[Tu sonrisa sin temblar es el cuarto libro de Víctor Colden, publicado en 2022, y está lleno de canciones. Finalizo aquí con esas canciones.]
“En eso del tono emocional de nuestra
adolescencia, las canciones no engañan: pequeñas máquinas del tiempo de
mecanismo infalible. Cuando vuelvo a escuchar Escóndete del
primer disco de Mamá, cuando escucho Running on the spot o Fuertes emociones me devuelven lo
más difícil: el color exacto de la soledad o la tristeza que se tiene una tarde
de principios de los 80, o la intuición esperanzada de que algo podía pasar. Y
entonces vuelvo a ser yo, el que había empezado a ser: aquel chico inseguro que
lo observaba todo en silencio, atento a lo que le bullía en la cabeza y en el
corazón”.
“No dejaba de pensar en Virginia y en
la cinta con la que no me había puesto todavía. Ni siquiera había elegido las
canciones, aunque unas cuántas estaban claras: No quiero irme de Metro
o One better day de Madness.
Había ido retrasando la grabación y ahora solo me quedaba el domingo. Antes de
llegar a Fernando el Católico abrí el cuaderno y garabateé en él mientras
andaba otras canciones que no podía dejar de incluir: Pillar to post de Aztec
Cámara, Leap before you look de Los Lambrettas, y de
los Specials Do nothing.
También apunté el Liza Radley de los Jam, la historia de una
chica independiente y solitaria que iba por libre, como Virginia. De Mamá descarté
Hora punta en el metro por romántica y anoté en su lugar Estás tan muerto.
Por la misma razón no podía meter En cualquier fiesta de La
Mode; me incliné por La cólera. Sin embargo, a pesar de la
incongruencia que suponía anoté en el cuaderno Hazañas bélicas de los Stukas
y You are the best thing de Style
Council. No recuerdo todas las canciones que
acabé grabando en la cinta pero sí que el domingo por la mañana dejé para el
final de la cara B No puedo mirar de Nacha Pop, que grabé
dos veces. ¿Qué pensaría Virginia al escuchar la cinta? ¿Creería al oír la
letra de la canción repetida que yo seguía enamorado de ella?”
“Canciones como bulbos. Bulbos de floración instantánea que al echarlos en un vaso en contacto con el agua se abrieran en una explosión controlada de forma y color. Canciones que estallan por sorpresa en la memoria una tarde cualquiera de las muchas del pasado. Como la tarde del domingo 5 de enero de 1985 la tarde de Reyes: acabamos de despedirnos de Mario en su casa, donde habíamos merendado, y subíamos a oscuras por el parque del Oeste cuando en mi cabeza brotó la canción de las cuatro rosas.
De repente oí el inicio del Cuatro
rosas de Gabinete que había estado escuchando todos los días durante
las Navidades. Una nota sola, la primera del punteo de guitarra con la que
empezaba esa canción y enseguida las demás. Oí las ocho notas, puras y exactas
como el frío y al mismo tiempo cálidas, con la calidez de una rara melancolía.
Sonaban en mi cabeza pero era como si lo hicieran también en el aire helado que
íbamos respirando mientras subíamos las cuestas del parque sumidas en la
oscuridad. Por eso las notas se oían con tanta nitidez. Ahora vuelvo a poner la
canción, vuelvo a escucharla y me devuelve al frío y el silencio de la tarde de
Reyes del 85 cuando no sabíamos que todo iba a cambiar, que todo había estado
cambiando siempre aunque no nos hubiéramos dado cuenta y que iba a seguir
cambiando, que las historias no terminan sino que van encadenándose y que los
finales dan paso a comienzos de otras cosas que son a veces las mismas de antes
y son distintas.
Íbamos todos un poco tristes
abstraídos en la melancolía de los inicios que siempre implicaban el final de
algo. En mí esa melancolía se mezclaba con la de la canción de Gabinete
Caligari, con las notas del principio, con el sonido envolvente de las guitarras,
con la voz de Jaime Urrutia y el solo de ese instrumento que Mario me
había dicho que debía ser el fiscorno que se mencionaba en los créditos del
disco. Enero era un comienzo, sí. Como una puerta abierta a lo que viniera
después, pero las cosas no eran tan simples.
Aquella tarde de enero, la tarde de
Reyes, subíamos por el parque del Oeste, ateridos y en silencio, mientras en mi
cabeza sonaban puras las primeras notas del Cuatro rosas y las guitarras
cálidas y tristes de después. Tuve la sensación de que el final de ese algo que
no sabía que era, pero sin duda estaba por llegar, traería el principio de otra
cosa también desconocida”.
“Todas las canciones comenzaron a hablar de ella otra vez. Recuperé Buscándote a ti de Mamá y Vuelve pronto de los Pistones. Pero la melodía y las palabras que más me repetí esas semanas en mis paseos por el barrio fueron las del Dos años atrás de Los Elegantes, que era muy reciente. Su seca y vigorosa melancolía me recordaba la ausencia de Virginia. No, no todo seguía igual que hacía dos años como cantaba Emilio López en esa canción. Qué lejana quedaba la primavera del 83 y con ella la tarde en que había perseguido a la chica de la que estaba enamorado para pedirle salir”.
“La otra foto es la que nunca he podido mirar sin emocionarme desde que la vi por primera vez esa tarde de junio, de pie en la esquina de Benito Gutiérrez con Princesa: es su sonrisa en primer plano cuando nos abrazábamos todos entre bastidores tras los aplausos, celebrando lo bien que había salido la función. Sigo temblando igual al mirarla, no puedo engañarme con los años: la emoción ha perdido fuerza, no significa lo mismo. Esa sonrisa me devuelve siempre a Virginia, que ya no envejecerá, como en la canción de Nacha Pop, pero se ha convertido en algo más, en símbolo y cifra de nuestra adolescencia. Con la foto no solo recupero lo que sentí por esa chica, o lo que creí sentir, sino también nuestro mundo desaparecido, el del 81 al 85, y a quiénes lo habitamos. A aquellos que una vez fuimos y que quizá de algún modo extraño aún sigamos siendo”.
Comentarios
Publicar un comentario
Se eliminarán los comentarios maleducados o emitidos por personas con seudónimos que les oculten.