Reflexiones de escritor, muchas, magníficas reflexiones de escritor escritas como sólo los grandes escritores las saben escribir. Como sólo los grandes escritores saben escribir. Pero son estas reflexiones de Landero mucho más que un ejercicio literario de primer orden, son un monumento humanístico a cada lector, a todo ser humano.
El huerto de Emerson, aparecido recientemente en este
Segundo Año de la Gran Pandemia, en este 2021 en que seguimos a verlas venir,
ha sido recibido por mí como un maravilloso oasis en medio de tanto abatimiento
y tanto no tenerlas ya uno todas consigo. Un milagro, un milagro
literario.
Luis
Landero regresa de alguna manera a su propio tiempo ya vivido, aunque admite
que él ha contado ya casi todo su pasado. Pero “la memoria de lo vivido no se
acaba nunca”. El olvido y la memoria y su alquimia todavía inexplicable. Las
maravillas que se quedan sin vivir, que se quedaron sin vivir. Landero quiere
que este libro se vaya haciendo solo, nos dice casi al principio. “Sí, es
un gusto escribir, un gusto y un vértigo”. Escribir con el corazón y la razón
“a dúo, siempre a dúo”.
“Lo ilusorio del tiempo, lo raro y
absurdo que es este oficio de vivir”.
Aprende
uno leyendo El huerto de Emerson muchas cosas, por ejemplo, a recordar
siempre que nos abotarguemos que “el alma se aturde con la velocidad”, a
recordar, cómo escribiera Antonio Machado, que “el arte es largo y, además, no
importa”.
Dice de sí
mismo nuestro autor que él es un hombre sin oficio, aficiones, eso sí, sigue
cultivando muchas: “soy escritor y he sido profesor”.
[…]
El
profesor Landero les decía a sus alumnos que recordaran que “la
vida es un viaje solo de ida”. Y les exhortaba a vivirla, la vida, como lo
que es: “una aventura irrepetible”. Él, que en general prefiere “soñar la vida
que vivirla”. Él, que siente “nostalgia de la vida”. También les decía en sus
clases que “vivimos de segunda mano” y, por tanto, hemos de aplicar una máxima
que se puede enunciar como sigue: “contra la modorra de la costumbre, la
vigilia del asombro”. Todo esto se recoge en el capítulo 5 llamado ‘El niño y
el sabio’, donde Landero menciona lo que da título a su libro, el
huerto de Emerson, la teoría del huerto personal de cada uno, nuestro
mundo, el de cada persona, la teoría recogida en los Ensayos escogidos del pensador y escritor
estadounidense del siglo XIX Ralph Waldo Emerson, cuyo
nombre no escribe completo en ningún momento Landero, un libro que a él le
trastocó su visión de la realidad cuando lo leyó a los 17 o 18 años, algo,
aquello de que Emerson hablara de un huerto, Landero creyó recordar de
aquella lectura, pero que, como él mismo ha podido comprobar más recientemente,
no se dice en aquel libro en ningún momento.
La
infancia y “su inocencia primordial” cuando “aún somos naturaleza”, cuando
“amamos la vida más que su sentido, y a las cosas y a los hechos por sí mismos
y no por su finalidad”, antes de “la condena del pan y del sudor”, antes de “la
necesidad de vivir con cordura y provecho”.
En ‘Un
noviazgo’, Luis me recuerda que “aquella era otra época”, aquélla, la de sus años
mozos (“el lejano entonces”), lo era, sí, y, “como tantas
cosas, aquellos tiempos también se han extinguido”. La época en la que él era
un niño.
“Quizá la mayor tristeza de nuestra
niñez, y que anuncia su fin y su extinción, tal como ocurrió con los unicornios
o los dioses antiguos, es el descubrimiento de que algún día no muy lejano
hemos de ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente”.
Irrepetible
fue aquella época como todas las épocas lo son, porque “la gente y los sucesos
de entonces no volverán ya nunca y morirán cuando ya nadie los recuerde”.
Brillante,
cómo no, esta otra de las reivindicaciones del arte que practica, ya que no
oficio, Luis Landero, también ligada a esa especia de adoración vehemente de su
infancia:
“En la escritura he encontrado
acomodo para que viaje conmigo, en calidad de polizón, el niño que fui”.
El arte lo
explica el autor de El mágico aprendiz poniéndonos delante de su
secreto:
“Prolongar la infancia, juntar al
niño que uno fue con el hombre experimentado y hasta sabio que uno ha llegado a
ser, en eso consiste el secreto del arte y de la lucidez, tal como tantas veces
les recordaba a mis alumnos”.
La
infancia es “la edad de los hallazgos perdurables”: por eso
es para siempre.
En El
huerto de Emerson (donde aprendo sobre lo fabuloso de lo que llega como
misterio y como misterio se queda), su autor regresa también a aquel mundo
desaparecido de su brillantísimo El balcón en invierno, un mundo
en el que “de los secretos y sigilos de las mujeres” dependía
el orden del propio mundo, ellas, “las hadas con alpargatas y mandil”.
“Los hombres se ocupaban del
porvenir, que era siempre incierto, en tanto que las mujeres vivían correteando
por el presente, siempre ligeras y siempre laboriosas. […]
Porque, en el gran libro de la
humanidad, la épica era cosa de hombres y el costumbrismo de mujeres”.
[…]
Luis
Landero sólo necesita “un poco de realidad para escribir”, eso y recordar, o
imaginar “el caudaloso empuje de la historia inmemorial que todo lo arrastra
hacia el futuro”. Luis Landero nos habla de contar las cosas “como quiera el
corazón o como vagamente lo veo escrito en la gramática de los sueños”. Y, como
siempre, las palabras: las hay que llegan a nosotros
demasiado pronto y otras que llegan tarde y otras que llegan “en su justo
momento”, también las hay “que vienen y se van y otras que se quedan ya para
siempre con nosotros”.
El huerto
de Emerson ocupará pronto un lugar esencial en la literatura escrita en español en
el siglo XXI, en cualquier siglo. Como su autor.
Este texto
pertenece a mi artículo ‘El huerto de Landero’, publicado el 19 de
febrero de 2021 en Nueva Tribuna, que puedes leer completo EN ESTE ENLACE.
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