, 21 años después de los hechos, para un número extraordinario de Cambio 16, y dos de las tres crónicas que escribió para el número 200 del semanario, correspondiente al 6-12 de octubre de 1975, el mismo día 27, tras volver a Madrid desde Hoyo de Manzanares: la primera, censurada en galeradas por el Ministerio de Información y Turismo, desempeñado por León Herrera, ha desaparecido; la segunda, con el título ‘Las ejecuciones’, también fue censurada pero una vez impreso el número y la tercera, con el mismo título, fue finalmente autorizada. El semanario también tuvo que hacer tres portadas, otros numerosos materiales fueron censurados y reducido el volumen de páginas dedicadas al hecho.
Un hecho que, a juicio del autor, zarandeó de tal manera a la sociedad española que multiplicó la oposición ciudadana a la pena de muerte y fue crucial para su posterior abolición en la Constitución de 1978, que aún exceptuaba lo que dispusieran las leyes penales militares en tiempos de guerra, excepción anulada por la Ley Orgánica del 27 de noviembre de 1995.

A pesar de las inevitables repeticiones, se reproducen las tres crónicas por su valor como documento histórico.



1996, dos décadas después

En 1996, para un número especial de Cambio 16, posiblemente con motivo del número 1.300, el entonces director del semanario, Román Orozco, me pidió un artículo con un resumen de mis recuerdos de la experiencia que habíamos vivido juntos aquella noche funesta y terrible. Aunque muy posterior y elaborado con materiales de la memoria, lo coloco en primer lugar porque explica el contexto personal y periodístico en que escribí hasta tres versiones de la misma crónica de aquel horror.



El 27 de septiembre de 1975 en ‘Cambio 16’

