La decimoprimera novela del gran escritor español Luis Landero (la decimotercera si consideramos novelas también la magnífica El balcón en invierno y El huerto de Emerson, ambas espléndidos regresos a un mundo desaparecido) se publicó a comienzos de 2024 y yo la he leído con el gusto que siempre leo sus libros exquisitos y cercanos. Su título: La última función.
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Quienes cuentan la historia, sus “rememoradores”, son “los pocos
viejos que quedamos de aquel entonces”. Y la historia es la de algunos
soñadores comprometidos con un destino, “con el empeño de otorgarle un sentido
a la vida, que la ilumine y que la justifique”. Una historia que viene de
atrás, de “cuando, ya entrados los años cincuenta, comenzó la decadencia” del
citado pueblo, San Albín, o Montealbín, y “de casi todos los pueblos del
contorno”. Un ámbito que nunca conoció la prosperidad y que venía sobreviviendo
“desde los tiempos ancestrales de los carpetanos, los celtas, los romanos y los
visigodos”. Un ámbito en el que, en aquella década de 1950, “después de tantos
siglos, de un día para otro la gente comenzó a agarrar sus cosas y a arrear
para las grandes ciudades”, quedando sus lugares “medio despoblados y
abandonados a su suerte”. Todo porque a ellos había llegado, tardíamente,
añado yo, la modernidad, tal y como nos cuentan esos rememoradores.
Rememoradores, relatores que, a lo que les contaron los protagonistas de la
historia, añadieron “los sobreentendidos propios de todo relato, todos esos
pormenores verosímiles que se saben o se suponen sin necesidad de preguntar”.
Una historia de gente como mucha de la que ha crecido con nosotros, conmigo
al menos, gente que considera que “lo peor de todo es que tenemos la obligación
de ser felices”, como un castigo. “Y eso sí que es duro”. Una historia como
muchas otras, contada a su manera pero que cuenta la misma historia: “el caso
singular de un vano intento” y su heroicidad, aunque el sueño “acabe
desembocando en la inmisericorde realidad”, y su carácter sea a la vez cómico o
trágico y hasta ridículo. Estamos en la novela de Landero, como los narradores
se encargan de recordarnos, ante “un asunto viejo, mil y mil veces repetido”,
pero que resulta siempre, aquí al menos, nuevo, “porque cada vida humana lo
hace suyo, como si fuese cosa de estreno y nunca vista”.
“De momento,
dudaba entre los muchos o pocos adjetivos, entre las frases largas o cortas,
entre escribir al modo racional y diáfano de Ortega, por ejemplo, o al
borrascoso y turbio de Unamuno. ¿Qué era mejor, y qué le vendría mejor a él,
contar extenso y por menudo como Galdós o Tolstói, o breve y por encima como
Chéjov o Hemingway? ¿Desatar la fantasía al modo de Poe o de Borges, o atenerse
a los rigores de la cercana realidad como Delibes o Baroja? ¿Retorcer y encoger
el lenguaje como Quevedo o allanarlo y dilatarlo como hacía Cervantes?”
Porque no olvidemos que, “a veces la vida y el arte se confunden,
juegan a disfrazarse, intercambian sus identidades y atributos”. Y esta novela,
que es, a su manera, una suerte de homenaje a las gentes del teatro, de
la farándula, de la interpretación, tiene su propia explicitación del hecho
dramatúrgico relacionado con la vida misma:
“En la vida interpretamos diversos
papeles sin siquiera saberlo, le decía, entre otras cosas porque es imposible
ser siempre uno mismo. Por fuerza somos varios. Así que todos somos actores, el
teatro nos corre por las venas, y llevamos dentro varios personajes, cada cual
con su máscara y su texto aprendido”.
[…]
Este texto
pertenece al artículo ‘No quiero que esta sea la última función de
Luis Landero’,
publicado el 25 de febrero de 2024 en Letras 21, que puedes
leer completo EN ESTE ENLACE.

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