En el libro del australiano Luke Stegemann, historiador de la cultura y profundo conocedor de España y su capital, Madrid: historia de una ciudad de éxito (Madrid: a new biography), publicado en 2024, podemos leer una serie de jugosas páginas dedicadas a la todavía tan traída y llevada Movida (madrileña), que él sitúa cronológicamente, según el criterio más amplio, entre 1977 y 1988.
“En los cien años anteriores, Madrid había sido testigo de la vida de los
artistas y filósofos del cambio de siglo; de los escritores y artistas de la
Edad de Plata; de movimientos menos conocidos, pero culturalmente vitales como
la Escuela de Vallecas, cuyo máximo exponente fue el pintor Benjamín Palencia;
de los artistas abstractos y novelistas realistas de los años cincuenta y
sesenta, de los cineastas y fotógrafos de los sesenta y setenta. Y llegó la
movida, el movimiento
cultural más llamativo —y mitificado— de finales del siglo XX español,
inseparable de la historia contemporánea de Madrid”.
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| Clase de Baile en la Plaza de Komsómòlskaia (1982), de Ceesepe |
Comienza por decir Stegemann de “esta explosión cultural” que “el tiempo ha sido indulgente” con ella, si bien aquel “florecimiento espontáneo de la cultura juvenil” ha quedado finalmente reducido “a un número limitado de personajes clave, a los que se ha elevado a la categoría de alta cultura y se ha consagrado como parte de la narrativa oficial de la transición a la democracia”.
Aquel arte,
aquella música, aquellos y aquellas modistas, aquellos medios de comunicación “no
seguían ningún manifiesto ni formaban parte de ninguna vanguardia”. Parecía
todo aquello carecer de límites, de dogmas, de teorías, también de intenciones políticas.
Aquella gente, aquellos jóvenes no habían nacido dentro de la oposición
intelectual al franquismo, y aquí discrepo de lo que el autor ve en ellos,
rechazaban a la generación anterior, a la que caricaturizaban “como marxistas
barbudos que siempre tenían cara de desaprobación”, y que no dejaban de ser “los
restos puritanos y autoritarios del propio régimen” (sic).
Contemporáneos
del punk y la new wave anglosajonas, que influyeron en la Movida estética y
estilísticamente, los protagonistas de la Movida (aquellos miles de jóvenes que
vivían en Madrid, no se habla de otra movida en el libro de Stegemann)
lo que trataban no era más que de elegir su propia aventura, “incluso entre la
larga tradición artística nacional, que podía reutilizarse y saquearse, a
menudo con fuertes dosis de ironía”.
Amplia es
en Madrid: historia de una ciudad de éxito la categorización de quienes hicieron
y quienes vivieron la Movida:
“Sin pertenecer a ninguna escuela, se mezclaban el punk, la droga, el
ácido, el speed, el arte pop, el pelo largo, las crestas, el heavy
metal, la blasfemia, el nihilismo, el gótico, el insomnio, la androginia y la
liberación sexual. Entre las respuestas sociales a las nuevas libertades
estaban el placer impulsado por la droga, la energía impulsada por la velocidad
y la desesperación impulsada por la heroína. Cualquiera podía experimentar con
las formas culturales, se podía tomar prestado libremente del pop, el rock y la
cultura visual contemporáneos y crear invenciones salvajes propias”.
Para
Stegemann, la gran diferencia entre aquellos madrileños y sus coetáneos
británicos o estadounidenses era que aquéllos “no se tomaban a sí mismos tan en
serio” como éstos: de lo que se trataba era “de divertirse y salir de fiesta”,
y, secundariamente, “de ser cool, gótico o rebelde”. El autor del libro
considera que, si la new wave británica y estadounidense eran algo mohínas y
malhumoradas, lo que se practicaba durante la Movida (madrileña) “estaba más
allá de los cielos grises, se basaba en la excitación más que en la ira” y era “capaz
de mezclar esas influencias anglosajonas con estilos extraídos del profundo
pozo de sus propios recursos culturales”.
Es difícil
no estar de acuerdo con el antropólogo australiano cuando defiende que…
“Las corrientes
subterráneas de Madrid salieron a la superficie sin miedo a la represión ni a
la persecución. La capital se convirtió en un campo de pruebas imprescindible
para cientos de jóvenes artistas de la España provinciana o rural: ‘Madrid fue para mí desde el primer momento la
ciudad que yo iba buscando’, afirma Julio Llamazares, un [entonces] joven
escritor de la provincia de León, cuando ficciona su llegada a la ciudad. Y así
fue para miles de personas”.
Todo
aquello, aquella movida, “se cimentó en la experimentación espontánea de
la música, el arte y el cine, en la transmisión de cómics, fanzines y casetes,
en el encuentro del glam con la anarquía y la ética del punk”. En
aquellos años, “la juventud madrileña se adueñó de la noche y la convirtió en
su plataforma de diversión, de experimentación de diferentes formas de
sexualidad, de nuevos giros del argot. Fue
emocionante y duró poco”.
Para el
nuevo poder gestado durante y con la Transición democrática, la Movida “nunca
fue un movimiento peligroso ni amenazador; siempre fue más festivo que
revolucionario”.
Pese a los
hitos que casi todos los que sabemos sobre aquel momento sensacional, Stegemann
nos recuerda que “gran parte de la producción cultural de la época fue
deliberadamente efímera y por eso se ha perdido, o fueron obras de juventud que
no han resistido el paso del tiempo”. Que aquello se desvaneciera rápidamente
no quita para que acabara dejando “una
huella profunda en toda la práctica cultural contemporánea”. Si alguien ha alcanzado una fama considerable, y
mundial, y ha supuesto “un antes y un después en la cultura” ese es el cineasta
Pedro Almodóvar. En tanto que algunos otros “han quedado
consagrados con honor en la historia cultural madrileña y española reciente”: en
la música, Alaska,
Los Secretos, Radio Futura o Gabinete Caligari (el autor olvida a Nacha Pop); en la fotografía,
Alberto García-Alix,
Miguel Trillo o Pablo Pérez-Mínguez;
los artistas gráficos El
Hortelano, Ouka Leele o Ceesepe...
“Cientos más quedaron en el olvido”.
Y ahora viene algo relacionado con lo que más polémica crea cuando se habla de la Movida (madrileña), de la que leemos en el libro que, “aparte de alguna excepción ocasional en barrios como Prosperidad o Tetuán, era un movimiento del centro de la ciudad, sobre todo de Malasaña y del Rastro”; y que, “aunque existía cierta porosidad, la mayor parte de la periferia más allá de la M-30 estaba excluida, así como franjas enteras de Madrid ajenas a esta particular moda, que seguían vidas no representadas en las primeras películas de Almodóvar o en las extravagancias variadas de la movida”. Así, “otras subculturas musicales —más duras más pesadas, menos inclinadas al glamur— encontraron un terreno fértil en los barrios periféricos de Madrid”. Tan es así que…
“el gran poeta del rock duro del Madrid del extrarradio, Rosendo Mercado,
y quizá el mejor de todos los artistas de la época, Camarón de la Isla —que
trabajaba en Madrid desde mediados de los sesenta—, prosperaron durante los
años de la movida sin estar asociados al movimiento”.
Pronto, y “de repente”, todo aquello “había desaparecido tan rápido como había llegado, y Madrid avanzaba hacia el siglo XXI”.
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