Premio Nobel de Literatura en 2017, el escritor británico de origen japonés Kazuo Ishiguro publicó cuatro años más tarde su octava novela, Klara and the Sun, traducida espléndidamente a mi idioma por Mauricio Bach ese mismo año 21 con el título de Klara y el Sol.
“Hasta qué punto
los humanos, en su obsesión por evitar la soledad, hacían maniobras que
resultaban muy complejas y difíciles de entender”.
Humanos (¿qué nos humaniza?)
y androides en un mundo creo que distópico (en el que se mejoran
genéticamente a algunos niños para que se encarguen de la gobernanza)
relativamente parecido a este nuestro, a este mundo raro. La ciencia-ficción
de las narices, dirá alguien. Sí, la ciencia-ficción de las narices. Ser
humanos y no saber serlo del todo en soledad, claro… Klara dice:
“Hasta hace poco
no creía que los humanos pudieran elegir de manera voluntaria la soledad. No
sabía que a veces hay fuerzas más poderosas que el deseo de evitar la soledad”.
Y el Sol. ¿Qué
nos quiere decir Ishiguro con este Sol que tanto le preocupa y del que tanto
espera la protagonista? Un androide, la protagonista es un androide, que no lo
había dicho. Klara es el androide.
“Podía aceptar
que, pese a su bondad, el Sol estaba muy ocupado; que había mucha gente, además
de Josie, que requería su atención; que incluso al Sol podían despistársele
algunos casos particulares como el de Josie, sobre todo si ella parecía bien
cuidada por una Madre, una sirvienta y una AA. Me pasó entonces por la cabeza
la idea de que para que Josie recibiese la ayuda especial del Sol sería
necesario que le llamara la atención de algún modo singular y ostensible”.
Klara es un amigo artificial
(un AA: “deberíamos aprender de ellos, tienen mucho que enseñarnos”)
alimentado/alimentada por el Sol, al cual considera una suerte de deidad. Josie
es la joven (¿niña, adolescente?) que compra a Klara. La relación entre ellas
es el marco de esta novela peculiar, fría pese a ese Sol que aparece,
desaparece, hace cosas de Sol.
Tan fría como para que uno de los
adultos le diga a otro que son “unos sentimentales”, no pueden evitarlo:
“Nuestra
generación todavía arrastra los viejos sentimientos. Una parte de nosotros se
niega a abandonarlos. La parte que quiere seguir creyendo que hay algo
inasible en el interior de cada uno de nosotros. Algo único, que no puede ser
transferido. Pero ahora sabemos que no hay nada de eso. Tú lo sabes. Para
la gente de nuestra edad es difícil de asumir. Pero debemos asumirlo”.
Dentro de los seres humanos solamente
hay humanidad, no hay sentimientos únicos, nada nos individualiza
espiritualmente. ¿Será así? Ya sabes, no es más que una conversación. Una
conversación dentro de una novela. Dentro de una novela de ciencia-ficción.
Porque el corazón humano, tú ya me entiendes, existe, ¿verdad? Cada uno de
nosotros es especial. ¿no? ¿O es todo una superstición? Maldita
ciencia-ficción.
Ojalá sigamos teniendo fe en quienes
veamos esperanza. Ojalá todo lo especial de cada ser humano no esté en el
interior de cada uno, sino en el interior de quienes aman. Bueno, no lo sé muy
bien, al fin y al cabo solamente acabo de leer una novela. Una novela de
ciencia-ficción.
¿Y un poema, Kazuo?
Venga…
Klara no ama al Sol.
Klara no puede vivir sin él, cree que
los humanos tampoco.
El Sol no sabe nada,
solamente hace su magia todos los
días,
una magia de ventanas, sombras,
edificios,
insuficiente para evitar la
eternidad,
la del final de los días.
De todos los días.
Klara no sabe nada de los corazones
de quienes ha de cuidar.
Ha sido creada para evitarles la
soledad a sus amos,
pero cree que en el Sol duermen todos
los sueños.
Los sueños de los androides y los sueños de quienes sueñan con androides.

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