El reportero estrella, y subdirector, de Cambio 16 era Pepe Oneto y había puesto de moda poner en sus crónicas notas “de color” sobre el tiempo, la indumentaria o la gastronomía. Y como yo era un joven reportero –y secretario general de Redacción–, escribí: “La mañana, que había empezado con un despuntar del sol, está ahora nublada y fría. ¿Para qué?”. Ricardo Utrilla, director de Publicaciones, me dijo: “Quita el para qué. No estamos para lirismos”. Lo quité de la segunda versión de mi crónica. Era mediodía del 27 de septiembre de 1975 y en la vieja Redacción de la calle de López de Hoyos de Madrid nos afanábamos en confeccionar uno de los números más conflictivos de Cambio 16: el número 200. El redactor-jefe, hoy director, Román Orozco, el reportero gráfico José Luis de Pablos y yo mismo, habíamos vuelto de Hoyo de Manzanares. En el campo de tiro llamado El Palancar del polígono militar de Matalagraja, sito en dicha población del extrarradio madrileño, pelotones de ejecución de la Policía Armada (hoy Policía Nacional) y de la Guardia Civil (hoy Guardia Civil) habían fusilado esa mañana a tres militantes del FRAP. Baena, Sánchez Bravo y García Sanz habían sido convenientemente condenados a muerte por terrorismo –los asesinatos del policía armado Rodríguez y del teniente guardiacivil Pose– y recibido el letal “enterado” de Franco y su Consejo de Ministros.
Durante toda la noche, un numeroso grupo de periodistas velamos la “capilla” de los tres condenados frente a la puerta principal de la cárcel de Carabanchel. Mediante las noticias de familias y abogados –el fallecido y generoso Fernando Salas ya estaba allí, auxiliando a Sánchez Bravo–, acompañamos la angustia de los tres jóvenes. El milagro de un indulto de última hora del dictador acosado por todos los que podían hacerlo no se produjo. De amanecida, un grupo reducido seguimos la tétrica caravana de vehículos oficiales camino del patíbulo.
Los militares de Matalagraja sólo franquearon el paso a cinco periodistas extranjeros y cinco españoles. De éstos, tres éramos de Cambio 16, líder del periodismo escrito, ya se ve por qué; el cuarto era Miguel Ángel Aguilar, redactor–jefe del semanario Posible y mi mala memoria para recordar al quinto ha permitido a media profesión periodística asegurar que también estaba allí. Unos centenares de metros antes del lugar de los fusilamientos, una patrulla militar nos detuvo en el arcén del camino. Permitieron continuar solamente a tres periodistas: Orozco, Aguilar y el alemán Kasselberg, corresponsal del Süddeustche Zeitung. Al llegar al campo de tiro propiamente dicho, los tres periodistas fueron obligados a volver al punto de partida. A las 9’23 sonó la primera descarga de fusilería. A las 9’40, oímos la segunda descargaA las 10 se produjo la tercera y última descarga. Todas continuadas de sendos tiros de gracia, ‘pacs’ que se expandían por la límpida atmósfera madrileña.
La primera crónica que hice, con mis apuntes y los de Orozco, fue leída atentamente por la troika directiva, el editor Juan Tomás de Salas, el director de Publicaciones Utrilla y el director de Cambio 16 Manuel Velasco. Pero para informarse: no pasaría la censura del Ministerio de Información. Velasco me dijo: “Reescríbela. Como si fuera para agencia”. Al releerla hoy, me sorprende el estilo yerto, el minucioso relato forense de la crónica que iba en el ejemplar impreso que primero fue censurado por la portada y posteriormente, con una nueva portada, por el contenido.
Cambio 16 también era un centro de reunión al que se acercaban políticos de la oposición clandestina, intelectuales y periodistas deslumbrados por la brillantez del semanario y su proyección social. A uno de éstos, que hacía meritoriaje en pasillos y despachos y cuyo nombre tampoco recuerdo [lo recordaba perfectamente, claro: el malogrado José Luis Gutiérrez], Salas y Utrilla le encargaron reescribir mi crónica, ante el estupor de Velasco y Orozco y, como es natural, el mío propio. Cosas de la confusión del momento y del temor a no volver a pasar la censura. Afortunadamente, ante el mediocre resultado del ‘writer’ ocasional, se volvió a imponer el sentido común y se me encargó una tercera versión. Ésta, muy menguada en el contenido, pasó todas las precauciones. Y también la censura, con una tercera portada que ya no era “Contra el régimen: A toda ira” ni “Tempestad sobre el régimen: A toda ira” sino “Siete días de España: Así fue”, y una información también notablemente mutilada.
La tercera y definitiva versión mantenía el mismo estilo impávido y la absurda nota meteorológica –el para qué lírico se había caído en la segunda versión–. Y un párrafo, que se mantuvo desde la primera, que retrataba lo que más me había impresionado a lo largo de todo el tiempo: “Los escasos automovilistas que cruzan la carretera indagan con la vista, asombrados por el número de guardias civiles o por una figura, la hermana de Baena, que, de repente, sale corriendo y llorando por la carretera”. En la puerta del polígono militar, donde esperaban familias y abogados, acababa de conocer por nuestra boca que se habían consumado los fusilamientos. Fue un momento especial: sucedió un silencio absoluto, como el del ‘paso de un ángel’, que se espesó, contra toda lógica, con el llanto desconsolado y la desesperada carrera sin sentido de la joven hermana de Baena.


Segunda crónica: censurada

La primera crónica que escribí sobre los fusilamientos fue tachada completamente por la censura, cosa que rara vez sucedía (a veces, con los editoriales de Juan Tomás de Salas y, en otra ocasión, con la columna titulada “A F.F.” de Carmen Rico-Godoy en el número 204, con fecha 3 de noviembre de 1975 y el dictador agonizando). Esa primera crónica se presentó al llamado “depósito previo” del Ministerio de Información y Turismo, eufemismo con el que se disfrazaba la censura, aparentemente abolida por La ley de Prensa e Imprenta de 1966, la de Manuel Fraga. Esa crónica, como el resto del número, se presentó en galeradas y pruebas de color de la portada y, salvo la portada, que guardé, ha desaparecido en la noche de los tiempos y como “lágrimas en la lluvia”.

[...]


[ESTE ARTÍCULO APARECIÓ EN ANATOMÍA DE LA HISTORIA POR VEZ PRIMERA EL 21 de enero de 2015 y puedes leerlo completo AQUÍ]

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