La escritora uruguaya Cristina Peri Rossi recibió el Premio Miguel de Cervantes en 2021, un año después de publicar su séptima novela, la extraordinaria La insumisa, una novela autobiográfica donde hace acto de presencia la cada vez más denostada (¿inexplicablemente?) autoficción, una autoficción centrada en la infancia (“mi infancia es una estación de trenes, en mitad del campo”) y en la juventud de la autora. Una novela que comienza así:
“La
primera vez que me declaré a mi madre, tenía tres años (según los biólogos, los
primeros años de nuestra vida son los más inteligentes. El resto es cultura,
información, adiestramiento). Yo tenía propósitos serios: pretendía casarme con
ella”.
Poeta y ensayista, además de autora
de cuentos también, a Peri Rossi he llegado tarde. Pero vale más tarde que
nunca. Y ya nunca dejaré de leer su obra. Creo, que nunca se sabe.
La niña Cristina aprende muy pronto
que “los deseos pueden chocar con la ley, y esta es muy difícil de cambiar”,
conocimiento que ella adquirió a edad temprana, nos cuenta (con gracia y con un
estilo literario conmovedor), y que “fue una de las revelaciones más decisivas
de mi infancia, y sus consecuencias duraron toda la vida”.
Jovencita insobornable, dice de ella
mima: y muy fiel a sus deseos. Genio y figura, a lo que se ve.
“—Los
enamoramientos son pasajeros.
Es completamente
cierto. A lo largo de la vida, he tenido muchos amores intensos, apasionados.
Después de un tiempo, cuando volvemos a vernos, no somos capaces de tomarnos un
café. En cambio, cuando vuelvo a ver a mi madre, la alegría y la ternura son las
mismas”.
La figura (terrorífica, digámoslo
así) del padre, de su padre (maltratador):
“En
el fondo, siempre pensé que me parecía a vos; lo peor no era, quizás, haber
heredado alguno de tus rasgos de carácter (y si fue así, conseguí eliminarlos,
volverlos irreconocibles), sino tu soledad, tu fracaso, tu orgullosa tristeza”.
El padre, a quien no quiso, a quien
no pudo querer: “ no es posible querer a alguien que causa tanto daño, aunque
sea un daño inconsciente”, a alguien huraño, violento y peligroso. Alguien que
pegó a menudo a Cristina.
Para ser insumisa, hay que plantearse
la autoridad, claro:
“Aprendí
que la autoridad se basta a sí misma, no necesita consenso. Y quienes la
poníamos en duda éramos rebeldes. Queríamos saber. Queríamos entender.
Necesitábamos explicaciones para aceptar la autoridad”.
Rebelde y,
también, feminista, por supuesto.
“Las
mujeres siempre han firmado papeles que no debían firmar, y así han sido
estafadas por maridos, amantes, socios y parientes”.
Cristina Peri Rossi escribe de sí
misma, de los suyo, de los suyos, y lo que hace en ocasiones, claro, es imaginar,
“que es la manera que tenemos los humanos de recordar lo que no hemos vivido”.
Rebelde, feminista y exiliada
(en España, a raíz de la dictadura militar uruguaya de los 70 del siglo
pasado):
“Comprendí
que el exilio no era solo cambiar de espacio, el exilio era separarse de la
persona amada, dejar de hablar la misma lengua (los enamorados y las enamoradas
tienen su propia lengua, cambiar de amor es cambiar de diccionario, y dejar un
amor es perder un dialecto)”.
Qué emocionante es el
descubrimiento del deseo y su puesta en práctica, eso que llamamos sexo.
Peri Rossi sabe cómo transmitir literariamente semejante hallazgo, ese tipo de
éxtasis impecable. Su desarrollo, su desenvolvimiento, su ser plenamente
humano, vital.
Muy joven, la autora supo con certeza
que su religión era y seguiría siendo la literatura, eso afirma: “Mi
religión era la literatura, más precisamente: el conocimiento, pero el
conocimiento que proporcionaba la literatura”. La literatura le “parecía un
vasto océano, lleno de islas, de pelícanos, de cetáceos, de criaturas
fantásticas y otras reales” donde “cada libro tenía su valor, su sentido; como
en los planisferios y en los mapas, había rutas que llevaban de un libro a
otro; había caminos que conducían a autores diferentes”.
No cabe duda, la rebelde y feminista Cristina Peri Rossi es la literatura.

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