Enciende Anne el televisor y alguien habla desde dentro del cacharro de un tal Eliot, un tal téeseeliot. Anne coge su cuaderno y lo abre. Claro que lo abre. Lo abre por amor al arte. Al arte de la poesía.
Lo abre y escribe
el rostro de ese poeta venido al mundo a salvar la poesía. A arrebatársela a
los seres humanos y… Y devolvérsela a los dioses. Escribe el rostro de ese
santo varón con las palabras de Carson, de Anne.
Habla ahora Eliot
en el televisor y Anne cree llorar. Recita Eliot y Anne cree creer. Cree Anne
Carson en un tiempo rescatado al Paraíso. Cree en Eliot y en los inmortales
sacerdotes del nuevo culto que llevan la poesía a la tumba de donde nunca debió
escaparse.
Y Anne escribe
esto en su cuaderno…
“Soñé varios
deseos
desde mi
nacimiento hasta hoy
como
probabilidades en mis cumpleaños.
No sucedió, por
ejemplo,
que intentaran
dispararme por la calle
sólo por ser
Alberto Masa.
No sucedió por más
que me puse a tiro.
Ningún fulano
pulsó el botón
que haría abrir la
trampilla
por la que
irremisiblemente caería
a un vacío de
serpientes venenosas
sólo por ser
Alberto Masa.
Yo era Alberto
Masa
y no existía nadie
en el mundo
que procurara
estar en contra de eso,
pero no hubiera
estado mal
que ese barman que
siempre prepara
los mejores
cócteles para mí
echase un día
veneno en mi copa
y dijese: Toma,
esto es por ser Alberto Masa”.
¿Cómo demonios se
ha cruzado Alberto Masa en todo esto?
“Todo mito es un
patrón ornamental,
una proposición de
dos caras
que permite al
usuario decir una cosa y significar otra, llevar una doble vida.
De ahí la noción
primitiva en el pensamiento clásico de que todos los poetas mienten.
Y de las
verdaderas mentiras de la poesía
se filtró una
pregunta.
¿Qué une realmente
a las palabras con las cosas?”
Esto sí es de
Anne.
Otra con lo de la verdad de las mentiras.

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