La quinta novela de la escritora española (es, además de novelista, ensayista, poeta y dramaturga) Ana Merino apareció en 2025 y se titula El camino que no elegimos. Una cita de un poema del escritor estadounidense Robert Frost de idéntico título le sirve de prolegómeno: “Dos caminos divergían en un camino amarillo, y siento no poder recorrer ambos…”.
El libro, que se abre con un primer
capítulo llamado ‘¿Qué sostiene un matrimonio?’, comienza así (para
situarnos definitivamente, de sopetón, en lo que se nos va a contar):
“Por más
civilizados que quieran ser, todos los divorcios dejan un poso de
amargura”.
¿Lo mejor de la novela? La mirada
ética que se deposita sobre cada individuo, evita juzgarlos y trata de
comprender sus paradojas. Seguido quizás por su construcción coral, ese
pequeño mosaico humano que junto a la principal protagonista, la profesora
universitaria española en Nueva Inglaterra Juana Cepeda, constituyen un grupo
de personajes que dudo mucho recordaré pasados los años.
“El
ser humano está lleno de contradicciones”.
El amor es el eje del libro, el
amor y el desamor, la vida enamorada y la vida despechada, amar y ser
amado, amar y no saberlo, amar y no sentirse amado…
“Nadie tiene las
respuestas que explican el deterioro del amor. Cada relación tiene su propio
deterioro, y en el caso de Juana la relación se sentía como un frondoso árbol
que sin saberlo estaba podrido por dentro y que, de pronto, se caía, arrancando
de cuajo sus raíces”.
Yo tenía entendido que la escritura
de Merino era una prosa muy cuidada, de raíz poética, pero sin caer en el
barroquismo. Algo así. Pues bien, en esta novela la prosa es muy cuidada, sí,
pero la raíz poética no aparece por lugar alguno. Eso me descolocó cuando leía El
camino que no elegimos. Y llegué a pensar que el que no había elegido bien
era yo. Otro libro sobre “la vida con todas sus verdades” y sobre “la
fragilidad del ser humano”.
“La memoria regala
escenas que se mezclan con las emociones”.
“Gente buena que
no se merecía ser asesinada a sangre fría en su propia casa”.
“Los incendios más
devastadores han comenzado con las chispas más pequeñas”.
“El silencio
genera malentendidos y la cólera también produce reacciones injustas”.
“Es como si la
vida fuera por un lado y el corazón por el otro”.
“Temía las
zancadillas del destino”.
Pareciera que las reflexiones sobre
la bondad, el amor, la solidaridad o la esperanza suenan demasiado
explícitas, poco elaboradas, ajenas a lo que uno espera de una conversación
literaria:
“—Las
guerras son una mierda —dijo Cécile.
—El mundo es
complicado —respondió Marco”.
Lo que no quita para que la novela
tenga sus momentos de altura literaria, que los tiene:
“Trataba de
entender lo que había pasado, si es que el desamor podía ser comprensible
mirado desde el dolor mismo del que sufre el alejamiento. A Juana la
habían dejado de un día para otro, con una rotundidad que la abrumaba. Era
julio, habían pasado más de tres meses y todavía se quedaba ensimismada
contemplando su propia perplejidad, el dibujo gris de su pena convertida en
suspiros, en bocanadas de aire que condensaban la esencia de la tristeza más
pura. El desamor que ella no había buscado ahora marcaba su vida.
El abandono la
acompañaba día y noche, la sensación de gran pérdida que, en secreto, se negaba
a aceptar y en la distancia se volvía más irreal”.
Es curioso que leamos en un momento
en el libro esto:
“El
texto sonaba a cliché”.
Se me olvidaba. Sobrevolando todas
las páginas, debajo de ellas, en ellas… Stendhal. Stendhal… y dejarse
“llevar por la belleza de todos los instantes”. Ahí lo dejo.
“Ir por el camino que no elegimos, pero al que las circunstancias te empujan. El doloroso camino que no elegimos, pero que recorremos como autómatas de la tristeza”.

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